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País ingrato

Miércoles, 24 de enero de 2018 | Miguel Galindo

La dignidad de los seres humanos está en su comportamiento, no en su trabajo, por humilde o importante que éste sea. Igual que la indignidad de esas mismas personas. El otro día, leí en un dominical el testimonio de una periodista catalana, partidaria de la no separación. Iba en un taxi, hablando por su móvil con un amigo al que le [Img #53148]estaba contando los problemas que afrontaba por pensar cómo pensaba, cuando el vehículo frenó de golpe, el taxista, insultándola como un energúmeno, la conminó a bajar del coche bajo amenazas. Este pobre infeliz, es tan ignorante – e indigno – que no se da cuenta que la Cataluña que defiende con tan violentos métodos solo le traería miseria para su propia familia y hambre para sus hijos, pues de una “nasió” así se irían más, muchos más, clientes, que llegarían. El fanatismo siempre ha sido lo que ha traído la pobreza a los pueblos.

 

Y ese caso me recordó otro curioso que le leí a la excelente Almudena Grandes sobre un señor de Murcia, y no precisamente el que Mihura creó con Ninette por delante, en su aventura, españolísima aventura, parisina… Ni mucho menos. Este otro señor de Murcia, leído, cultivado en los clásicos, educado, conocedor de varios idiomas y un experto en latín, es un personaje real de 1.935. Cecilio Sáez se llamaba. Encontró trabajo en La Unión, donde una compañía minera lo malcontrató como maestro de los trabadores y de sus hijos. Cuando se vino a dar cuenta, se percató que el escaso dinero de su paga salía de los menguados bolsillos de los obreros pobres, pues la empresa había suprimido su sueldo por una bajada de los beneficios. Incapaz de afrontar el sacrificio de aquella pobre gente, se despidió de ellos, y, casado y con tres hijos y su vasta cultura a cuestas, marchó a Madrid, a tratar de allí, de mantener a su familia…

 

Ya en Madrid, sin ningún trabajo fijo, humillaba su dignidad vendiendo por la calle libritos de clásicos que él mismo traducía y se editaba en la imprenta de un amigo, Gráficas Victoria, de la calle Benito Gutiérrez… La Metamorfosis, de Ovidio, sus versos, o la Historia de Príamo y Tisbe… Había días que sacaba hasta cinco pesetas, a veces hasta un par de duros… Aparece fotografiado frente al Banco de España, en cuya verja cuelga con alambres, en una perfecta y cuidada ortografía, un cartón en el que ofrece su erudita mercancía, a veces acompañado de un hijo de siete años, tan limpio, pulcro, aseado y digno como su padre. Los primorosos y sencillos, escuetos y magros, cuadernos de tapas grises, de 16, 30 o 50 páginas en papel sepia, extendidos sobre una mesa de tijera, delante de sus triste figuras… Un periodista de la época, Emilio Ferret, lo sacó en la sección Vidas Humildes de la revista Estampa de Abril del 35. En su página 10 se lee, “El traductor de Ovidio que vende su obra en la calle”...

 

Un profesor de historia, Pedro Sáez Ortega, regaló uno de estos entrañables ejemplares a la gran Almudena Grandes, durante la presentación de uno de sus libros en una biblioteca de Móstoles. Era el nieto de aquel pobre traductor y vendedor callejero de los clásicos. Y así llegó a sus manos la entrañable historia real de este noble señor de Murcia que hace ochenta años mantuvo su magnífica dignidad con tan miserables medios… y a través de la general indignidad de aquella época de pobreza y tremenda desigualdad. Cecilio Sáez despidió su vida entre estrecheces económicas y necesidades vitales sin cuento. Pero se mantuvo digno y erguido hasta el final.

 

Este hombre de Murcia, este gran señor, merecía que nosotros hubiéramos hecho una España mejor que la que hoy tenemos. Más culta, más educada, más civilizada, más transigente, menos fanatizada. Pero solo hemos sabido hacer, desde su aquel presente acá, una España más rica en haberes y más inmensamente pobre en valores. Una España de taxistas fundamentalistas, como el de Barcelona, precisamente en una de las regiones más prósperas, abiertas y cosmopolitas de este indigno país, como es Cataluña. Una pena. El talento, la sensibilidad, la erudición, la educación y la vergüenza, la muy digna vergüenza, de un solo español – de Murcia – aparece como una perla escondida y enterrada entre el cutrerío vacío, el ocio y el odio, y el desprecio, de muchos compatriotas actuales, dispuestos a tirar por la borda el cómodo pasar de clase media, escupiendo en la memoria de los que sacrificaron su propia dignidad para solo lograr la indignidad de los que somos y estamos aquí hoy…

 

Cuando leí la historia de nuestro antiguo e ilustre antepasado, Cecilio Sáez, me sentí tan conmovido como avergonzado. Y tan orgulloso como entristecido. “Un hombre todavía joven (dice el cronista de la época)bien vestido, una pajarita oscura en el cuello de una camisa inmaculadamente blanca, que muestra unos pocos libros en las manos…”. ¿A cuántos como él habrá que sacrificar aún para que muchos como el taxista catalán insulten a la vida?.. ¡¡ País ingrato ¡!..

 

@migasanch

 

www.escriburgo.com / viernes 10,30 h. http://www.radiotorrepacheco.es/rpacheco_nuevo2.html

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