A los que desahucian

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Miércoles, 7 de agosto de 2013  |  Miguel Galindo | El mirador
Miren ustedes, señores desahuciadores y compradores de “sogas de ahorcado”. Una casa, no es solo una casa. Una casa es multitud de vivencias, emociones, experiencias, sentimientos, recuerdos, que forman parte de la vida y la existencia de las personas que la habitan. Por eso, cuando en nombre de una ley deshumanizada y mezquina, privan a las familias, a la gente, ancianos y niños incluidos, de sus casas, las están desahuciando de su propia vida. Están asesinando sus propias vivencias, que son parte inseparable de sus existencias personales. Les están cortando, acortando y acotando vida y existencia. Eso, si no ponen antes fin a la misma, como saben perfectamente que está ocurriendo.

Ustedes leen poco, ¿verdad? Cuando un autor escribe, por ejemplo, sobre su niñez, y recuerda aquel porche de aquella casa donde su abuelo le contaba cuentos, o recrea sus paseos por el jardín con su padre, o los buenos ratos en la cocina de la abuela, o cuanto aprendieron a no olvidar… son valores eternos unidos a sitios físicos concretos que se instalan en el alma de las personas. Los hombres y las mujeres somos así. Estamos hechos con añoranzas ancladas a lugares. Casi nunca se evoca el qué solo. Se hace junto al cuándo y al dónde. Y si se saquea el dónde, la nostalgia se convierte en amargura. Deberían saberlo, puesto que también ustedes son seres humanos. No pensar en el daño que se hace es ser insensible con el padecimiento que se provoca… Y eso nos hace peores de lo que ya somos.

Por eso mismo, ser expulsados de nuestra propia casa es como ser expulsados de nosotros mismos. Ser desahuciado de nuestro pasado –eso es nuestra casa– es también ser desahuciados de nuestro futuro. Es una violación de lesa humanidad. No ilegal, pero sí inmoral. Y de esas violaciones se han producido en España (y se producen) desde que se inició la crisis, más de medio millón. Quinientas mil familias que no solo han perdido su patrimonio vivencial, sino que también han perdido la esperanza y la confianza en la justicia y en la solidaridad de la sociedad. Ustedes sabrán lo que hacen, aunque yo no lo dudo que sí lo saben.

…Y me permito no dudarlo, entre otras cosas, y ustedes lo conocen perfectamente bien, porque el dictamen de la abogada general del Tribunal de Justicia Europeo, Julianne Kokott, dice muy alto y muy claro que “la normativa española sobre desahucios, incumple la Normativa Comunitaria de Protección al Consumidor por flagrantes y sangrantes cláusulas abusivas”. El que ustedes se apalanquen en la debilidad permisiva de un gobierno temeroso y timorato, incapaz de enfrentarse a los poderes financieros, no hace, en modo alguno, que lo estén haciendo bien. Ni mucho menos. Yo creo que lo que están es ganando tiempo para exprimir al máximo el beneficio de esas cláusulas abusivas, por muy criminales que puedan llegar a ser en sus efectos.

Y me atrevo a decir criminales, porque se han dado cifras estremecedoras: más del 34% de los suicidios en España están causados por los desalojos. Si tuviéramos un ápice de conciencia, deberíamos sentirnos tan avergonzados, que, igual que antes nos santiguábamos al pasar por delante de una iglesia, hoy, el ritual debería ser escupir al pasar por delante de un banco.

Ya sé… Lo admito, y lo siento de veras. Sé que el de esta semana es muy duro, quizá durísimo, pero es mucho más duro, muchísimo más, los cientos de personas que se han quitado la vida por causa de ello. Sin contar los miles de dramas familiares, separaciones, vidas arruinadas, pérdidas de custodia de los hijos, exclusión social, adopción de conductas autodestructivas, y un miserable etcétera de “daños colaterales”, ¡maldita palabra!, que lleva esta cruel práctica como satánica procesión.

Yo llegué a conocer personalmente a una de esas cifras que se dan. Lo malo es que detrás de una cifra hay una persona, y mujer, e hijos… Un mal día se vio en la calle, con un crío de cada mano y su esposa, sentados en un banco de un parque público. Los acogió la abuela de ella, con la que se había criado, y con su sola y escasa pensión. Su familia lo adoraba, pero él no pudo resistir la tensión… He tardado mucho tiempo en sacar este escrito de mis tripas, porque me dolía mi propia rabia. Pero hoy, por fín, me libero de él, y de ella, del escrito y de la rabia, y lo hago por ti, amigo mío, donde quiera que estés.

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