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Responsabilidad y bondad en la comunicación

Viernes, 24 de noviembre de 2017 | Juan Tomás Frutos

Comunicar entraña una enorme responsabilidad, incluso cuando pensamos que se trata de procesos más o menos nimios. En ella, la bondad es, debe ser, el punto de referencia, o su equivalente, los buenos propósitos. Efectivamente: los baluartes comunicativos han de ser, esencialmente, la búsqueda de la verdad desde la buena intención procurando servir de la mejor manera posible a los interlocutores, enseñando desde la humildad, pero también desde la firmeza, yendo hacia delante con paso entregado y sin prisa. La voluntad ha de ser básica.


La solidaridad, las creencias en positivo, las actuaciones correctoras cuando sea menester, los anhelos en función de todos, de los demás, de la sociedad misma, han de ser ejes vertebradores de la actividad en la que nos incardinemos cada jornada. Hablemos siempre con responsabilidad, buscando el contexto, dando las explicaciones necesarias para que el mensaje llegue y lo haga bien. La vida es eso: una entrega absoluta para que las cosas tengan su efecto, el fin deseado. Miremos, por ende, a los otros, tengamos en cuenta sus gestos, sus ademanes, sus maneras de hacer y de percibir.


Estemos sosegados, procurando que las cosas salgan de manera natural, sin resortes delgados que a menudo apenas se ven. Oteemos en estos elementos, circunstancias, momentos o actitudes las necesarias bases para que todo el procedimiento que se sigue, consciente o inconscientemente, en materia comunicativa se aproxime a un buen puerto y con estupendos resultados. Seamos sensatos, aunque eso no quiere decir que no podamos arriesgar, que seguramente debemos. Hemos de insistir para dar con las válidas intenciones y atenciones que un intercambio de ideas y de opiniones ha de albergar.


La existencia es un compendio de acontecimientos que vamos encajando gracias a la comunicación. Pensemos en ellos desde la ternura, desde la consideración más idónea y puede que también más espontánea. La frescura en el quehacer cotidiano, la persecución de una instantánea actualización, el afán por mejorar desde la inquietud tranquila son bases para construir la realidad que, en éste y en otros casos, equivale a estructura en las relaciones y en el encuentro diario. Hagámonos caso, tengamos en cuenta las tareas y los intentos de los otros desde la sensación tenue de que juntos podemos triunfar con unas extraordinarias galas.


Mejoremos los hábitos
Vistamos los mejores hábitos. Divisemos, intentemos escudriñar lo que acontece, contemplemos las emociones desde el distingo de lo preciso, de lo necesario, de lo que puede ser insistentemente bueno. Generemos emociones con unas gracias que nos han de portar a la amistad suprema y siempre basada en una idónea, que no ideal, comunicación.


Nos debemos agarrar, pues, a las pretensiones más universalmente leales, en el afán de búsqueda de la credibilidad, de los amables fines de paz, amor y entendimiento, que también añaden, sin duda, un poco de salud, por las actitudes que entrañan. Hagamos caso a cuanto es, a lo que es, a lo que viene, a lo que podría ser, con coherencia y buenas señales. Miremos, seamos, hablemos. Las aptitudes y actitudes han de coaligarse desde la visualización más entrañable para llegar al paraíso del entendimiento, de la compresión. No hay nada más bello. No olvidemos que tenemos la responsabilidad de ser buenos para conseguir una brillante comunicación. Ahora y siempre.

 

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