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Las cosas como fueron

Miércoles, 6 de septiembre de 2017 | Miguel Galindo Sánchez

En los primeros dos o tres siglos del cristianismo, éste, que era una secta judía apenas relevante, tras el impulso que San Pablo le imprimió – diseñó una religión y la impulsó de un seguidismo local a dogma universal – tengamos en cuenta que los judíos tomaron a Jesús por su Mesías, el del pueblo elegido de Israel, el señalado por su dios Yahvé, ya ve, y el apóstol de los gentiles lo convirtió en salvador de toda la humanidad, sentando por lo tanto las bases de una religión mundial, católica significa exactamente eso, pues que en ese tránsito digo, al cristianismo se le presentó una oportunidad única. El emperador Constantino vio en la nueva fe el instrumento para cohesionar su imperio, y no lo dudó un instante: le otorgó carácter oficial… Así, los perseguidos por el estado se convirtieron en perseguidores, y los que fueron mártires comenzaron a ser verdugos, y el perdón se trastocó en odio…

 

En ese tiempo, circulaban por las pequeñas comunidades cristianas multitud de Evangelios, de tendencias, de escuelas, de interpretaciones y pensamientos. Así que el Concilio de Nicea fue convocado para constreñir, encorsetar y establecer un Cánon único (de ahí lo de canónicos) con todos esos evangelios, condenando el resto, persiguiéndolos y destruyéndolos. A sangre y fuego. Así como a sus seguidores. A muerte. Sin paliativo alguno…

 

Muchas de estas comunidades fueron aniquiladas, y otras, huyendo al norte de África, intentaron salvarse de la masacre y salvaguardar sus escritos y creencias. Esa es la historia (la enseñanza y catequesis de la Iglesia, por supuesto, es otra cosa), así que pasaron los siglos… Y en 1945, en Nag Hammadí, Egipto, se descubren los Evangelios de Felipe, de Pedro, de Tomás, de María, el llamado De La Verdad, y hasta el de… Judas. Tras mil peripecias y deterioros, el Códice de Tchacos, como se conoce a ese Evangelio de Judas en honor al estudioso que en 1978 lo rescató de una tienducha de antigüedades y lo pasó a la prestigiosa organización mundial National Geographic, que ya tenía en su poder el resto de los papiros, ya conocidos como Textos Gnósticos, y que, tras años de estudios por los mejores expertos del mundo y docenas de pruebas, tras someterlos a datación por el método del Carbono 14, han sido fechados en el 180 D.C., y, al final, fueron dados a conocer en el 2006.

 

Ni qué decir tiene, claro, que la Iglesia lo rechaza todo de plano, y no entra ni en discusión. Como si no existieran. Al igual que sus incontables millones de fieles sumisos incuestionantes, y ciegos seguidores. Naturalmente. Yo no voy a entrar en valoraciones e inútiles disquisiciones que solo, única y exclusivamente atañen a una determinada fé y a sus dogmas. Tan solo voy a decir lo que es de cajón. Que tales textos tienen la misma, o mayor, validez histórica, científica, cronológica y cuanto se quiera, que cualquiera de los considerados como canónicos. No se puede hablar desde el punto de vista arqueológico de falsos ni de verdaderos cuando los unos son tan auténticos y ciertos como los otros, incluso, si me apuran, hasta más antiguos, y, por lo tanto, más pegados a los orígenes y más próximos a los hechos. No se admiten por puro y escueto dogmatismo, porque pondrían en entredicho una estructura que se ha mantenido durante dos mil años bajo una versión inducida y única, por constituir éstos una peligrosa posibilidad de destapar cosas que se han mantenido ocultas por cuestión de dominio de conciencias… Vale. Pero no dejan de ser un testimonio documental tan valioso como unos consagrados que fueron espulgados y retocados por la venerable institución en desde el Concilio de Nicea (313 D.C.) acá, por muy santos que se proclamen, que en eso no me meto…

 

Lo realmente incómodo es que uno lee estos textos, ya digo, de idéntico valor cultural, documental e histórico que los otros, y se da cuenta de un cristianismo absolutamente distinto y desterrado por el oficial, sino casi que radicalmente opuesto en algunas cosas y casos. Entonces ese uno viene y se pregunta si en Nicea, o en Calcedonia, y los que siguieron, no fabricaron unos a su imagen y semejanza dándoles matute a los que no se adaptaban a sus intereses y a los dictados de Constantino, que hizo de ella una creencia hegemónica. Y es tan lícito dudar de eso como de creerlo todo. Allá cada cual. Pero se queda uno, así, como el que no sabe si el conejo está en la chistera o en la sartén… Yo les podría contar algo de Judas, y se darían cuenta que no se parece en nada al hijoputa que nos han vendido, y que es otro cuento distinto y distante. Pero ya se ha agotado el espacio. Así que si quieren saberlo, pues me lo piden. Y si no tienen curiosidad alguna, pues nada, a otra cosa, mariposa…

 

@migasanch

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