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¿Contraría vd. a un humano ‘mejorado’?

Miércoles, 11 de abril de 2018 | Roberto Crobu

El mundo productivo de la empresa, desde la asunción del Capitalismo como modelo global de negocio, el siglo pasado, se ha esmerado para que los seres humanos seamos cada vez más productivos. La productividad es un valor muy perseguido y es el principal criterio de estimación que marca la rentabilidad de una empresa. Lo más curioso es que este modelo económico, visto desde el marco de los miles de años de historia y evolución de la humanidad, es relativamente joven, y tan solo tiene unos escasos 100 años de vigencia. Pese a su corta edad, y [Img #54480]al estar en la raíz de muchos de los problemas con los que ha de convivir nuestra generación, lo asumimos como un dogma incuestionable: el exceso de plásticos (es reciente la noticia de la famosa isla del pacífico que tiene tres veces el tamaño de España), los vertidos tóxicos, la automatización de la desforestación para pastos de carne de hamburguesa o el cultivo de aceites de palma, la contaminación de las ciudades, la insostenibilidad energética, las estelas químicas de los aviones, la cementación de la costra terrestre, y de nuestras costas, la domesticación de casi la totalidad de los animales y seres vivos que pueblan el planeta (para fines de consumo, compañía o explotación por parte de los seres humanos) no son más que una de las consecuencias de perseguir un modelo económico que tiene como fin último la productividad de bienes de mayor consumo posible, con los menores costes directos asumibles.


El ser humano no es ajeno a esta dinámica: cada vez se nos demanda más productividad: hacer más (y/o mejor) en menos tiempo, y con un mayor ahorro de costes. Nuestro sistema educativo está diseñado para formar personas que puedan resultar útiles al sistema productivo en gran escala y es igual de reciente y joven que el modelo económico desde el que surge: fue a principio del siglo pasado, cuando los primeros grandes productores de bienes en cadena de montaje, asociados con los gobiernos locales, impulsaron el diseño de sistemas educativos y programas de estudios cuya finalidad era la puesta a disposición del talento necesario para trabajar en sus fábricas, oficinas y organismos. De esta manera iban a ganar la carrera hacia la productividad.


La adquisición de conocimientos y el entrenamiento de habilidades técnicas de trabajo no es más que una reconversión antropológica de la competencia animal para la supervivencia, adaptada a un mundo cada vez más sofisticado: si antes los seres humanos competían entre ellos para cazar presas y poder comer para vivir, ganando el más valiente y atrevido la oportunidad de disfrutar de ciertas carnes y alimentos, y así perpetuar sus genes, ahora las personas lo hacemos formándonos para gozar de mejores puestos de trabajo y mejores sueldos, con los que podremos tener acceso (supuestamente) a mejores carnes y alimentos. Si bien las competencias han cambiado, en la sustancia, los resultados, siguen siendo los mismos: siguen ganando los mejor preparados, más listos y atrevidos.


Actualmente no hay límites marcados para el logro y la adquisición de competencias que ayuden a las personas a conseguir determinados resultados y niveles de productividad. Cualquier persona puede hacer uso de las herramientas que mejor le convenga para ser más productivo: conocimientos, técnicas, o softwares. Es evidente que quien disponga de un coche puede optar por determinados trabajos al que no podría acceder quien no disponga de él; si es una camión o un tractor, podrá hacer trabajos que no puede hacer quien no disponga de un tractor o camión; quien tiene un determinado programa informático y algoritmo, puede crear y hacer cosas que otros no pueden.


Pero la transformación tecnológica que estamos viviendo pone al ser humano ante una importante reflexión: ¿existe algún límite en la adquisición de competencias y mejoras?


La adquisición de herramienta y palancas que eleven la productividad humana es ampliamente consentida. Solo el deporte es el único ámbito en el que se penaliza el potenciarse a través de sustancias y herramientas que eleven la productividad y los resultados. Pero en el mundo económico y productivo esa reglamentación no se considera. Es más, lo que se penaliza es el recurso a sustancias y hábitos de consumo que puedan mermar esa productividad, o el no recurrir a herramientas que palíen los efectos adversos de una posible “minusvalía”: el abuso de alcohol, la comida basura que puede llevar a la obesidad, fumar y todo tipo de hábito no saludable, son vistos en nuestra sociedad como males a erradicar. Al contrario, todo lo que mejora la productividad se asume como conveniente: empresas como Uber que no tienen taxistas pueden competir legítimamente contra empresas de transporte y paquetería tradicionales; una asesoría que desarrolle un sistema de automatización de cuentas e impuestos para sus clientes, podía competir contra asesorías tradicionales donde los asientos contables los hacen las personas; la tienda automática de Amazon puede competir contra un mismo edificio de El Corte Inglés repleto de dependientes humanos.


¿Quién ganará la primitiva carrera para la supervivencia que tiene cada vez más enfrentados a los seres humanos contra la inteligencia artificial? Parece que el reciente quiebre de la todopoderosa Toys’r Us nos está dando alguna pista.


Los seres humanos, inmersos en esta batalla que les ve compitiendo en inferioridad ante artilugios y máquinas más eficientes y productivas, se tendrán que plantear de qué manera afrontarán su propia evolución. Pero la mejora que les pide esta nueva época que nos ha tocado vivir ya no pasará por una evolución de sus habilidades, sino por una evolución intrínseca a su propia especie. Puede que estemos ante la última generación de “seres humanos puros”: la última generación de Homo Sapiens.


Pronto tendremos a disposición microchips que nos permitirán ampliar las capacidades del cerebro, la memoria o la velocidad de razonamiento. Lo que ahora realizamos a través de un dispositivo o interfaz externa como es un móvil, podríamos llevarlo implantado por debajo de la piel. Todo ello en pro de una mayor eficiencia y velocidad a la hora de actuar y tomar decisiones: si esto lo hicimos en un momento de nuestra existencia, renunciando a andar a pie para movernos en coches o patines o bicis y así mejorar nuestra velocidad de desplazamiento, ¿por qué no hacerlo ahora para mejorar nuestras competencias cognitivas?


Neil Harbison es la primera persona al mundo,  reconocida por el gobierno inglés como  Cyborg: sufría de una enfermedad que le impedía apreciar los colores. Lejos de considerar ésta como una minusvalía, aprovechó para impulsar una mejora de sus competencias y eficiencia, permitiéndose implantar una antena en la cabeza, directamente conectada con su cerebro. A través de ella no solo puede percibir colores, sino recibir imágenes, videos, música, o llamadas telefónicas desde aparatos externos, directamente a su cerebro, sin necesitar de otras interfaces comunes como auriculares, gafas, o micrófonos.  Su reconocimiento como Cyborg no fue algo sencillo: tuvo que emprender una lucha administrativa para que le permitieran aparecer con la antena en la foto del carnet de identidad o pasar por los escáneres de aeropuertos sin tener que quitársela, ya que considera ese implante como un miembro más de su cuerpo.


Algo que parece una excentricidad de un artista, no deja de ser ocasión de reflexión para el resto de humano: si hasta el momento hemos aceptado el uso de gafas para leer mejor, o la operación de láser para mejorar la vista, ¿por qué no llevar estos implantes directamente en el cuerpo? ¿Si hemos asumido como normal que una mujer pueda implantarse unas prótesis mamarias o labiales para mejorar su aspecto y resultar más atractiva para (antropológicamente hablando) ganar la competencia biológica que permite garantizar la continuidad de la especie, ¿por qué no asumir la implantación de sistemas que nos ayuden a ser más inteligentes y así perpetuar nuestros genes?


Desde la absorción del conocimiento a través de la educación y la mejora de las habilidades manuales e intelectuales, hasta el uso de ordenadores, automóviles y algoritmos, pasando por las gafas, los marcapasos, los neuro-fármacos y ansiolíticos que bloquean o activan ciertos neurotransmisores para hacernos tomar decisiones concretas, las prótesis dentales, las operaciones  de cirugAnclaía estética o los microchips en el cerebro, quizá podamos concluir que los humanos mejorados siempre han existido y que lo único que ha cambiado es la evolución tecnológica de las herramientas e implantes usados, así como la modalidad de hacer uso de ellos.    

             

@robcrobu

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