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Las reuniones de Sánchez y Cía

Viernes, 17 de marzo de 2017 | Hipólito Martínez

El Caso Auditorio está llegando a su fase culminante, en medio de un fuego cruzado y perturbador. Realmente el futuro de Murcia está en el centro de una globalizada diana, a la que a diario acribillan dardos y flechas; jamás nuestra Región había acaparado la atención nacional tanto como ahora. En unos momentos de incipiente recuperación económica, otro periodo de interregno podría ser extremadamente peligroso; y sus consecuencias, imprevisibles. De ese auditorio de Puerto Lumbreras, hijo de la dorada fiebre de los Palacios de Deportes y de Congresos que se extendía por la hispánica piel de toro cual virus de progreso enfermizo, pende una espada afilada, aunque invisible. La misma que esgrimió en la antigüedad un tal Damocles que, si hubiese sido murciano, tal vez se hubiera llamado también Sánchez.


Ante este micrófono -ora cerrado, ora abierto- el ciudadano Sánchez me confesaba los entresijos previos a esa ya legendaria primera reunión con el Sánchez presidente, que acabó como todos presumíamos. Todos menos el Sánchez, llamado Miguel. Con una fe irreductible, me decía que estaba seguro de que le convencería; que al napoleónico modo, intentaría persuadirle de las bondades de una retirada a tiempo; y que gentilmente le solicitaría que se apartara y cediera su lugar a otro candidato popular. De estas finas cortesías del primer jueves de marzo, ya no queda sino un tenue recuerdo sobre la lluvia, de un marzo frenético que igual que mayea, atruena.


Al parecer en tan alta reunión, se siguió dando vueltas sin fin a un minotáurico laberinto, discurriendo sobre el sexo de los ángeles de las palabras fetiche: Imputado, investigado, encausado, corrupción política, imputación formal, prevaricación administrativa...y otros lindos vocablos, que se pronuncian con notoria satisfacción por las televisiones todas del país (de España, mi querida España), y que no hacen sino generar ruido, desconcierto y desazón.


Después de esta reunión de Sánchez versus Sánchez, vendrían algunas más, de diferentes colores y tonalidades, ya después de la declaración de PAS en el TSJ. La primera protagonizada por los ciudadanos de Sánchez con los socialistas de Tovar; la segunda, reuniría a los del puño y la rosa con los que pueden... Y vuelta a empezar; de nuevo contra el muro de las palabras, chocaron unos y otros. La búsqueda de un acuerdo extraño, que algunos considerarían contra natura, sigue todavía sobre la mesa. Un pacto de Frankenstein, decía Maroto; o tutti frutti, según otras versiones más dulces e ingeniosas. Empero los inescrutables caminos de la política hace extraños compañeros de cama. Y tal vez nos conduzca a una moción de censura o a elecciones anticipadas. O a ambas cosas o a ninguna de ellas. El rompecabezas regional está servido.


En cualquier caso, estos singulares duelos dentro de un campo de batallla, minado de juicios y prejuicios, suelen frustrarse en el paredón inexpugnable de las palabras. Ay las veleidosas palabras, cuyos significantes muchas veces se superponen a sus propios significados; unas palabras que se moldean a gusto del locutor, y que no siempre aciertan con lo que se quiere decir, ni con lo que se dice.

 

Lo cierto es que esta Región no puede soportar esta tensión por más tiempo. Tener a un presidente bajo la presunción de una sospecha, más que amparado en su presunción de inocencia, hace albergar muchas dudas, demasiadas. Y la plenipotenciaria pena del telediario sobrevuela el ambiente. Y esa condena sumarísima se ensaña mucho más con los justos que con los presuntos pecadores.

 

Y en nada ayuda que le busquemos enconadamente el sexo oculto a las palabras. Como intentara en su día el Consejo de la Transparencia; estas cinco líneas apoteósicas, que costaron más de tres horas en su última y transparente reunión, constituyen un monumental brindis al murciano sol: «Oído el parecer del pleno del Consejo y reconociendo que no es competente en materia del título VI de la Ley de Transparencia regional, sí queremos manifestar que la ética, el buen gobierno y la transparencia constituyen valores esenciales en la acción de gobierno que deben servir de guía en la observancia de la ley». Y para elegir entre observancia y cumplimiento, saltaron chispas en medio de un despiadado debate del que dicen nadie salió ileso.

 

De igual modo, también la lírica retórica de la nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal supone una extraordinaria muestra de la oratoria de estos convulsos tiempos. ¿Con qué objeto se cambiaría el término imputado por el de investigado? Al igual que el hábito no hace al monje, un vocablo no cambia la realidad. Lo que es, es; el ser o no ser shakesperiano sigue guardando el secreto del dilema.  


De esta suerte, a los legos en la materia, lo que recoge el preámbulo V de esta magna ley, nos deja admirados y boquiabiertos: “El término investigado servirá para identificar a la persona sometida a investigación (deslumbrante aserto: al que le investigan le llaman investigado), mientras con el término encausado se designará, de manera general, a aquél a quien la autoridad judicial, una vez concluida la instrucción de la causa, imputa formalmente el haber participado en la comisión de un hecho delictivo”. Así que de causa, encausado; y de investigación, investigado: sublime tautología.


Al margen del maremoto político/ judicial, tengo la extraña sensación de que flotamos como una balsa en medio de un océano de palabras, muchas aún por pronunciar. Que como náufragos en plena tempestad, zozobramos y nos ahogamos con las palabras. ¿Y quién será el que diga la última? ¿Y cuál podría ser esa mágica palabra salvadora, definitoria y definitiva? ¿Elecciones?, ¿quién dijo elecciones?... Volver a votar podría ser nuestro sino, otra vez. Y de tanto votar, como al Quijote de tanto leer, se nos secará el cerebro. Y hasta el alma.

 

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