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Con mis respetos

Miércoles, 10 de enero de 2018 | Miguel Galindo

Oscurecía sin darnos cuenta… Jugar, para nosotros era una parte del día y en ella no entraba la noche. Aquella en que se nos daba suelta con un pedazo de pan con lo que hubiera en casa, y nos lanzábamos a la calle, en busca de amigos con los que compartir alguna fantasía de las que nos dotaba nuestra virgen y fértil imaginación. Porque fantasía e imaginación eran nuestros juguetes a falta de otros… Piedras de la playa que convertíamos en casas, coches, personas, desplegando en la arena toda una supuesta vida de las que solo veíamos en el cine…

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Ramas de palmera que se doblegaban en armas, lanzas, espadas, tablas viejas como escudos, con las que luchar con alguna banda rival… Pistolas de rama de pino, o caballos imaginarios en ranchos imaginarios e indios y cuatreros tan reales como nosotros… La imaginación, un juguete multiuso y convertible.


Era mi abuela Julia la que aparecía buscándonos, invariablemente, siempre atardeciendo, siempre lindando el mar, cuando apenas veíamos su inconfundible silueta vestida de delantal y ropa oscura, cuando oíamos su voz llamándonos a capítulo… “Jodíos críos estos, que va a venir su padre de trabajar y ellos de noche y por ahí tiraos…” Su regañina y su semblante que quería ser severo, tan solo eran el escudo con el que quería protegernos del tirón de orejas paterno, llegado el caso… Y nos llevaba por delante, sin parar en su letanía de detenerse en sus aspavientos, hasta llegar a la casatienda dónde desarrollábamos nuestro ser y nuestro estar.

 

Aquella abuela era nuestro ángel guardián. Vivía con nosotros, claro, por nosotros, naturalmente, y para nosotros, por supuesto… Ella era parte de nuestra existencia. Absolutamente. Su presencia en nuestras vidas era como algo inevitable, protector y omnipresente, siempre ahí, continuamente pendiente de nosotros, casi inexpugnable… Hasta que la torre fue perdiendo sus almenas, desdentándose ella mientras los dientes nos volvían a salir a nosotros. Y se hizo frágil, enfermó, en tanto mi hermano y yo crecíamos y dejábamos de ser chiquillos, y ella se hizo pequeña ante nuestros ojos. Y entonces, en esa última fase de acompañamiento de vida, pasamos a ser sus hermanos perdidos, y llegamos a ser sus hijos, en cuyos recuerdos últimos su enfermedad tuvo la compasión de convertirnos…


…Sus hijos. Con sus tres hijos pequeños hubo que apechar mi abuela cuando se quedó sola, y tuvo que afrontar una viudez huérfana de todo y acreedora de nada. Sin más derechos que sus manos y su coraje. Criarlos, protegerlos, educarlos, alimentarlos, librarlos de la necesidad en lo posible, de la enfermedad y del hambre. Cosa normal en la época, por otro lado, en las mujeres sin marido y en las familias sin padre. Y tuvo que afrontar una guerra civil, fratricida, de odios y denuncias, con un hijo encarcelado, otro exiliado, por culpa de esa maldita guerra, sola con su hija, mi madre, y madre de hijos vencidos en un mundo hecho solo de vencedores. Dos mujeres solas después de una guerra perdida no es un panorama halagüeño, precisamente. Madre e hija ante una posguerra de incertidumbres y privaciones era una estampa repetitiva de aquellos tiempos, pero no por eso menos dura, espeluznante y dramática… Lo más amable de la vida de mi abuela Julia vino después, y creo que fuimos nosotros, sus nietos.


Pero me ha venido su recuerdo (la historia de mi otra abuela no es menos acojonante. Figúrensela viuda también y  que, de cinco hijos nacidos, solo le viviera mi padre, y de chiripa) porque parece ser que este 2.018 es el Año de la Mujer. Y no he podido evitar traer esas primeras mujeres de mi vida a la memoria. Y acordarme de mi madre, y de su madre, Julia, mi abuela, y revivir sus figuras en un mundo, hoy, polarizado de mujeres trabajadoras, o cuyo fin es ser modelos, o feministas a ultranza, desbocadas. Una sociedad, la actual, que ha hecho una religión de ese feminismo, al mismo tiempo que una profesión de ese posturismo. Y me pregunto qué hubiera pensado mi abuela Julia de todo esto, si yo le hubiera dicho entonces que viviría un 2.018, Año de la Mujer. Y creo que hubiese reído a carcajada limpia con aquella cara limpia y aquel moño apretado en la nuca, tan fuerte como ella misma.


Y su figura, como la de mi abuela María, como la de mi madre, se agigantan hasta tocar el cielo de la historia humana y de la mujer humana. Y su fuerza, y su valentía, y su tremenda personalidad en tiempos tremendos, hacen parecer ciertas cosas, y ciertos casos, una especie de chanza, de charada. Y lo digo, claro, salvando las distancias, y con todos los respetos del mundo…

 

@migasanch

www.escriburgo.com / viernes 10,30 h. http://www.radiotorrepacheco.es/radioonline.php

 

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