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“Parlarem”. Sí, pero ¿de qué?... y ¿con quién?

Lunes, 9 de octubre de 2017 | Jesús Galindo

En estos pasados días hemos asistido a una serie de manifestaciones convocadas a lo largo y ancho de España, incluido Cataluña, donde unas estaban cuajadas de banderas y símbolos que representan a España, y otras con una escenografía blanca, sin banderas ni símbolos y bajo el lema “parlarem”, que invitaban a hablar y a dialogar. [Img #51434]Mientras que las primeras rezumaban un ambiente de unidad y una crítica al separatismo y a la independencia de Cataluña, al tiempo que acusaban al Gobierno de la nación de una cierta pasividad, propia del dontancredismo de su Presidente, estas últimas eran más proclives a demandar un diálogo sin condiciones y en la necesidad de emplazar a la negociación entre “las dos partes”.

 

Partamos de una base: yo soy el primero en afirmar que cualquier ciudadano tiene el legítimo derecho a manifestar sus ideas, a pedir la independencia, incluso a tratar de conseguirla,  pero dentro de la legitimidad y con sujección a sus procedimientos.

 

En mi anterior artículo de la semana pasada, yo también me manifesté partidario de un dialogo, si bien este no se podía hacer bajo la presión de un golpe de Estado latente ni bajo las amenazas producto de la constante vulneración de la legislación vigente y, sobre todo, tras el quebrantamiento de la Constitución que todos hemos votado. También habría de considerar si se pueden aceptar como interlocutores válidos a aquellos que han propiciado este desastre y nos han conducido a una situación propia de un estado de excepción, con una fractura social de la que España (y Cataluña en particular) va a tardar mucho en recuperarse.

 

En el momento de escribir este artículo (anterior al martes, día 10, donde se va a celebrar un pleno del Parlamento Catalán, en el que el señor Puigdemont  podría anunciar esa declaración unilateral de  independencia –o no, ya veremos-), la incertidumbre, incluso en las filas de las formaciones independentistas, es total. Hay un enorme desconcierto y una división jamás vista hasta ahora que está fraccionando el pensamiento único del que venía haciendo gala el Gobierno de la Generalidad y todos los seguidores más o menos imbuidos de la doctrina secesionista.

 

Sin ir más lejos, en unas declaraciones hechas en estos días al Financial Times, Artur Mas reconocía que no se podía declarar una independencia cuando no se tiene el “control de las infraestructuras (puertos aeropuertos…), de aduanas y de fronteras,  conseguir que la gente pague a la Hacienda catalana y que haya una administración de justicia, nombrada por la Generalidad, que haga cumplir las leyes catalanas”. Por otra parte un dirigente del PdeCAT, que no ha querido se le identifique, ha manifestado algo tan contundente como: “Hemos basado la campaña por la independencia en los beneficios económicos que nos iban a reportar y ha sido precisamente la cuestión económica la que se podría cargar el “procés”.

 

Por todo esto es por lo que surgen muchas dudas de que al final se proclame la independencia, tal y como las CUP le habían exigido al gobierno catalán, existiendo la posibilidad de que se posponga en el tiempo o de que se haga un apaño mediante una declaración que dé a luz un sucedáneo descafeinado, como al final ocurrió con el famoso referéndum del 1-O, y donde algunos sí consideren que es una declaración, pero que otros no lo hagan, y que el resto piensen todo lo contrario. Algo muy típico de estos personajes que al final se han dado cuenta que no las tienen todas consigo y que la cuestión económica basada en el principio de “la pela es la pela” ha trastocado todos sus planes, incluidos los de contingencia, que tanto han pregonado. Veremos lo que idean a partir de ahora.

 

Pero volviendo al concepto esgrimido en el titular de este escrito, y que hace mención especial al dialogo, se me ocurre vaticinar alguna cuestión al socaire de los lemas y contenido utilizados en las concentraciones a las que me he referido anteriormente. La división que se puede observar en el seno de la sociedad a la hora de proponer soluciones que reconduzcan esta situación es la misma que se puede percibir en los partidos políticos que cubren el arco parlamentario del Congreso de los Diputados. Hay quien pide mano dura, quien es más contemporizador y quienes tratan de igual a los responsables de este golpe y al Gobierno de España (o al partido que lo sustenta, da igual). De hecho hay un bloque, denominado constitucionalista, conformado por el PP, el PSOE y Ciudadanos, que mantienen una unidad de criterio con respecto al mantenimiento del ordenamiento constitucional. Pero, eso sí, con matices. Y a esos matices me voy a referir.

 

El Partido Socialista, por boca de su secretario general ha dejado inequívocamente claro su apuesta por el respeto a la Constitución, pero a la vez, aprovecha para sacar rédito y echar alguna culpa también al Gobierno. Se están oyendo voces en su entorno que ya manifiestan abiertamente que hay que pactar con Cataluña y darles más autogobierno. Y yo me pregunto: ¿Les vamos a ceder el control de Puertos, Aeropuertos, Centrales nucleares, Justicia, y Hacienda?.  ¡Pero si eso es lo que está reclamando Artur Mas para fijar el paso definitivo a la declaración de independencia!

 

Pedro Sánchez es prisionero de su desmedida ambición por conseguir el poder a cualquier precio. De nuevo se vuelve a  aliar, mediante guiños ostensibles, con el Partido Socialista de Cataluña, y pretende ganar votos con una política laxa y con la promesa de más autonomía y transferencias. Parte de sus propios compañeros le están diciendo (carta publicada en El País), que ahora no es tiempo de este tipo de políticas. Que volvamos al orden constitucional, que no se pacte con los golpistas y que se tomen las decisiones en un ambiente de calma y no con la presión que se está aguantando en estos momentos. Pero claro, ya estamos otra vez: Óscar Puente, portavoz de la Ejecutiva Federal, responde con una guinda como para unir al partido y, en alusión a estas manifestaciones, ha dicho:  “Algunas reliquias del partido… que ya habían perdido la autoridad moral…”, en referencia a sus compañeros socialistas firmantes del escrito. De nuevo queda en evidencia las distintas sensibilidades en el PSOE ante una cuestión tan importante como es el desafío independentista, el concepto de unidad de España y las fórmulas para conseguir mantener esta cohesión.

 

El pasado domingo, Pablo Iglesias soportó un impresionante abucheo y una pitada descomunal cuando un grupo de ciudadanos lo reconoció en la estación barcelonesa de Sants, lo cual no es extraño ya que todos sabemos cuál es la postura que Podemos tiene en favor de la independencia (ahora se llama derecho a decidir) de todos los “pueblos” que conforman España. Al fin y al cabo en esto hay que reconocerle sinceridad y que no engaña a nadie. Pero en lo que respecta a Pedro Sánchez, opino que se está arriesgando a perder credibilidad en toda España si el PSOE  no muestra una idea firme en la defensa de nuestro país y de su unidad y, lo que es más importante, en los medios para conseguir afianzarla. Y España, a su vez, no se puede permitir el lujo de no contar con un gran partido, como lo es el Partido Socialista, que ha dado suficientes muestras en su concepto de sentido de Estado y que tan grandes servicios ha hecho por este país.

 

Termino parafraseando al Rey de España y utilizando sus mismos argumentos cuando, en su discurso institucional, nos requirió ante esta situación de extrema gravedad para mantener el firme compromiso de TODOS con los intereses generales.  

 

Son momentos difíciles, no lo dudo, pero estoy convencido que los superaremos.

 

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