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Más de lo mismo

Jueves, 11 de octubre de 2018 | Jesús Galindo

Han pasado casi dos meses desde que me tomé unas vacaciones como 'escribidor' y, para hacer boca, me he dado el gustazo de bucear en la hemeroteca, donde he podido rememorar los titulares de portada de algunos medios de comunicación. Les aseguro que me ha dado la sensación de que fue ayer mismo, sobre todo, al comprobar con un cierto aburrimiento, lo poco que ha cambiado el panorama social y político en nuestro país.


[Img #58544]El PP y Ciudadanos, cabreados por que no terminan de asumir la moción de censura que le está permitiendo a Pedro Sánchez pagar, por el momento, el alquiler de La Moncloa. Mientras, el PSOE y Podemos viven una ficticia luna de miel, a la espera de que este último encuentre el momento idóneo para soltarle un zarpazo a su querido socio y arrebatarle unos cuantos votos que necesita para conseguir el sorpasso al que nunca renunció.


En Murcia, los de la plataforma pro-soterramiento, con sus fiestas reivindicativas, pero –ahora- menos cabreados, porque el nuevo Delegado del Gobierno les ha dado un poco de cariño al cambiar el “muro” por una “pantalla acústica” y dilatar la llegada del AVE hasta el 2020, asegurándonos, eso sí, al menos dos años con un ferrocarril que no lo tienen ni en Botswana. A cambio, tendremos celebraciones y jolgorios en las vías, en lugar de las manifestaciones “pacíficas” a las que ya nos habíamos acostumbrado, y que le daban un cierto color al barrio.


El lío de los Presupuestos Generales para 2019, tiene enzarzados a todos los partidos políticos en un tira y afloja más propio de la junta de vecinos de una Comunidad (con perdón hacia estas). Donde cada uno tira para sí y antepone los intereses particulares a lo que debería ser un bien común general. Y, mientras tanto, todos están engrasando sus maquinarias electorales, a la vista de la marabunta de elecciones que se nos avecinan: municipales, autonómicas, europeas, y quien sabe si generales también.


Pero si algo sigue igual, y no me refiero a la famosa canción de Julio Iglesias, eso es el procés catalán. Un proceso que está causando una profunda quiebra en el seno de las familias, entre los compañeros de trabajo, así como entre los amigos, vecinos y ciudadanos en general, en la práctica totalidad de la sociedad civil catalana.


El parlament paralizado; los CDR tomando las calles con la aquiescencia de la autoridad competente; la campaña de desprestigio contra el Jefe del Estado, que parece la han amasado con un exceso de levadura; y los illuminati del Gobierno de la Generalitat, vinculados al independentismo, pendientes de las ocurrencias de un pirómano afincado en una ciudad belga, denominada Waterloo, cuya estrategia la planifica y dicta al más puro estilo de Napoleón, sin acordarse de que este perdió esa última gran batalla.


Pero si algo es verdaderamente preocupante, es la fractura social a la que aludía anteriormente. Según un reciente sondeo publicado, aunque la presión ejercida por el independentismo ha disminuido de forma paulatina desde el 1-0, no obstante, la sociedad sigue estando dividida, casi por la mitad. Y esa división –que no se ha modificado sustancialmente- es la que está produciendo el mayor daño, por más que algunos no lo quieran reconocer todavía. Aunque ahora se aplique algún tipo de solución, tardarán décadas en volver a la normalidad anterior. Es más, yo diría que quizá nunca se consiga restablecer la convivencia, así como el pragmatismo del que siempre han podido hacer gala y a los que, en el resto de España, se les conocía por el sobrenombre de seny catalán.


A todo esto, el Gobierno de España parece como que no oye el ruido de fondo que hay en todo este embrollo, y se empeña en difundir, a través de sus voceros, la voluntad de diálogo y su predisposición a negociar. Dos grandes mantras que se han aprendido y que el responsable de comunicación de Moncloa se encarga, diariamente, de recordarles cuando se están tomando el desayuno, aunque el resto de los mortales nos preguntemos: dialogar y negociar ¿sobre qué? ¿Acaso no está suficientemente clara la carta-ultimátum que Joaquín Torra ha remitido recientemente al presidente Sánchez?


Esto, más que un dialogo, parece como si fueran dos monólogos, o lo que es lo mismo, un diálogo de besugos. Que no es que sea algo consustancial a los peces, sino que consiste en mantener una conversación en la que, o las personas que participan en ella no se escuchan la una a la otra o que, directamente, se mantiene una conversación inútil y sin sentido.


El Gobierno confía en que, a través de las mesas de negociación que ha abierto con la Generalitat, se van a colmar las aspiraciones de los secesionistas. Sin embargo, lo que en realidad está sucediendo es que el Gobierno de Madrid está haciendo nuevas concesiones y, sobre todo, está incrementando los fondos a transferir a la Generalitat. Y –lo más importante-  ha decretado la anulación del control de gasto que se había establecido, lo que va a propiciar la utilización de todos estos recursos en acciones propias tendentes al fomento del separatismo y a financiar la costosa maquinaria que supone mantener abierta la llama del independentismo.


Recientemente hablaba con un amigo residente en Barcelona y me manifestaba su desolación (que es la misma que sufre más de la mita de la población en Cataluña), y enfatizaba su malestar al constatar (lo decía él) que el Gobierno central les había dejado desamparados. Sienten que no tienen el apoyo de una Administración que debería velar por el cumplimiento de las leyes, y flipan en colores cuando perciben que lo que se está haciendo, precisamente, es todo lo contrario: justificando y amparando a los alborotadores y a los que se quieren cargar el sistema, en favor de una pretendida reducción de la inflamación social. Hay quien piensa que se podría hacer lo mismo, pero sin olvidarse de los verdaderos protagonistas, de los millones de ciudadanos que no están por el secesionismo y, sobre todo, de aquellos que todavía tienen el valor de salir a las calles y plantar cara a los cafres que intentan romper la convivencia un día sí y otro también.


Todos estos ciudadanos catalanes conforman una mayoría silenciosa que, aunque el pasado año sacaron a la calle a más de un millón de catalanes en la manifestación celebrada el 8 de octubre, no dejan de estar desasistidos y olvidados por parte de aquellos que tienen el deber y la obligación de ‘garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes, conforme a un orden social justo’, como así consta en nuestra Carta Magna.


Es curioso, me decía este amigo, “que solamente hayamos tenido el apoyo del Rey” (se refería a la alocución de Felipe VI de octubre del pasado año), y al que -por cierto- tampoco ofrecen amparo alguno ante la descarada campaña de desprestigio a la que está siendo sometido. Y mientras tanto el Sr. Sánchez ejerciendo de “Don Tancredo”, cuando yo creía que este título lo tenía en exclusiva Mariano Rajoy.


En suma, más de lo mismo.


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