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Un pacto por el agua

Jueves, 23 de noviembre de 2017 | Jesús Galindo

Hace algunos días, en el transcurso del programa de radio 'La Pinza', en el que participo, y que se emite desde la emisora municipal de Torre Pacheco, tuve el honor de compartir mesa y tertulia con dos grandes conocedores de uno de los problemas más trascendentes que tiene la Región de Murcia. Las personas eran Juan Cánovas, [Img #52233]letrado e Ingeniero Agrónomo, y que ostentó el cargo de Presidente de la Confederación Hidrográfica del Segura, y Manuel Martínez, presidente de la Comunidad de Regantes del Campo de Cartagena. El tema, como no podía ser otro: El agua; bueno, más bien la carencia de este elemento, fundamental para nuestro desarrollo, y una de las principales causas que impiden el normal progreso de nuestra economía. Los dos contertulios, importantes expertos en esta materia y con muchos años de dedicación profesional, dieron una buena lección, y sobre todo plantearon los problemas acompañados de diversas soluciones, según sus respectivos puntos de vista, pero con una coincidencia total en lo fundamental: la gravedad de la situación, acrecentada por la climatología adversa que estamos padeciendo, y la falta de consenso en la materialización de propuestas para su solución.

 

Apoyándome en lo que escuché, y en el enriquecimiento que supuso para mis reducidos conocimientos en esta materia, voy a cometer la osadía de tratar en mi crónica de esta semana sobre este preciado bien que está considerado como el origen de la vida, pero que en nuestro caso se hace más patente todavía, ya que en nuestra Región, y más concretamente en la comarca del Campo de Cartagena, el agua forma parte de nuestras vidas.

 

En primer lugar quiero resaltar lo que, por supuesto, es una obviedad, y es la dependencia que la Región de Murcia tiene del agua para regadío. Un territorio donde una buena parte de su economía está sustentada en el sector primario, y donde se ha demostrado –en estos pasados años de intensa crisis- que la agricultura, junto al sector servicios han sido los que mejor han capeado el temporal y los que nos han permitido mantenernos con la cabeza fuera del agua. La cuestión es que para que la agricultura se pueda desarrollar se necesita agua, mucha agua. Recientemente se publicaba un estudio titulado “22 a 1”, en el que se manifestaba que, en nuestra Región, por cada litro que se gasta en abastecimiento humano se gastan 22 en la agricultura. Y esa agua ni la tenemos ni nos va a venir del cielo y, por tanto, la tenemos que “importar”, y ahí es donde está el problema.

 

El trasvase Tajo-Segura fue, en su momento, un importante balón de oxígeno que hasta ahora había cubierto muchas necesidades y nos ha dotado de una cierta tranquilidad, no exenta de algún que otro sobresalto por los continuos rifirrafes que mantenemos con nuestros vecinos castellano manchegos. No obstante, en estos momentos, somos conscientes que la pertinaz sequía, que también afecta a la cuenca del Tajo desde ya hace bastantes meses, nos ha dejado sin ese caudal, tan necesario como -en ocasiones- insignificante, pero que era el último hálito al que los agricultores se podían aferrar para tratar de evitar la desastrosa situación en la que se han visto sumidos. La desalación, cuyo proyecto impulsó el Gobierno de Zapatero, es otra de las posibilidades con las que contamos, pero sus elevados costos y otros factores medioambientales hacen que se considere como una contingencia pensada para situaciones de emergencia, y aunque sea un buen instrumento no es la solución al problema. Y nos quedan lo pozos y extracciones de agua del subsuelo, muy condicionados estos por el nivel de sus reservas, y una aportación que está directamente ligada a la situación climatológica.

 

Ante este escenario, la sedentaria cuenca del Segura se ve en la obligación de diversificar las fuentes de suministro de este preciado recurso e intentar planificar sus necesidades de acuerdo con los mismos, para lo que cuenta con la mejor y última tecnología y la profesionalización de nuestros agricultores, cultivados en la mejor escuela del conocimiento. Las transferencias de agua entre cuencas, que podría ser la solución definitiva, nos lleva directamente al planteamiento de los trasvases, que en realidad es el principal nudo gordiano al que hay que dar respuesta y sobre el que voy a tratar a continuación.

 

La interconexión entre cuencas es un proyecto que, estando contemplado en el Plan Hidrológico Nacional que presentó el ministro Josep Borrell en 1994, sin embargo nadie ha querido llevarlo a la práctica y cada vez que se plantea aparecen los nacionalismos regionalistas con el mantra ya consabido de 'el agua es mía'. Y es que el tan ansiado líquido elemento siempre ha sido un factor de confrontación que han utilizado los distintos sectores más radicales para conseguir otra serie de favores, esgrimiéndolo como arma arrojadiza entre distintas formaciones políticas, mediante su asimilación a determinado tipo de ideología, cuando este tipo de proyectos no son de derechas ni de izquierdas ni están  monopolizados por nadie.

 

El Trasvase Tajo-Segura, aunque se construyó en la época de Franco, y se inauguró en 1979, realmente se planeó en 1933, en la etapa del ministro Indalecio Prieto (PSOE). Y fue, posteriormente en 1937, cuando el Gobierno republicano se planteó por primera vez la construcción de un trasvase del Ebro para abastecer a Valencia y Murcia, según consta en un memorando titulado  ‘Aprovechamiento de parte de las aguas sobrantes del Ebro en ampliar y mejorar los riegos de Levante’ elaborado por el entonces director general de Obras Hidráulicas, el aragonés Félix de los Ríos.  No en vano la tradición de los trasvases en España se remonta hasta hace casi 2.000 años, cuando se construyó el acueducto de Segovia.  Esta obra se podría afirmar que es la primera transferencia que lleva agua de una zona excedentaria a otra deficitaria; todo un proyecto de ingeniería civil que recorría casi 15 kilómetros y tenía la capacidad para abastecer una población de 35.000 habitantes.

 

Por eso hay veces que no se entienden bien determinadas posturas de algunos políticos, asidos a consignas dogmáticas, quienes –en el sagrado nombre de la defensa de la naturaleza- tratan de imponer sus criterios localistas a toda una nación, sin percatarse que el agua es un bien general que afecta a todos los españoles y no solo a una Comunidad. Si utilizáramos esa misma argumentación, la energía eléctrica que se consume en Alicante, se produce en la central térmica de Escombreras, en Cartagena, y por esa misma regla la Región de Murcia podría monopolizarla seleccionando su distribución y aplicando –incluso- aranceles por haberse producido en el ámbito de nuestra Comunidad. Los intereses políticos derivados del régimen estatutario que tenemos en España donde, en ocasiones, las Autonomías se comportan como reinos de taifas, nos genera estas situaciones a las que hay que dar una respuesta política dentro de una política de Estado.

 

Es un verdadero disparate que el Rio Ebro vierta al mar en 16 horas tanta agua como consume en un año la ciudad de Valencia. Y que haya cuencas excedentarias, como así se reconoce en los diversos estudios que se han publicado, mientras que en otras, que son deficitarias, se está comprometiendo seriamente la viabilidad de subsistencia de millones de ciudadanos, obligados a cambiar sus hábitos de vida y profesionales ante la pasividad de nuestros gobernantes que están más dedicados a defender sus intereses partidistas.

 

Es hora ya de plantear un verdadero pacto por el agua. Un pacto que –al menos- cuente con el apoyo de los dos partidos mayoritarios que ostentan una mayoría cualificada que les posibilite sacar adelante cualquier proyecto que admita una solución definitiva a este endémico problema. Ya está bien de practicar la inacción por atender a intereses electorales derivados de aquellas Autonomías con más peso político que la nuestra. El verdadero sentido de Estado se tiene que imponer y, al igual que se han tenido que poner de acuerdo en otros temas importantes, en este les exigimos que lo hagan también.

 

Valgan como epílogo estos versos que corresponden a la obra ‘El Pastor de la Muerte‘, cuyo autor es  Miguel Hernández,  y donde se demuestra cómo en el sentir habitual de los españoles la idea de los trasvases siempre se contempló como una solución natural a los problemas hídricos.

 

“Ay, qué temprano nací, / ay, que cegué y qué temprano! / ¡Nunca seré el hortelano / del huerto que apetecí!  / Donde no haya río, habrá / canales de agua y granito, / que están pidiendo en un grito / el Tajo y el Ebro ya“. (…).

 

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