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Cáritas levanta cada día la persiana para romper el proceso de de la pobreza

La pobreza no es una enfermedad ni un defecto del carácter

Miércoles, 3 de enero de 2018 | Víctor Meseguer

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No es poesía, tiene aristas que se clavan en la piel que cubre la angustia y, al contrario que aquella, es un arma vacía de futuro... pero un arma al fin. La gran locura de nuestro tiempo es dejarla cabalgar desbocada; impertérritos, ajenos, peor aún que si no nos fuera nada en ello: como si resultara inevitable. Es la injusticia social, desgarrando la vida con todos sus colmillos.

 

Cada vez más personas dejan de tener interés por sintonizar el canal de su propia vida. Y ese desinterés dificulta el amor, impide la solidaridad, entierra los valores.

 

Quizás sean tiempos de incertidumbre, de no saber, exactamente, dónde está cada cosa y de qué color es. Quizás todavía no tengamos claro ni podamos imaginar, qué lugar ocupa cada cual en nuestro triste mosaico de realidad inimaginada. Hoy los vientos circulan en todas direcciones. Para unos pocos, traen aromas de jazmines. Para cada vez más ex ciudadanos, hedores de los desagües. Y entre medias de esos dos extremos, la mayoría resbalamos por los hielos de lo imprevisible.

 

La pobreza no es una enfermedad ni un defecto del carácter. Surge como resultado de un conjunto de factores que inciden sobre la forma en que interactúan los ciudadanos con su entorno, generando esquemas de pensamiento que orientan la conducta de los individuos a la satisfacción coyuntural de las necesidades básicas e inhiben su capacidad para construir planes de futuro, esenciales para enmarcar y dar sentido a las actividades de desarrollo personal y familiar.

 

Los datos hablan por sí solos: los puntos negros que generan más accidentes, con consecuencias de muerte para la vida de los ciudadanos, no están en las carreteras ni en las vías de ningún tren. Se distribuyen, como un rosario de fracasos colectivos, a lo largo de la geografía española. Se hallan presentes en decenas de barrios y concentraciones humanas periurbanas, que conforman un modelo imposible de urbanismo y vida social. Crecen en el olvido, viven en el silencio, subsisten al margen de las reglas que nos protegen al resto, mientras se alejan de cualquier futuro. No hay ni tren ni destino. Tampoco existe el presente, lo que hay es otra cosa.

 

Lejos de las miradas de la mayoría, construyen inframundos que se reproducen de generación en generación, como una pesada herencia inelegible. Se hace lo que se puede, pero no es suficiente, le dije a Israel, un preso que el otro día volvió a entrar en la cárcel, donde le conocí hace más de 25 años. Un día, su madre salió al hospital y volvió con él debajo del brazo. Del pan nuestro de cada día, cuando no había pisos que robar, unas veces se encargaba la Comisión de Asistencia Social penitenciaria y, otras, los de Cáritas.  

 

Era un bebé tierno, como todos. Parecía que iba a tragarse un mundo que al final acabo engulléndole a él. Tiene seis hijos y una historia dentro de otra historia, donde hay escenas que se vuelven a repetir: los voluntarios y trabajadores de Cáritas hacen más de lo que pueden y todos los días levantan la persiana para intentar romper el proceso de transferencia hereditaria de la pobreza. Aunque no siempre lo consigan, nunca dejan de intentarlo: “No seáis cobardes, no «balconeen» la vida, no quedaros mirando desde el balcón sin participar, entrad en ella, como hizo Jesús y construir un mundo mejor y más justo, no se queden a la cola de la historia…” (Francisco I: 2013). El Papa de Buenos Aires (en Roma) es consciente de que la modernidad no se importa, se construye mediante un ejercicio cotidiano de convivencia edificante.

 

Sería injusto, tras apurar este artículo, no dar las gracias a Caritas Diocesana de Cartagena. Muchas gracias por hacer de este mundo un lugar más habitable.  

 

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