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¿Quo vadis PSOE?

Jueves, 29 de junio de 2017 | Jesús Galindo

Las recientes elecciones primarias en el PSOE y la aplicación de sus resultados al inmediatamente posterior Congreso que los socialistas españoles han celebrado, están dando para mucho en el enrevesado mundo de la política nacional, lo que ha hecho que no me pueda resistir a aportar mi granito de arena en torno a una reflexión a la que le estoy dando vueltas desde hace un par de semanas.

 

Se ha escrito mucho (y se sigue haciendo) sobre el giro a la izquierda que ha supuesto la nueva política de este nuevo PSOE, propiciado por el resultado obtenido en unas primarias (a las que se podría considerar de “alegales”- [Img #49846]por no estar contempladas en sus estatutos-), y que han propiciado un Congreso (al que tendríamos que calificar también de “irreal”, al haber estado totalmente amañado y dirigido –tanto en su composición y representación como en el contexto de las ponencias que se aprobaron, totalmente de acuerdo al resultado de esas mismas primarias).

 

Por supuesto que el resultado de las primarias no lo cuestiono; en absoluto, es más ya apuntaba yo en un artículo anterior que si se celebraran estos comicios había muchas posibilidades de que Pedro Sánchez los ganara, dadas las circunstancias en las que se había producido su cese, y también por el carácter más radical e ideológico que componen las bases de todos los partidos y cuyo apoyo tenía más que asegurado, como ya se había demostrado en situaciones anteriores ocurridas en países como Francia, Holanda o Austria, con procesos electorales en partidos hermanos pertenecientes a la socialdemocracia europea.

 

Las bases, tanto aquí en España, como en los países citados, han castigado a los “aparatos” de los partidos para beneficiar de forma directa a un personaje determinado. Y a ese personaje, que aquí en España es Pedro Sánchez, le ha faltado tiempo para convertirse en un César y cambiar la dictadura del “aparato” por la dictadura personal, congregando en su persona todo el poder del partido y haciendo una ejecutiva, un comité federal y todo lo que haya que hacer, a su medida y con la poca delicadeza y despotismo de anunciarlo ¡antes inclusive de que el Congreso que lo tenía que aprobar, se reuniera! ¡Toma democracia orgánica!

 

Pero además, no contento con tamaña tropelía, ya se ha afanado en amañar los congresos regionales que se tienen que celebrar a partir de ahora y donde sus tentáculos ya están llegando para conseguir nombrar, en todos ellos, los diversos candidatos que le aseguren el control de las “baronías” que había tenido en contra en la más triste y reciente historia de este partido. Cosa que está consiguiendo sin mucho sudor, salvo en Andalucía y alguna otra Comunidad donde lo va a tener más crudo, pero donde tampoco le van a dar la tabarra, tras el descalabro sufrido por su compañera del alma Susana.

 

Hasta aquí todo normal. Como en cualquier otra formación política, Sánchez ha diseñado un partido a su medida, ‘dedocratizando’ la totalidad de los órganos de dirección y control y disponiéndose a convertirse en un líder, más parecido a un dictador, que utiliza los votos legítimos obtenidos de su elección como secretario general para diseñar un nuevo partido bajo el lema de la UNIDAD, pero más desunido que nunca, y donde no se le da cabida a ningún representante de la candidatura que obtuvo el 40% de los votos. Por eso es totalmente incoherente cuando escuchamos a algunos líderes de distintos partidos hablar de la democracia interna y de la transparencia en la gestión. Tan solo tenemos que acordarnos de los diferentes casos que se conocen a diario, y donde militantes y cargos orgánicos e institucionales de diversas formaciones políticas son cesados fulminantemente, con la fuerza que les da el dedo y sin ningún rubor ni condicionamiento, y aunque estos hayan sido elegidos en primarias o en secundarias. Véase el caso de Pedro López (candidato a la alcaldía por Murcia) o el más reciente de José Ignacio Gras.  Aquí, como ya decía el viejo zorro, el que se mueve no sale en la foto.  Esta, señores y señoras, es la verdadera democracia de los partidos, o lo que es lo mismo, la ‘partitocracia’ en estado puro.

 

La cosa no tendría mayor trascendencia si no fuera porque un partido como el PSOE, hasta ahora considerado como el segundo partido más importante y líder de la oposición, está llamado a ejercer ciertas tareas de responsabilidad defendiendo determinados postulados que otros partidos, más extremistas, se pueden permitir el lujo de cuestionar y hasta de tratar cargarse las bases en las que hemos asentado la reciente historia democrática de este país. La consideración de España como una nación indivisible es un argumento que no se debería cuestionar por más piruetas que el Sr. Sánchez quiera hacer con la semántica y la demagogia; y lo que nos tiene preocupados a una inmensa mayoría de españoles (da igual la ideología) es lo que pueda hacer, tentado como está de obtener tajada del lado más radical de la izquierda, mediante la ‘podemización’ que ha iniciado y donde estaría dispuesto a vender su alma al diablo por un puñado de votos.

 

La deriva identitaria en la que se ha instalado este PSOE no tiene parangón. Nunca, salvo en la última etapa del anterior mandato del Secretario General, habíamos podido constatar el cacao mental en el que está instalado el ideario de este partido. Vuelven los viejos fantasmas: algunos socialistas de Cataluña se frotan las manos y retoman sus apetencias personalistas, que contrastan con las manifestadas por otros compañeros de latitudes opuestas. No sabemos a ciencia cierta cuál es la política económica que se defiende desde esta formación, y si conocemos algo es para temblar, sobre todo cuando se refieren a las viejas fórmulas que nos abocaron a la mayor crisis económica que ha padecido este país en la historia contemporánea. Y por si faltaba un garbanzo en el cocido, acaba de tomar la ingeniosa decisión de no votar el tratado internacional de la UE con Canadá (CETA). Por sorpresa y con alevosía.  Eso sí, al más puro estilo Zapateriano, el Sr. Sánchez se levantó una mañana y pensó “voy a tomar una decisión importante”; y sin encomendarse a Dios ni a su madre mandó a sus huestes a informar sobre tan ardua disposición. Toda una lección de compromiso, coordinación y cooperación internacional que dejó a algunos de sus más directos colaboradores  colgados de la brocha, ya que se enteraron (como Felipe González) por la prensa.

 

Quizá, tan dado como es a las consultas electorales a las bases, podría hacer una consulta a los más de cinco millones de votantes que tuvieron en las últimas elecciones, a ver lo que piensan ellos… a lo mejor no coincide con lo que piensan esos militantes que le han elegido. Aunque yo me resisto a creer que un militante del Partido Socialista de Andalucía, Castilla La Mancha, o Asturias, por poner un ejemplo, estén de acuerdo con el peregrino concepto de “nación de naciones” con el que se ha despachado el César para resolver el problema del independentismo. ¿Acaso nos toma a la inmensa mayoría de los españoles por ingenuos?

 

En todo caso y aunque ya ha habido algunas voces del entorno del Secretario General que han pedido calma, indicando que el PSOE se ratifica en la “Declaración de Granada” (en la que nada se dice sobre el Estado plurinacional), lo cierto es que dicha denominación se ha colado en una de las ponencias marco del reciente Congreso, lo que de seguro va a pesar sobre el porvenir de Pedro Sánchez. No obstante este debería conocer que los militantes son pieza clave en los procesos de primarias, pero en las elecciones lo son los votantes. Los primeros le han ayudado a llegar a la Secretaría General y los segundos son los que le podrían abrir la puerta de La Moncloa.

 

El señor nos pille confesados.


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