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Productividad personal: Un problema de asertividad

Jueves, 12 de febrero de 2015 | Roberto Crobu

[Img #32616]Todos en algún momento nos hemos preguntado de alguna manera cómo podríamos ser más productivos.  Pero, ¿A dónde va a parar nuestra atención cuando nos planteamos cuestiones de productividad? ¿Qué acciones o hábitos podríamos emprender hoy para ser más productivos mañana? Y, sobretodo: ¿Qué comportamientos o hábitos deberíamos de cambiar o abandonar para lograr mayor productividad?


Es resabido que en España el problema de la competitividad empresarial pasa por aprovechar mejor los recursos de los que disponemos y, por ende, ser más productivos, tanto a nivel organizacional, como a nivel personal.


Si la productividad empresarial tiene que ver con conseguir mejores resultados con los mismos costes (sean de la partida presupuestaria que corresponda a cada uno), la productividad personal tiene que ver con lograr  mayores resultados con la misma inversión de tiempo.


Y cuando pensamos en estos términos, solemos caer en la necesidad de aplicar metodologías concretas de gestión del tiempo, dotarnos de dispositivos que nos permitan funcionar más rápido, o mejorar de alguna manera nuestras herramientas técnicas.


Desde el enfoque del Coaching, sin embargo, es posible mejorar uno su propia productividad personal sin porque invertir necesariamente en tecnología de apoyo.


De hecho, el problema de la productividad personal no tiene tanto que ver con la falta de medios o tecnologías, sino con la adecuación de nuestros hábitos personales al reto (aunque la tecnología puede sí paliar pérdidas de recursos o incluso ayudar a potenciar la productividad).


Simplemente cambiando o eliminando ciertos hábitos, podemos lograr amplias mejoras en cuanto a productividad personal.


¿Por qué se dice de los Alemanes que son más productivos que nosotros?


¿Cómo podemos conseguir ser igual de productivos que los alemanes?


Para saberlo no hay más que ir a mirar la forma en la que trabajan los alemanes y los españoles: qué hábitos tienen adquiridos los alemanes y qué hábitos tienen los españoles; y que les diferencia de nosotros en cuanto a hábitos en el trabajo.


Y lo que más salta a la vista (y sobre todo al oído) es la comunicación.


Uno de los hábitos personales que más está vinculado a la escasa productividad y que he podido encontrar en los años de experiencia con directivos y gerentes de empresa, curiosamente no tiene mucho que ver con la gestión del tiempo, sino con la gestión de la comunicación: es decir con la manera en la que nos comunicamos, no solo con nosotros mismos, sino, y sobre todo, con los demás. Siendo más precisos, la productividad tiene que ver con la manera en la que estamos siendo asertivos con los demás.


Y algo tendrá que ver esto si España es uno de los países al mundo donde más tiempo y dinero se invierte en comunicarse: somos uno de los países que más gasta en consumo de datos de smartphones.


Los alemanes en definitiva son más productivos porque son más asertivos que nosotros: les cuesta menos decir que “no”, y con esto se ahorran mucho tiempo. Son capaces de desvincular su implicación emocional y personal del objeto de conversación, lo cual les permite hablar de hechos y evidencias, mirándose a la cara de manera directa. No están tan preocupados o pendientes de si a su interlocutor le sentará bien o mal lo que dicen: simplemente manifiestan lo que creen, sin andarse con rodeos.


Nuestras idiosincrasias mediterráneas, sin embargo, nos llevan en ocasiones a dar vueltas, pensar y adelantarnos a como le sentará al otro lo que queremos decirles, en como se lo tomarán, si les gustará o no, y cual será su idea acerca de nosotros, una vez le hayamos dicho las cosas: esto en definitiva nos conduce a no ser claros en decir las cosas, necesitar encontrar el momento, aplazar, decir sin decir, no decir pero decirlo, dejando caer las cosas como el que no quiere, usando indirectas o ironías, adornar las conversaciones con comidas, cafés, o cervezas como para suavizarlas, o porque no, entre copas, metiendo donde podamos otros temas, confundiendo y tergiversando lo que es el verdadero aspecto del que hablar.


Total: que lo que necesita un minuto para decirse, acaba esperando al almuerzo o al fin de semana, necesitando días, diluyéndose su importancia por el mero hecho de aplazar el tema, puede generando además malos entendidos, dudas, o ambigüedades que nos alejan de hacer bien las cosas a la primera.


Todo esto tiene una evidencia práctica muy clara: pensemos en cuantas veces hemos tenido que visitar a un cliente por no haber sido claro (él o ella) en decirnos que “no” desde el principio; pensemos en cuantas llamadas telefónicas o e-mails solemos necesitar para obtener una respuesta clara de un posible comprador de nuestros productos o para saber si tiene interés o no; o simplemente para acceder a él o a ella. Pensemos en el tiempo que esto haya implicado: pensemos en el número de veces en las que obtenemos como respuesta la tan socorrida frase “está reunido/a” “está comunicando”, “no está hoy”. Pensemos en el arco temporal que necesitamos para todo esto: ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses?


Y la moraleja es que, paradójicamente, un “no”  asertivo como respuesta, visto desde el aspecto de la productividad personal y de la competitividad, puede ser una de las mejores ayudas para aumentar nuestra productividad, bien porque nos ahorra tiempo haciéndonos descartar una opción para dirigirnos a otras, o bien porque nos obliga a mejorar nosotros nuestra forma comunicarnos, o bien porque hará que nuestro producto mejore para hacerlo mejor la próxima vez.    

 

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