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El infinito

Miércoles, 29 de agosto de 2018 | Miguel Galindo

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Cuando era pequeño y me tropezaba por algún casual con la palabra “infinito”, solía atragantárseme. Me resultaba incómoda, ya que no podía abarcar su significado. Así que la soslayaba y la metía en el saco de lo por tratar, en el macuto del ya veremos. Y ahí quedaba, hasta que, sin saber por qué ni para qué, en la quietud de cualquier duermevela, se salía de la mochila y se ponía a flotar en mi mente de aquí para allá, en mitad del todo y en medio de la nada… Y yo, que era un ‘jodío’ crío, me imaginaba que el infinito era como si yo mismo explotara – como un ‘ciquitraque’, que decía mi abuela, aunque nunca supe lo que era eso – y mis partículas más infinitesimales, despreciables y minúsculas, saliesen disparadas, cada una por su lado, por caminos opuestos y distintos, hacia la inmensidad del universo…

 

O, al contrario, empezase a concentrarme, en mí mismo y desde mí mismo, a empequeñecerme sobre mí mismo, a disminuirme en mí mismo, hasta también desaparecer. O sea, me imaginaba el infinito en las dos direcciones, aparentemente contrarias, de mi propia dimensión. Hacia fuera, o hacia dentro. En una explosión, o en una implosión. Desapareciendo desde mí mismo, o desapareciendo en mí mismo. Pero, de una u otra forma, desapareciendo. Siempre desapareciendo… Curioso, ¿no? Me resultaba imposible pensar en la infinitud conmigo allí, de cuerpo presente, ocupando un lugar en el tiempo o en el espacio, u ocupando un tiempo dentro de ese mismo espacio… Si yo no soy infinito, pensaba, ¿cómo puedo entender, abarcar, comprender, ni aun de pensamiento, ese infinito? Imposible. Y, entonces, como una consecuencia mental, aparecía la nada, el vacío… ¡Ya está!, me decía a mí mismo, el infinito es la nada, el infinito es el vacío, el caos… El infinito es disolverse en el absoluto (la nada). Problema resuelto.

 

Sin embargo, y después de todo, ¿existe la nada como tal? ¿Y lo absoluto?.Abro los ojos y me veo rodeado de cosas, de vida, de naturaleza, de existencia en su múltiple diversidad, que, eso sí, aparece y desaparece como en un torbellino, pero allí está, pujante y sintiente, pulsante y viviente. Eso no puede ser la nada… aunque venga de la nada y luego se disuelva otra vez en la nada… aparentemente, al menos. Y si dicen que no hay nada absoluto, salvo quizá Dios, o lo que sea esa idea, entonces, una de dos, compadre mío de mi alma, o el infinito no existe, o el infinito es lo que existe cambiante, y entonces, el infinito somos todos nosotros. Y si el infinito es la nada, nosotros formamos parte de esa nada… Pero la nada existe, me dicen muchos, la muerte es la nada, no hay nada tras la muerte, y hasta se agitan y aspaventan… Vale, bueno, de acuerdo… Pero si lo que entendemos por vida también viene de esa nada, si esta existencia también nace de ese vacío, está racionalmente claro que es una muerte muy viva, una nada muy activa, un vacío muy lleno, un infinito muy movidito…

 

No obstante, tanto la filosofía búdica como la física quántica, afirman que todo eso que vemos y en que nos movemos, no existe en realidad, que es una ilusión creada por nuestros sentidos, un espejismo creado por nosotros mismos, por nuestra mente, de la nada… ¡Leches con la nada!.Casi debería llamarse el Todo, y entonces, sí que tendría una explicación más lógica, y se entendería mejor. Entonces lo infinito sería el todo, y el todo aparece y desaparece en el todo… ¿Mejor así? Los antiguos griegos tenían un símbolo gráfico para representar el infinito. Era un ocho tendido, acostado, un ocho gandul, como un bucle… De hecho, es eso mismo, un bucle, una retroalimentación, en definitiva. Como dos ceros (dos nadas) unidos por su centro como en un cordón umbilical que conecta dos flujos del uno al otro, y del otro al uno. Y ese mismo símbolo sigue utilizándose en la actualidad, miles de años después, para definir gráficamente el infinito: el ocho tumbado. Los que meditan – yo soy un auténtico negado para eso – aseguran que hacerlo concentrándose en tal símbolo es comprender la naturaleza del infinito. Eso dicen…

 

Pero sea como fuera, ese recuerdo de esas cuitas que de zagal asaltaban mis vigilias, lo he querido compartir con todos vosotros porque puede ser algo importante a lo que no damos la menor importancia, que es lo que en realidad suele pasar. Y como todo lo compartido es también vivido, pues eso, que puede que algún día a algún alguien que me siga o me lea le sirva de algo… Y es que, con estas cosas y estos temas me ocurren casos curiosos. Me encuentro amigos inteligentes, cultos, instruidos, formados y maduros, que suelen decirme que menudas pájaras agarro con estos temas, y qué ganas de calentarme y calentarles la cabeza, e igual me topo con algunos más sencillos, simples y elementales que cubos, que me sueltan su agrado y atracción hacia ellos, aunque no los entiendan del todo… Curioso, ¿verdad? ¿Tendrá algo que ver aquello del Evangelio de benditos los simples y humildes que solo ellos comprenden el Reino de Dios? ¡¡Qué cosas!!

 

Escribe Miguel Galindo Sánchez (Twitter) / El Mirador /  www.escriburgo.com  / viernes 10,30 h.en http://www.radiotorrepacheco.es/radioonline.php

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