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Los engaños de las políticas de empleo

Miércoles, 18 de octubre de 2017 | Roberto Crobu

Hace unas semanas presencié un foro de debate donde cuatro representantes políticos, de los principales partidos votados en la región, hacían un balance acerca de si hemos salido o no de la crisis. Se trataron varios asuntos de importancia para la región: el agua, la innovación del tejido empresarial, la educación y, cómo no, el empleo.

 

Pude comprobar una vez más como el empleo sigue siendo una herramienta de comunicación política en muchas ocasiones prostituida a los intereses de los partidos, independientemente de su color: para los que gobiernan, cuando se crea, se usa como demostración de la eficacia de las políticas implementadas; para la oposición, incluso cuando se haya incrementado respecto al pasado, se usa como fracaso de las mismas políticas porque no fueron capaces de crear aún más empleo.

 

Sin embargo, el mayor fracaso en todo debate político que tenga como argumento el empleo, es usarlo como arma dialéctica, ya que tanto en un caso como en el otro, el mensaje que se lanza a la sociedad es altamente falaz: “el estado y la calidad del empleo (y del desempleo), depende de las buenas o malas decisiones de quienes gobiernan”.

 

Nada más alejado de la realidad y nada más desalentador para los ciudadanos.

 

Las lógicas del empleo dependen  de leyes y dinámicas mucho más complejas que las decisiones políticas. Hasta hace 30 años esas dinámicas podían estar relacionadas con la mirco-economía local, y algo menos con la  macroeconomía, pero las cosas han ido cambiando con la globalización. Hace 10 años las influencias macroeconómicas ya tenían mayor peso que las microeconómicas. El fraude de las subprime del 2007-08 es un claro indicador. Pero hoy en día el foco de influencia ha cambiado, y por primera vez en la historia hay factores que influyen en el empleo que siquiera son económicos.

 

En los próximos años veremos cómo el factor tecnológico, a través del IoT (Internet de las cosas), blockchain, y la automatización de procesos mediante algoritmos y robotización, se impondrá como el principal condicionante para el empleo. Según lo que vaticina el estudio de la Universidad de Oxford de 2016, el 47% de las profesiones están en alto riesgo de automatización y desaparición. Nuevos modelos de negocio de venta, transporte y logística como Amazon, Uber o Aibnb pueden funcionar y ofrecer valor a nivel mundial sin siquiera tener grandes números de empleados. Watsapp hundió la mensajería por SMS con una plantilla de unas 50 personas frente a las miles de personas que trabajaban para las compañías telefónicas mundiales. Facebook tiene un impacto hoy en día en la economía mundial, superior a lo que lo tuvo Ford hace 50 años, con un ratio bastante mejor si calculamos volumen de facturación divido por el número de empleados. Las empresas que más facturan y demuestran el mayor crecimiento a nivel mundial, de hecho, no son precisamente aquellas con un mayor número de empleados.

 

Elon Musk afirmó el pasado mes de agosto en una entrevista al Washington Post que Tesla tiene previsto que sus fábricas sean totalmente autónomas y no necesiten seres humanos en el plazo de cinco años. Noticia de dos meses después, a primeros de octubre, Tesla anunció el despido de entre 400 y 700 empleados.

 

Hoy en día es posible entrar en aplicaciones donde se puede comunicar la idea para la realización de un logo industrial y cualquiera, desde cualquier parte del mundo, puede pujar para presentar una propuesta y ofrecer un precio por ella. El consumidor decide que logo bajar, cuanto y a quien pagar.

 

Las personas, tal como vaticina Guy Standings en el libro “La corrupción del Capitalismo”, se convertirán en realizadores de tareas: ya no tendrán que competir contra compañeros de graduación para hacerse con un empleo, sino con otros profesionales a miles de kilómetros de distancia, a lo mejor en Bangladesh, dispuestos a hacer el trabajo en menos tiempo y por menos dinero. El consumidor optará por servicios de mínimo coste y máxima rapidez.  Del mismo modo, nada hoy en día impide a una empresa de otro país montar una tienda en frente de la nuestra para explotar un mercado que valoró con alto potencial de beneficios gracias al big data, y obligarnos a cerrar.  

 

Usar el empleo como arma política en los próximos años puede suponer un gran batacazo para la administración política que entre en este juego dialéctico, ya que no habrá creación de empleo, sino destrucción masiva. Las políticas de empleo tendrán que girar alrededor de dos puntos clave:


1.    La capacitación profesional y el desarrollo de habilidades para profesiones en las que las maquinas no podrán competir con los humanos: el ser humano no podrá competir con las maquinas que harán labores más precisas, con menos fallos, sin necesitar descanso, pedir aumentos o estar desmotivadas.


2.    La preparación de “amortizadores sociales” que tengan la valentía de afrontar la cruda pregunta acerca de qué hacer con una parte de la población (en algunas zonas superior al 70%) totalmente inservible para los fines productivos, la competitividad, y el beneficio económico de las empresas.

 

Quizá sea hora de cambiar la narrativa política e iniciar a quitarse, desde ciertos organismos públicos, la responsabilidad paternalista (y electoralista) de “crear puestos de trabajo” e ir concienciando a las personas que, ante este tsunami tecnológico, el principal factor para la creación de empleo va a ser la misma voluntad de las personas de prepararse, estar abiertos a los cambios, y dedicar mucho tiempo a vender uno su propio saber hacer como valor añadido ante una competencia mundial. Y no será fácil, porque generalmente las personas se contratan por aptitud, pero se acaban despidiendo por actitud (cuando no haya factores económicos de por medio).

 

Los servicios de empleo, tal como los conocemos, no serán sostenibles. Tendrán que reconvertirse en organismos de asesoramiento y de desarrollo de las relaciones entre los centros de formación y las empresas. Su función tendrá que centrarse simplemente en coordinar proyectos sin tener que administrar dinero para cursos o subvenciones diseñadas para que las empresas contraten mano de obra barata y desmotivada: nadie es productivo sabiendo que, invierta lo que invierta, a los tres meses volverá al paro. Dar formación o financiar formación para el empleo será altamente improductivo y frustrante porque no surtirá efectos ante la automatización y será un mal gastar el dinero. Hacer la cola para sellar el paro y obtener subvenciones así como sostener la maquinaria burocrática correspondiente, será menos sostenible que la renta básica universal. Ya no bastará la orientación laboral, sino que tendremos que hablar de activación profesional para cambiar radicalmente el paradigma y los hábitos de las personas asociados al empleo.

 

En definitiva, hacer creer a la gente que algo o alguien vendrá y le dará un trabajo, puede resultar a muy corto plazo, altamente arriesgado (y políticamente irresponsable).                

 

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