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La Universidad del PP

Jueves, 26 de abril de 2018 | José Antonio Antequera

Saber es poder, decía Comte. Lo mismo debió pensar Gallardón cuando montó la Universidad Rey Juan Carlos, ese tinglado para supuestas elites (también listillos y futuros licenciados del hampa) donde se regalaban las titulaciones por la face. Solo que tras el escándalo Cifuentes el tinglado ha quedado al descubierto y ahora se entiende mucho mejor por qué quienes nos gobernaban eran como eran. Se entiende el pobre nivel político, moral y hasta humano de aquellos que tras pasar por las aulas de la URJC y otras similares nos han estado dirigiendo durante tantos años. Se entiende que muchos de esos personajes que forman la supuesta 'crème de la crème' política del país no sepan hilar un discurso con dos frases seguidas sin darle una patada al diccionario y sobre todo se entienden esos pensamientos filosóficos sublimes como perlas caribeñas que a veces destila nuestro conspicuo presidente, Mariano Rajoy, como aquella sentencia gloriosa que quedará para los restos: “un plato es un plato y un vaso es un vaso”. Ahora que se han descubierto los chanchullos perpetrados en la Rey Juan Carlos, los enchufes trifásicos, la compraventa de títulos, el rastrillo de los másteres, las conspiraciones de catedráticos, las prevaricaciones de funcionarios y las falsedades de documentos, podemos entender al fin por qué estamos en manos de quien estamos, de gente iletrada y sin escrúpulos, de personajes indignos que no tienen ni puta idea de nada porque les dieron el título solo con presentar el carné del partido en la ventanilla.


A lo largo de estos lustros de Gobierno mariano, los más tristes y decadentes en cuarenta años de democracia, en no pocas ocasiones el ciudadano de a pie se ha preguntado atónito y asombrado: ¿pero cómo puede ser que quienes nos dirigen sean tan idiotas y zafios, tan cortos de entendederas, tan torpes, zoquetes y lerdos? El escándalo del máster de Cifuentes nos ha dado la respuesta. La causa, el origen del mal, estaba en esa universidad del PP que no enseñaba nada bueno y de la que han mamado nuestros futuros gobernantes en sus años mozos. Los Bárcenas, Rato, Granados, González y otros sospechosos habituales de la crónica negra española absorbían lo peor de la condición humana en esos campus para ricos inmorales, en esos másteres de la mentira donde no se enseñaba ni el bello idealismo de Platón, ni el humanismo generoso de Erasmo, ni el profundo existencialismo de Jean-Paul Sartre –todas esas primordiales lecciones que cualquier persona debería aprender para no convertirse en un bellaco depravado–, sino cosas mucho menos nobles e importantes. Por lo visto allí, en la universidad pepera, coto privado of course, lo que aprendían las juventudes del Lacoste, o sea las mal llamadas elites económicas y sociales, era todo lo malo y abyecto del mundo, el álgebra del dinero sucio, la ley del más trepa, la física del enchufado y la química orgánica que prolifera entre el arribista y el poder. Sí, después de tantas legislaturas llenas de mentiras, después de tantos escándalos, lo hemos comprendido al fin. La corrupción se enseñaba universitariamente, académicamente, en horario lectivo de ocho a dos, entre la asignatura de amaños y la de sobornos impartida por el catedrático que antes había sido gobernador civil o tesorero del partido o director general de algo. Allí, en el campus frívolo del PP, no se enseñaba la nueva teoría cuántica de cuerdas, ni los nuevos avances en Medicina o ingeniería genética, sino que se enseñaba cómo montárselo uno a tope, cómo llegar a las Cortes Generales sin pegar ni chapa y la arquitectura de la puerta giratoria hacia el Íbex 35. Todas esas nuevas generaciones de mentes preclaras y deslumbrantes, todas esas hornadas de eminentes políticos que han dirigido los destinos de España, lo más granado, la hostia y la rehostia de la política y el pensamiento en tiempos de la postverdad, han salido de estas universidades privatizadas por el poder donde en realidad se aleccionaba sobre la nueva teoría sociológica del pillaje, los principios estratégicos del pelotazo y el paraíso fiscal, el manual rápido de autoayuda en cien palabras sobre cómo medrar, colocarse bien, robar lo que se pueda y llegar a la cima del éxito lo antes posible y por el camino más corto. O sea, la carrera superior con atajos para el caradura titulado, el pícaro sobresaliente y el tramposo cum laude. Lo del verdadero talento, el sacrifico, la honradez y el esfuerzo abnegado en el trabajo quedaban para la ruinosa universidad pública siempre infestada de losers y proletas.

 

Lo de Cristina Cifuentes ha sido bochornoso, esperpéntico, pero ahora al menos sabemos cuál era la causa de tanta corrupción y mediocridad: las fatales enseñanzas de la Rey Juan Carlos, las clases de Código Penal urgente para futuros inquilinos de Soto del Real, el paridero de impostores, zoquetes y necios donde ya no enseñaban a Aristóteles o a Descartes, ni siquiera las cuatro reglas de toda la vida, sino cómo llevárselo entero.
Ahora que ya sabemos que la asignatura principal de la URJC era cómo triunfar a cualquier precio y a toda costa, incluso pisando cabezas o falsificando expedientes oficiales, podemos entender las últimas grandes tesis doctorales y tratados que nos han ido dejando los prebostes del PP sobre fisiología humana (El matrimonio homosexual: unión entre una manzana y una pera, de la eminente profesora Ana Botella); sobre macroeconomía (El finiquito diferido y otros contratos ilegales más o menos tolerados, de la afamada doctora Loli Cospedal); y sobre inglés de Oxford avanzado (It’s very difficult todo esto, a cargo del mundialmente conocido traductor de spanglish don Mariano Rajoy Brey). Hoy, sin ir más lejos, Jiménez Losantos, otro de la elite, nos ha dejado una nueva clase magistral con el sello genuino de la URJC al asegurar que el juez alemán de Schlewig-Holstein no concede la entrega de Puigdemont porque ve a los españoles como “gitanillos sin despiojar de una raza inferior”. ¿Habrá estudiado este también en la Soborna española?

 

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