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Los experimentos, con gaseosa

Jueves, 28 de junio de 2018 | Jesús Galindo

"Si el Estado quiere gastar más, solo lo puede hacer pidiendo prestado de tus ahorros o cobrándote más impuestos. No es bueno pensar que algún día vendrá otro a pagar. Ese otro eres tú. No existe tal cosa como el dinero público. Solo existe el dinero de los contribuyentes". Esta cita de quien fue Primera Ministra del Reino Unido (Margaret Thatcher) se debería imponer como libro de cabecera obligatorio de todos aquellos que aspiren a desempeñar un cargo oficial y que tengan responsabilidades que les impliquen algún tipo de uso de los presupuestos públicos.


[Img #56239]No han pasado ni quince días de la toma de posesión del nuevo Gobierno y ya tenemos los primeros anuncios de las nuevas políticas con las que nos vamos a ir desayunando hasta que culmine la presente legislatura. Lógico, por otra parte, si no fuera porque, en algunos casos, la música nos suena bastante a aquella que nos tocaban en la etapa previa a la gran crisis que hemos padecido. Un reforzamiento de las políticas sociales, la eliminación del copago de las medicinas para los pensionistas, tratar de suprimir la brecha salarial (por causa del sexo), una mejora cualitativa de las pensiones, recuperar la sanidad universal… etc. etc., son algunas de las reformas que el nuevo inquilino de La Moncloa se propone llevar a cabo, de la forma más rápida posible, con el objeto de coger un poco de aliento que le sirva para impulsar la imagen de su partido, de cara a la campaña que ya se ha iniciado.


Y ¿quién va a estar en contra de estas medidas? Por supuesto que nadie. Tan sólo cabe preguntarse ¿Cómo lo vamos a pagar? ¿nos encontramos, de nuevo, en el umbral de una nueva etapa marcada por la creciente subida del gasto público? ¿acaso no hemos aprendido de nuestros errores, del pasado reciente?


El Gobierno se ha apresurado a lanzar algunos globos sonda anunciando el incremento de los ingresos a través de una serie de nuevos impuestos o gravámenes, pero asegurando (para no asustarnos mucho) que no repercutirán en los ciudadanos. Aducen, en el PSOE, que van a poner un impuesto a la Banca; y esta se apresura a decir que lo repercutirá en sus clientes (como no iba a ser de otra manera). Otro de los gravámenes se lo van a endosar a las grandes multinacionales tecnológicas (Google, Facebook...), y como guinda proponen un “cambio de reglas en el Impuesto de Sociedades”. Como si no supiéramos que, al final, todos estos “cambios” los acabaremos pagando todos los usuarios.


Por esta razón ya nadie nos fiamos de los cantos de sirena, y estamos con los pelos erizados como escarchas, solo de pensar que nos vamos a ver enrolados en un tobogán alrededor de un círculo infernal compuesto por las siguientes constantes: mayor gasto público = mayor recaudación = mayores impuestos = mayor empobrecimiento. Esta ecuación, en otra época, hubiera sustituido la “recaudación” por un “mayor déficit”, pero eso ahora es imposible, dado que Bruselas nos vigila y estamos más controlados que un pensionista por parte de Hacienda.


Otra propuesta es la de suprimir los peajes de las autopistas, conforme caduquen las correspondientes concesiones. Esta medida, que algunos aplaudirán (no me cabe duda), es otro más de los síntomas que avalan que el periodo de gobernanza de Pedro Sánchez va a estar marcado por acciones muy meditadas y mediáticas, y, por supuesto, a sufragar con la chequera. La broma de las autopistas, por ejemplo, se calcula le podría costar al Estado entre seiscientos y mil millones de euros anuales. Y a todo esto sin contar la sangría que va a suponer contentar a determinadas Comunidades Autónomas (afines a la causa), tras el anuncio de que no va a haber reforma de la Ley de Financiación Autonómica. Lo que se tendrá que traducir en una inyección de fondos de resistencia, que permitan a estas CCAA mantener ciertos servicios que, hasta ahora, han resultado deficitarios. Y esto no ha hecho más que empezar.


Este tipo de experimentos se podrían considerar si se cogiese el toro por los cuernos y se abordase, de una vez por todas, una profunda reforma de la Administración en general y, sobre todo, de los innumerables privilegios de los que nuestra clase política disfruta, y que ya he denunciado aquí en más de una ocasión. Pensiones, algunas de ellas vitalicias, para una buena parte de nuestra clase política. Más de 450.000 políticos en activo (cuando en Alemania hay menos de 200.000). Privilegios y prebendas otorgados a infinidad de cargos públicos, en toda clase de servicios, así como en las cuantías de determinados estipendios, dietas y otro tipo de mamandurrias, de las que nuestra clase política podría dar buena cuenta. Sin olvidarnos que en España hay más coches oficiales que en Estados Unidos. Y así, la lista podría ser interminable. Si calculáramos el ahorro que el Estado podría generar, de producirse este milagro, algunos fliparíamos en colores y hasta, es posible, que nos avergonzáramos de vivir en una sociedad donde, una buena parte de sus políticos, piensan más en sus intereses particulares que en los de la colectividad.


Además, en España, el porcentaje de funcionarios públicos en relación con el total de la población trabajadora es del 15,7%, mientras que en Alemania es, tan solo, del 10,6%. Cifras estas que afectan, de manera negativa, a una mayor competitividad en relación con el nivel productivo de nuestro país y a los posibles ingresos que una mayor dinamización de la economía, podría producir en nuestra sociedad.


Recientemente Sánchez, en una entrevista concedida a Cinco Días, manifestaba su opinión: "no podemos tener un sistema fiscal de tercera para un Estado de Bienestar de primera… queremos un sistema fiscal con una presión cercana al 42%”. Ahora está alrededor del 38%. Esto se traduciría en un refuerzo significativo de la recaudación, equivalente a cuatro puntos del PIB, es decir, más de 40.000 millones de euros.


A mi entender, se cometería un grave error. En una economía de libre mercado (como es la nuestra), y en un periodo de expansión, es mejor bajar los impuestos para recaudar más. Aunque parezca un contrasentido, esta fórmula permite que se fomente la producción, y como resultado directo, la inversión y el empleo. Lo que generaría una mayor recaudación. Pero esto me parece a mí que no es en lo que están pensando.

 

Hoy firmamos una página nueva de la Historia de la democracia de nuestro país y empezamos a escribir sus primeros párrafos”, ha dicho Pedro Sánchez durante el pleno del Congreso, en el que ha sido flamantemente investido.

 

Esperemos que no se quede en una página en blanco. España necesita un impulso, y –como decía Eugenio D'Ors- “los experimentos con gaseosa”.

 

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