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Banderas y mercado

Miércoles, 18 de octubre de 2017 | Miguel Galindo

Todo es lo que parece, pero nada es de donde parece ser. Lo cual debería movernos a pensar que el valor se lo damos nosotros, aunque por sí mismo no lo tenga. Es el valor de una creencia costumbrista, postiza, folklórica, impulsiva, tradicionalista y edulcorada por décadas y décadas de repetir el mismo mantra, la misma jaculatoria, el [Img #51562]mismo credo en una misma letanía. Pero es lo que hay. Y es lo que funciona. Por eso bebemos vino de Rioja que son caldos de Jumilla, comemos pimientos de Padrón que son del Pilar de la Horadada, melones de Torre-Pacheco que son de Cuenca, o saciamos nuestra sed con agua de Lanjarón que es del pantano del Cenajo… Pero esto funciona hasta con el patriotismo, mejor dicho, patrioterismo, o cualquier otro sentimiento alienante…


Sigamos con los ejemplos. Ejemplos reales de realidades reales. Aquí no hay la más mínima fantasía, nada de inventado. Una bandera española en la fachada del Congreso de los Diputados, en Madrid. Otra bandera catalana en la balconada del Palau del Govern, en la Plaza Sant Jaume, de Barcelona. Bueno, pues con un alto, altísimo índice de posibilidades, ambas dos están fabricadas en China. En la industria más prolífica y barata del mundo. Envasadas por modelo, calidad y tamaño en packs de 100 y en containers de 1.000, por manos de niños explotados, mujeres infravaloradas u obreros que trabajan los “ideales entrapados” de todo el mundo en jornadas de 14 y 16 horas ininterrumpidas, a cambio de jornales de auténtica miseria. Luego serán enviados a lugares desde donde serán distribuidos a diferentes centros comerciales, más o menos exclusivos, que los cederán a tiendas detallistas, que a su vez los venderán a los patriotas que los usarán como elaboradas en la más entrañable querencia. Elaboración propia, les dirán. Made in patria querida…


A cada paso desde que la bandera sale de manos que no saben ni sienten ni les importa, más que las monedas que el destajo les procura para tapar el hambre, ese trapo de colores va sumando valor pecuniario, y dejando buenas rentas a los intermediarios comerciales, en igual proporción que va sumando también un valor adquirido de pertenencia a algo que igual renta buenos intereses a sus intermediarios políticos que los explotan, hasta llegar, en consumo masivo y desaforado (el mejor de los negocios para todos, fabricantes, comerciantes, políticos y agitadores) a una explosión de irreprimibles emociones provocadas e inducidas, en las espaldas de hombres y mujeres, ancianos y niños, perros y gatos, abducidos y reducidos, donde esa tela coloreada que ha dejado excelentes beneficios subiendo su miserable costo de origen, se convierte en un símbolo por el que estarán dispuestos a morir o a matar (es un decir) o, al menos, nos da derecho a disfrazarnos de patriotas, y a que ‘algunos alguienes’ muevan nuestras emociones según a ellos les convenga. Y las usamos para inmolarnos en el martirio, o para manipular emociones, o para montar un circo muy bien traído y muy bien falseado... Aunque luego nos equivoquemos y nos vedemos la mano contraria a la masacrada por los "“ideales”… Esta es la cuestión: los ideales. Reales, falsos o inyectados en vena, pero la bandera made in china se convierte, se transforma, en ideal sagrado. Como el agua lo hizo en vino.

 

Se me dirá que ahí está la cosa. Que de la bandera es el símbolo lo que cuenta, no su manufactura, y que eso, macho, acho, es sagrao… Y yo no lo negaré nunca. Como es sagrao creer en que el vino que uno bebe es de La Rioja, aunque no lo sea. Cada cual es muy libre de atarse a sí mismo al dogma que le plazca, tío… Pero un símbolo hecho con sudor, dolor, sangre, sacrificio y sufrimiento, como la bandera constitucionalista que tejió Mariana Pineda, contiene en sí misma todo el potencial y significado del ideal que transmite, y lo otro, lo quieran o no, no contiene nada, aunque alimenta una cadena de intereses concretos y marcados desde el principio, no sé si he sabido explicarme, maestro liendres… Que sí, que el pimiento se compra como de Padrón, pero se vende del Pilar. Y nunca ha sido lo mismo, ni jamás lo será, vender que comprar…. ¿me entienden?..


Miren. Existe una norma de mercado, casi que una ley, que dice que lo poco encarna su valor y eleva su calidad y su cualidad, y lo mucho abarata ese valor y baja en igual proporción esa calidad y esa cualidad. Pues eso mismo. Cuando hay que hacer banderas masivamente, en proporciones desaforadas, en China, para que salgan a cuenta de vestir enormes parafernalias, se abarata el valor y el valer de esas mismas parafernalias. El mejor aliado y socio de la producción de banderas son los populismos. Jamás se vieron más banderas gamadas que en las calles de la Alemania nazi. Sin embargo, ¡oh misterio!, cuando terminó aquella sangrienta fiebre, resulta que nadie, nadie, pero nadie, en Alemania, había sido nazi… La exacerbación de los ánimos es el mejor caldo el cultivo para el negocio de la banderas, tanto el que las fabrica, como para el que las suscita. Aunque sean banderas de la China vendidas como melones de Pacheco. Que tales “melones” se tragan igual que las ruedas de molino.


@migasanch

www.escriburgo.com / viernes 10,30 h. en http://www.radiotorrepacheco.es/radioonline.php

 

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