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Ojos como charcos

Jueves, 21 de junio de 2018 | Hipólito Martínez

Un curso político llega a su fin; un año más, crecemos como nunca y seguimos como siempre. El buen observador, que mire e indague a nuestro alrededor en busca de comprender lo que desde tiempo inmemorial acontece reiterativamente en estas tierras, necesita -además de paciencia franciscana- de unos ojos capaces de reflejarlo todo y hasta de llorarlo. Larra sostenía que el periodismo en España era llorar; quizá no sea una exageración decirlo todavía. Al menos en estos páramos sedientos.


Para hacer balance de este curso, que hemos vivido con pasión, se precisa el instrumental adecuado; un eximio poeta esgrimía 'espadas como labios' (no estarían de más como arma informativa), pero nos vendrían mejor unos ojos como espejos, o como charcos… Aun asumiendo el riesgo de que se nos pueda romper la mirada en mil añicos ante tan redundantes desilusiones, o que nos podamos ahogar en nuestro propio llanto, tales ojos (ávidos por saber) nos deberían ayudar a desentrañar el laberinto regional.


Con semejante avidez, ha no mucho tiempo, contemplamos gozosamente el Debate sobre el Estado de la Región; y tras la gran cumbre anual, en la que con delicuescentes palabras y sentidos discursos se escruta la entidad regional a través del color del prisma de cada formación, volvemos a la cruda realidad de todos los días, en la que persistentemente brillan las mismas eternas cuestiones. Tras el debate de los debates, se suceden otras 365 fechas en las que nos seguiremos planteando los mismos asuntos de casi siempre. Y algunos de ellos parecían que al fin, después de décadas, iban a llegar a buen puerto. Desde este micrófono de papel, hacemos votos para que no se extravíen por inescrutables rutas.


Como proclamaba el presidente de Croem, en el acto del 40 aniversario de la patronal regional, resulta evidente, de una evidencia contumaz, que “esta Región ha sido castigada durante años con incumplimientos reiterados”, y ahora que se columbra una luz al final del tortuoso laberinto de nuestra fortuna, con el cambio de Gobierno pueden surgir dudas. No debería ser así, máxime contando con un secretario de Estado de Infraestructuras murciano, el socialista Pedro Saura, que defiende que “el objetivo es que nada se pare y poner a la Región en el siglo XXI”.


En cualquier caso, al igual que Albarracín, tampoco quiero pensar que nadie sea capaz en este momento, después de tantos años de espera, de retrasar el vuelo del AVE; sería esperpéntico obstaculizar la arribada de tan necesario transporte de viajeros y de riqueza. Al mismo tiempo, habría que insistir en la modernización de la obsoletísima red de Cercanías, en la que sufren más que viajan tres millones y medio de personas al año. Cuando quiera es tarde; sería absurdo perpetuarse en el siglo XIX.


Como sería absurdo retrasar la apertura del aeropuerto de Corvera, prevista para inicios de 2019, la licitación de los Arcos Norte y Noroeste de Murcia y del tercer carril de la autovía A-7,  la variante de Camarillas y el Corredor Mediterráneo, infraestructuras para las que hay que exigir que se respeten las inversiones y plazos previstos. Desde este humilde micrófono, pido al altísimo que se cumplan los compromisos adquiridos y que se ejecuten los Presupuestos Generales del Estado. Lo contrario sería un dislate.


Así también sería un dislate -y de proporciones desmesuradas- perder la gran oportunidad que nos brinda el macropuerto del Gorguel. Habría que impulsar de una vez por todas el proyecto del Gorguel, del que tanto se dice y tan poco se hace. Ahora que todavía estamos en los orígenes, sería preciso aquilatar al máximo su impacto medioambiental; asegurando de esta suerte los enormes pros económicos que comporta, y subsanando los hipotéticos contras de orden ecológico que pudieran observarse. Por cierto, ¿cuántos años llevamos hablando del Gorguel y de sus trompeteros camachuelos?


Casi tantos como los que hemos consumido elucubrando sobre la infrafinanciación que soporta esta Comunidad, que nos ha abocado a acumular casi 9 mil millones de deuda. Quería creer que se afrontaría con urgencia la modificación del sistema de financiación autonómica; y que, del acuerdo de todos, surgiría un modelo justo que no nos llevara a perder más 260 millones de euros al año, con respecto a la media de este país que tanto amo. Sin embargo, Pedro Sánchez ha tardado muy poco en quitarme tan vana ilusión; asegura que no hay tiempo material en lo que queda de legislatura.


Sin embargo, ningún Sánchez puede desesperarme; en mi absoluta ingenuidad, sigo esperando que, en el próximo curso político, se alivien nuestras históricas penas de una tierra que tiene sed. Y con la candidez que me caracteriza, me empecino en creer que los partidos de todos los colores y sabores acordarán y suscribirán el Pacto Nacional del Agua lo antes posible, tras la buena nueva de la firma del Pacto Regional. En consecuencia, en el curso del 2018/19, deberíamos intentar aprobar definitivamente la fatídica asignatura pendiente del maná líquido.


Empero si todo lo anterior es de vital trascendencia, lo es más todavía la recuperación de la joya de la Región: nuestro pequeño gran mar, que padece estoicamente su enfermedad, sigue preguntándose por qué. Y la respuesta a ese su grito silencioso nos debe conducir a trabajar sin descanso para revertir completamente la triste situación del Mar Menor, sin criminalizar a nadie -más que los culpables nos interesan las soluciones-, aunque sin desviar la atención ni un milímetro de ninguno de los sectores implicados. Como dijo en Frecuencia Murcia Económica Alberto Garre, éste es “nuestro Prestige”; y añado yo que también puede ser nuestro 'desprestige', nuestro desprestigio más colosal, si no se afronta con la determinación que exige la magnitud de una catástrofe en ciernes.


Finalmente, en este balance apresurado, tampoco quiero olvidarme del otro desastre medioambiental que, para nuestro sonrojo, aún sufrimos: Portmán, nuestro Portmán, debería convertirse ya en historia de un ayer abominable, que nos tiene que recordar perennemente lo que nunca debió haber sucedido. Regenerar aquella bahía significa regenerar un pasado del que nadie puede sentirse ajeno.


En suma, después de tantas frustraciones históricas, debería preguntarme si nuestro destino es sólo cuestión de fatalidad. Si así fuera, parafraseando a Benedetti, 'cómo querría otra suerte para esta tierra reseca, que lleva todas las artes y los oficios en cada uno de sus terrones'… Cómo querría que un sonoro caudal viniera a redimirla. O, a falta de otro consuelo, que la lluvia al fin sea generosa y nos deje 'ojos como charcos'.

 

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