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De género tonto

Miércoles, 14 de enero de 2015 | Amparo Martínez Vidal

No me considero ninguna 'feminazi'. Pero creo que el machismo es negativo para la supervivencia de las clases medias en una coyuntura como la presente, en economías de subsistencia. Y si no, que se lo digan a las madres de familia de la II Guerra Mundial, que trabajaban en la fábrica mientras sus maridos estaban en el frente.

 

Les ruego que no se rasguen las vestiduras cuando lean lo que para muchas mujeres es el pan nuestro de cada día. Yo no suelo ser de las que ceden a la tentación de hacer demagogia.


Resulta incuestionable que no formamos parte de una minoría infravalorada, y sí de un alto porcentaje de la población activa. La universidad española ya se adjetiva en femenino. Las mujeres, hoy por hoy, estamos más formadas que los hombres (al menos, estadísticamente). Por tanto, para asentar los cimientos de una economía desarrollada, además de establecer si hay género en las terminaciones de sustantivos, complementos directos y demás términos del castellano (algo que me parece sintomático y que más bien deriva de la costumbre de retorcer el lenguaje político), conviene revisar diferencias salariales y de conciliación familiar y laboral. En el contexto capitalista, si no cobras, no vales. Pero, hoy por hoy, que alguien trabaje en el hogar resulta fundamental para compensar el equilibrio familiar, a pesar de ser una actividad no remunerada. Como veis, no distingo entre géneros.

 

Mi interés creciente en este tema, procede de una charla organizada por Ariadna Cantis y Martha Thorne, dos arquitectas relevantes en la discusión cultural y profesional. Las ponentes presentaron estadísticas abrumadoras, con un porcentaje altísimo de abandonos de arquitectas, tras ocho años de estudios universitarios, lo que conlleva un desperdicio enorme en formación no amortizada y mucha frustración y descontento en quien lo sufre.

 

Algunos de mis compañeros dicen que promover charlas diferenciadoras crea confrontación. Discrepo. El debate no está segmentado, de hecho, la conciliación precisa del acuerdo entre partes. Lo que sucede es que este tema no es políticamente correcto, resulta incómodo de oir (para los dos géneros implicados, diría yo). Las diatribas del discurso feminista, además de ser impopulares (mi 'muro' de Facebook da fe de ello), no se perciben como relevantes. Nadie quiere ser garante de los derechos de la mujer sin antes pedir perdón o justificar su orientación objetiva. Vano intento, porque nunca se sale ileso de este combate.

 

Considero que la diferencia entre ser amo/ama de casa o formar parte del mundo laboral, es cuantitativa y práctica: en uno de los dos casos, no se trata de una actividad remunerada. Y generalmente, por tradición histórica, es la mujer la conminada a dedicarse a 'sus labores', si bien cada vez hay más hombres en esta situación. La crianza de un hijo implica responsabilidades en el hogar, y no siempre se dispone de recursos económicos para cubrirlas, por lo que a veces uno de los dos cónyuges deja de 'trabajar', como vulgarmente se dice (en realidad, ocuparse de las labores domésticas resulta costosísimo). Si la decisión se toma en base a la magnitud de la nómina o a la flexibilidad laboral, el discurso está justificado. Se reparten las tareas según disponibilidad. Pero si son ambos los que han de aportar dinero a casa, la responsabilidad del hogar ha de compartirse para no abocar a uno de los dos cónyuges a pedir cita en el psiquiatra.

 

Evidencio una reducción alarmante del número de familias numerosas porque la crisis hace imposible que la crianza de un hijo sea compatible con tener dos sueldos en casa sin ayudas externas. Es una realidad cruel que no se afronta, y tampoco se soluciona.

 

Denuncio que una mujer embarazada a veces es un problema para una empresa. Esto no puede formar parte de una realidad cotidiana. Yo no lo he sufrido, pero lo he visto. Y sólo se normalizará esta situación cuando la mujer y el hombre entiendan que además de trabajar, no está de más formar una familia, y que el esfuerzo ha de plantearse conjuntamente y en una sola dirección. Si la carga de trabajo se compensa de forma natural sin que el hombre aproveche esta circunstancia como una ventaja, puede suceder. Y si no, siempre hay tiempo para proponer un equipo de trabajadores-atletas, de género masculino, entre veinticinco y cuarentaicinco años, que trabajen para todos los demás, sin hijos, amigos o aficiones. Educaremos a este ejército de 'robocops templarios' con un fin único: la productividad laboral. Y el que se ponga enfermo, se 'ennovie' o quiera tener un hijo, se 'desecha a lo espartano' (salto del ángel en barranco al canto).

 

Agradezco que desde mi profesión se planteen debates poco fáciles de escuchar por algunos oídos. La discusión siempre hace recapacitar. Las mujeres trabajadoras no suelen pedir ayuda para no ser consideradas débiles. Así que apelo al entendimiento del que me escucha para que no se conciba la paridad sin medidas conciliadoras, para que seáis conscientes de que se necesita avanzar en este discurso por cuestiones de importancia vital, de valores familiares y profesionales. 'La Fábrica', el mundo laboral, ha de ser siempre un lugar de dignidad colectiva. Y 'El Hogar', un espacio al que apetezca llegar de noche, a la salida. Porque las penas compartidas, son menos penas. Y no sólo de pan vive el hombre.

 

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