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La dependencia

Viernes, 21 de abril de 2017 | Juan Tomás Frutos

Hemos de prevenir. Pensemos en lo que hacemos regularmente para plantear posibles problemas, y, por supuesto, resolverlos con una cierta antelación. Aunque suene a ciencia-ficción, podría ser. Es más: seguramente ocurra en alguna ocasión. Se imaginan que un buen día amaneciera y no tuviéramos Internet. Ni usted, ni yo.

Nadie en todo el planeta. Sería una especie de aislamiento forzado por las Nuevas Tecnologías que demostrarían que, como todo en la vida, algo puede fallar, alguien puede no estar, y así se podría corroborar que no es tan imprescindible como pensamos. ¿O sí?


Sería un caos, siguiendo con el mismo símil, para todas las máquinas que dependen de informaciones recibidas por este conducto, y, por lo tanto, para todas las instituciones y/o empresas, que quedarían paralizadas por las dependencias que el fenómeno de la Red de Redes supone.


A falta de un plan “B” para funcionar o para recibir información, tendríamos que aminorar la marcha de la producción de bienes y/o servicios, y deberíamos dejar para otro momento la solución de problemas y necesidades. Lo que no tuviera espera debería resolverse con imaginación y volviendo, claro, más o menos improvisadamente, a métodos tradicionales. Los hospitales deberían seguir trabajando como fuese posible, aunque algunos de sus engranajes se resintiesen.


Igualmente deberían laborar aquellos que velan por nuestra seguridad, a pensar de los condicionantes que podrían haber variado sus métodos de trabajo y que ahora, a nivel informativo, con la ausencia temporal de Internet, se verían mermados. No tendríamos información, no como la conocemos cotidianamente.


La inmediatez que, supuestamente, nos da tanta sensación de seguridad, debería ser sustituida por la palabra de quienes tenemos al lado. A un golpe de ordenador ya no podríamos saber qué es lo que ocurre, al menos no durante ese hipotético día sin Internet. Suponemos, porque puntualmente lo experimentamos, que habría una especie de vacío en nuestro interior por no conocer cosas que pueden ser “importantes”.


También lo habría (el hueco existencial) por esas pequeñas cosas de las que nos enteramos y que nos hemos acostumbrado a que pasen delante de nuestros ojos. El sentido de adicción que da la supuesta instantaneidad es así. La sensación acuciante, y hasta la necesidad, en esa jornada sería recurrir a los otros, a los demás, a los vecinos, a quienes nos rodean, para salvaguardar ciertos equilibrios mentales y para contar y que nos contaran lo que fuera menester.


Dieta sana
El punto crucial estaría en poder hablar, en que la comunicación de alguna manera se pudiera hacer factible. Tenemos –recordemos- un compromiso constante de comunicar, y nos damos cuenta de ello en cuanto no es posible hacerlo. Es justo aquello que nos indica que echamos en falta lo que no tenemos. Lo peor, lo más difícil, sería superar las dependencias. Por eso, la sugerencia es que busquemos mesuras, que intentemos que lo nuevo -como las TIC´s- nos dé un valor añadido, y que no nos arrincone con sus posibilidades mal empleadas. Quizá esta elucubración debería servirnos para anticiparnos a momentos de cierta acidez.              


Abriguemos, por ende, una dieta sana de alimentación comunicativa y seguro que, de producirse ese evento que rubricamos, no tendríamos que soportar una gravedad que nos superaría, o que podría hacerlo. No debería. Estar preparados a nivel mental puede ser un buen recurso para evitar otro tipo de inconvenientes. La dependencia de los inventos no debe permitir que olvidemos que hemos de estar, fundamentalmente, unidos a nosotros mismos. El ser humano es mucho más valioso que lo creado por su intelecto.

 

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