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Y el mundo rota

Miércoles, 3 de octubre de 2018 | Miguel Galindo

Un excelente amigo mío, A.C., de esa rara clase de personas cuya alma es una especie de puerta sin marcos ni batientes, que está siempre abierta para todo el mundo que lo necesite, de esos extraños seres cuyo espíritu es incapaz de cualquier mezquindad y egoísmo, que es como un refugio donde anida la generosidad… no un buen hombre, sino un hombre bueno, me facilita una copia de su alocución a la asociación que hoy preside, para que

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se la repase, y comente, y le dé mi opinión al respecto. Si he de ser sincero –y con él estoy obligado a serlo– al ser yo más escaldado, escamado y desconfiado que él, dudo mucho que pueda estar a la altura de sus expectativas a la hora de cumplir la encomienda. Y como me dijo que lo podía compartir con cuantos quisiera (su humanidad es sinónimo de eso, de servir y compartir) lo hago a través del presente artículo, en el que asumo la responsabilidad, difícil responsabilidad, al dedicárselo a él y a sus principios.


Y habla en su discurso de alegría, generosidad, solidaridad, tolerancia y empatía. Y de que el ser humano debe adoptar esos valores y desterrar la envidia, el odio, el egoísmo, la calumnia y la venganza. Y que su organización ha de encarnar tales cualidades, a la postre… Y es que su deseo de perfección lo lleva a idealizar toda sociedad civil cuyos principios estén basados en la equidad, a pesar de que sabe (debe saberlo) que ninguna obra humana está exenta  del oportunismo, el deseo de trepar y de las ansias de poder… Y que ese mundo que rota tiene bastante más de ambición que de idealismo.


Por eso que muchos opinarán de su discurso, que sí, que está hecho de palabras bonitas, de frases edulcoradas y sacado de los mundos de yupi… pero yo no. Yo sé que es un discurso hecho de aspiraciones personales y a su medida, a su imagen y semejanza. “Hay que salir de sí mismo. Darte cuenta de que lo que está fuera de ti es más importante que tú, de que no existe nada de más importancia que otro ser humano. Que nunca se debe instrumentalizar a esa persona para otro fin que no sea ayudarla”. Son palabras vertidas en esa intervención. Y eso no es un discurso vacío. Por el contrario, está tan lleno de contenido que hace añicos el espejo en que nos miramos cada día de nuestra existencia. Por eso tendemos a ignorarlas, a infravalorarlas, a sacarlas de nuestras vidas, y a pensar que sí, que bueno, que vale, pero como que no…


Y ensalza los valores que el cristianismo trajo a Europa, criticando que los hayamos subvertido en uno 'light', “donde si no pagas la hipoteca al banco, tu familia y tus hijos duermen en la calle contigo, y si el banco no paga la suya a la gran banca, sus deudas también las pagarás tú y tu familia”. Y añade que es “como si una cultura fuera fagocitada por otra cultura distinta, que ha perdido sus valores”… Y la vergüenza, y la dignidad, añado yo. Pero es que, a diferencia de él, pues yo soy bastante más borde, lo que pienso es que esos valores cristianos a los que alude fueron trastocados y suplantados en su día por valores católicos. Y ya no es lo mismo, por el simple hecho que no son los mismos. La propia institución acumula poder e influencias, y enormes riquezas, posesiones inmensas e inmatriculaciones que se multiplican en sí y por sí mismas, a la vez y al mismo tiempo que conserva secuestrado y predica el ideal cristiano de sacrificarlo todo por los más pobres, necesitados y perseguidos. Pura hipocresía. Las hipotecas dogmáticas de la Iglesia es el modelo copiado por los bancos para imponer las suyas.

 

“Todos estamos implicados en recuperar esos valores, especialmente las familias”. No puedo estar más de acuerdo, amigo mío. “A ayudar al que sepa, o tenga, menos que yo. A no pasar del que tenga dificultades…”. Y cuenta que esos principios los aprendió de su familia, y que él ha intentado transmitir a los suyos. Si, cierto, ¿pero qué tipo de familias transmiten hoy qué tipo de principios a sus hijos?.. Tu segunda casa fue tu escuela, dices, como tu primera escuela fue tu casa. Naturalmente. Pero hoy escuela y casa, casa y escuela, andan divorciados. Cada uno por su lado y cada cual sirviéndose a sí misma, y sin servir a ningún otro interés de nadie...

 

¿Y sabes quién es ese “nadie”, querido amigo?.. Ese nadie eres tú, ese que pasa por tu lado, soy yo mismo, y el que me pide ayuda, y son los otros. Ese nadie somos todos. Sí… citas a Kant, vale, y al juez Calatayud, cuando dice que “lo que no te enseñen tus padres hoy no lo arreglará el Código Penal mañana”, y son verdades como templos y luces tan claras que ciegan. “La verdad os hará libres”… se dijo, pero yo también te digo a ti que la verdad te hará esclavo de tus propias convicciones. Y eso es tan duro, amargo y difícil de llevar que preferimos hacernos amigos de la mentira… Pero el mundo rota, y seguirá rotando…

 

Tú, Antonio, en el fondo lo sabes. Y porque a pesar de todo prefieres ser siendo como eres, yo me considero el más humilde y rendido amigo tuyo, aunque no alcance un cuartillo de ti. Espero que también lo sepas…

 

@migasanch

www.escriburgo.com / viernes 10,30 h. http://www.radiotorrepacheco.es/radioonline.php

 

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