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“Llamadme cartagenero”

Gonzalo Wandosell rinde homenaje a su padre: Gonzalo Wandosell Morales

Lunes, 12 de marzo de 2018 | Gonzalo Wandosell y Fernández de Bobadilla

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Un día que nunca olvidaré, el 18 de agosto de 2017, se apagó la luz guía de mi vida y se encendió mi instinto de supervivencia. Todos los finales son un comienzo, eso lo sé, pero me cuesta aceptar que ya no tengo a mi padre cerca.

 

Gonzalo Wandosell Morales, fue un hombre bueno y recto; un político idealista, siempre de guardia; y un cazador de ‘ballenas’ para su querida Cartagena, de todos los colores y tamaños: infraestructuras, puesta en valor del patrimonio, mejoras sociales, inversión en el tejido productivo, etc.


Disfrutaba sentándose tranquilo en su liviano bote ‘ballenero’, pertrechado con todo lo necesario, cuerdas, arpones, cuchillos y lanzas… Nunca le gustaron los barcos grandes, a pesar de las varias ofertas que tuvo para formar parte de sus tripulaciones. Un romántico con los sentimientos al viento, eso es lo que siempre parecía. Cuando divisaba en la distancia una nueva causa, se acercaba a remo, con sigilo, clavaba el afilado arpón en ella, y la seguía hasta conseguir su agotamiento. Nunca le vi perder de vista sus objetivos, ni en los peores momentos. Cuando su presa se revolvía, él la atacaba con sus lanzas, sin desfallecer. Con algunas tuvo éxito, como el periódico El Noticiero, las fiestas de Carthagineses y Romanos, el Partido Cantonal, el cierre de Potasas, el Congreso de las Cartagenas del Mundo, El Movimiento Ciudadano, la Agrupación California de la Coronación de Espinas o el nuevo Hospital Santa Lucia. Con otras no pudo, como la provincia de Cartagena, que cual Moby Dick se resistió siempre a todos sus embates.

 

Gastó muchas energías en sus luchas políticas, pero todas sus batallas eran importantes, tenían sentido y afectaban a su amada Cartagena. Tenía el don de intuir con precisión las necesidades de los demás. Siempre se mostraba dispuesto a abanderar una nueva causa, y solo pedía a cada uno lo que podía darle. Sabía salir de sus luchas en el mar de la política siempre acompañado, nunca seco, pero tampoco ahogado.  

 

A mi padre le hicieron daño en ese combate desigual, y mucho, algunas veces, pero él gozaba de esa inmensa cualidad de saber olvidar lo que hay que olvidar. Nunca se dejó vencer por el ímpetu de sus adversarios. Toda mi vida lo he visto enfrentarse a hombres de palabras calientes, y violentas, con una sencillez tranquila, fruto de su sabiduría socrática; incluso cuando las desgracias se encadenaban como los truenos en una tormenta.

 

La enfermedad no se apoderó de él, ni siquiera en sus últimos días. Su espíritu nunca se debilitaba en la rutina diaria. No era consciente de su inmensa bondad, y del referente en que se había convertido, porque la felicidad humana busca la luz, y él la tenía a raudales. Convivía a diario con una dicha pequeña e íntima, fruto de la coherencia de su trabajo, y ajena al brillo de las riquezas. Y cuando no le gustaba lo que veía, cerraba los ojos y sentía lo que quería. Mi padre era un puzzle con mil paisajes.


 
A estas alturas de mi vida tengo claro que mi legado son mis dos hijos, María Ana y Alejandro, y el ser hijo de mi padre. Lo primero lo trabajo como puedo, con los medios a mi alcance, y mi limitada habilidad para aprovecharlos. Lo segundo es una responsabilidad que me atenaza…


A todos nos llega la hora. Aun cuando no queramos verlo. Yo nunca quise aceptar que su muerte llegaría. Pensé que él era invencible, como Aquiles, pero también estaba escrita la hora en que una flecha alcanzaría su talón.

 

El alma de mi padre era fuente de esperanza, de sueños diurnos, y sus palabras emitían una potente melodía capaz de curar las heridas de cada jornada. Echo de menos nuestros paseos diarios, desde su casa hasta el puerto, y viceversa. Ya quisiera yo que su alma habitara en mi cuerpo, siquiera un trocito, pero, por desgracia para mí, yo no tengo el alma tan fina. Hay momentos en los que me gustaría rendirme, apartarme de esta lucha contra gigantes, y seguir los pasos de Alfonsina Storni, mar adentro…, pero entonces me acuerdo de él, acierto a atisbar su corazón guerrero en mi interior, y sigo adelante con su ejemplo en mi memoria.

 

Decía Albert Camus que no hay nada más absurdo que el divorcio entre el hombre y su vida. Ese no fue el caso de mi padre, desde luego. Muchos se le acercaron, chuparon su sangre y se fueron. Él no se arredraba, al contrario, continuaba en la pelea. Sabía que la vida era una larga paciencia.


Mi padre me enseñó a caminar con el amor a Cartagena como destino, pero siempre me dejó elegir mi camino.

 

Mi padre me enseñó a soñar con una Cartagena grande y próspera, pero siempre me dejó hacerlo a mi manera.

 

Mi padre me enseñó a perseguir ‘ballenas’ en favor de nuestro querido municipio de Cartagena, pero nunca cazó las mías.


Sin embargo, en cada camino, en cada sueño y en cada ‘ballena’, encuentro siempre la huella de sus lecciones y el recuerdo de sus palabras: llamadme cartagenero.

 

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2 Comentarios
Esteban Bueno Muñoz
Fecha: Martes, 20 de marzo de 2018 a las 12:42
Gracias Gonzalo por el adelanto. Si tu no olvidas a tu padre, yo tampoco lo olvido como amigo. Fue una amistad tardía pero intensa, llena de empatía. Nos veremos, Esteban.
José Luis Belda Guardiola
Fecha: Lunes, 12 de marzo de 2018 a las 15:56
Gonzalo bonita biografía una gran persona y un buen Cartagenero un abrazo y no faltare a ese acto.

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