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Camachuelos y trompeteros

Viernes, 9 de noviembre de 2018 | Hipólito Martínez

Haberlos haylos; sobrevuelan unos con una algarabía inusitada, mientras otros muchos  hacen oír sus horrísonas bocinas con persistente constancia de acá para acullá. Hay que reconocerlo, entre nosotros, especímenes, tanto de lo uno como de lo otro, abundan en nuestros sinfónicos alrededores. ¿Quién no ha visto por estos cálidos lares algún camachuelo haciendo de las suyas, prometiendo lo que no puede ni pretende cumplir? ¿Quién no ha escuchado las estruendosas cornetas de sus fieles trompeteros, que siempre se sitúan detrás de los palmeros de turno? ¡Qué hubiera sido de nosotros sin ellos? Da pavor, sólo el pensarlo; sin sus bombos y platillos, nuestra existencia carecería de interés; nuestro sentido trágico de la vida no tendría valor, ni siquiera música.


[Img #59243]En la Región, a lo largo de décadas, hemos tenido el privilegio de presenciar los juegos malabares de sutiles prestidigitadores (y no tan sutiles), que nos embargaban con sus estentóreas cantinelas, en busca del disputado voto del ciudadano murciano. Este proceso nos ha llevado, en los últimos 23 años, a un predominio de un partido que ha llegado a creerse imbatible, estuviera quien estuviese al frente, fuera elegido digital o analógicamente, tuviera un futuro prometedor o más pasado que presente. Irreductibles en cualquier caso, con gaseosa para todos.  

Mas estos efervescentes seres no eran tan raras avis; no olvidemos que antes (ay, los antes que nos preceden) otros gozaron del placer del poder y sus días de gloria. También ellos con tambores y trompetas se creyeron invencibles; y además se sintieron dueños del secreto de una invencibilidad tan supina  que, sin darse cuenta, les conducía al innombrable vicio de devorarse a sí mismos. De tal manera, debatiéndose entre afanes cainitas, han vegetado en el postrer cuarto de siglo, en busca de un destino y un tiempo lastimosamente perdido.  


Y perder el tiempo, tan caro y querido para todos, parece ser una constante en nuestra historia reciente, un destino fatal que nos arrastra irremediablemente. No quiero sacar a relucir datos estadísticos que una vez más nos sonrojarían, tentación que tengo a menudo cuando empuño este micrófono apagado. En esta ocasión, me limitaré a exponer un botón de muestra, diseñado magistralmente por el ave mítica del paraíso; en efecto, bajo la astuta supervisión del ávido camachuelo trompetero surgió el proyecto de los proyectos: El Gorguel.


Han transcurrido tres lustros, tres, desde su feliz alumbramiento, y seguimos compuestos y sin macropuerto. Más de veinte estudios económicos, ambientales y de mercado, e innumerables trámites y premiosas gestiones no han fructificado en nada. Al menos en nada sólido; tanto es así que la terminal para contenedores de mercancías en El Gorguel parece hoy tan lejana como entonces. Paradójicamente deberíamos haber recibido los primeros barcos ya en 2015, fecha programada por el progenitor de la dársena, el inefable presidente de la Autoridad Portuaria, Adrián Ángel Viudes. Y no sólo no han venido barcos sino que en  2020  tampoco se pondrá la primera piedra, pese a proclamarlo con énfasis su sustituto, Antonio Sevilla.


Ahora, en vista de que las promesas son traicioneras, especialmente dañinas militarmente dispuestas en las hemerotecas, el nuevo presidente del Puerto, Joaquín Segado, se cura en salud y aplaza 'sine die' tan memorable acto; además se impone como fecha límite el año 2020 para que, de una vez por todas, terminen los interminables informes técnicos.  Más de un ingenuo (entre los que felizmente me hallo) se sigue preguntando cuándo la Unión Europea tendrá al fin la dicha de decidir a cerca de un proyecto, que todavía no deja de ser una entelequia.


En la Autoridad Portuaria, se asegura que no han dejado de trabajar ni un solo día, que es una prioridad absoluta. No obstante, en estos cuatro años y medio de ausencia de Viudes, da la sensación de que no se ha avanzado apenas. Máxime si se tiene en cuenta que, según el expresidente (como leímos recientemente en una entrevista publicada en La Verdad), “los estudios más importantes ya estaban hechos”, y que el informe del Instituto de Estudios Económicos “decía que el proyecto era totalmente viable. Sólo nos faltaba el permiso de Bruselas”. El galimatías llega a límites valleinclanescos; únicamente los espejos del Callejón del Gato serían capaces de reflejar lo que queda de este puerto en realidad.


El propio Viudes, en la citada entrevista, se expresa con una rotundidad meridiana: “Adrián, no te canses. No hay Gorguel. No se hará. Tenemos noticias de que ha sido una de las condiciones que Esteban González Pons le ha puesto a Ramón Luis para ser eurodiputado. Y le han dicho que se tiene que olvidar del Gorguel si quiere ir a Bruselas, porque de lo contrario, al puerto de Valencia lo hacemos bicarbonato”. Era una persona muy cercana a Viudes quien le hacía esta delicadísima confidencia. Y, por si al buen entendedor le faltara alguna palabra más, el antiguo presidente portuario sentencia que “El Gorguel está muerto (…) Que no nos cuenten milongas”.


Sorprendentemente, durante estos años, se han seguido elaborando enrevesados y costosos informes. E incluso a finales de agosto, el Ejecutivo regional volvía a anunciar que se pediría al Gobierno de España la declaración de “interés público”, una gestión que languidecía solitaria y cubierta de polvo en el ángulo más oscuro de un insondable cajón, desde hacía un quinquenio.

 

Proyecto estratégico
Se pretende así conseguir un pronunciamiento sobre la consideración del Gorguel como proyecto estratégico para el país, desde el punto de vista socioeconómico; un planteamiento que no es nada nuevo bajo el murciano sol. Porque el Gobierno de Valcárcel ya había aprobado la declaración de El Gorguel como proyecto de interés regional en 2013, y había manifestado su intención de reclamar al de España su calificación de interés público nacional.


Sin embargo, parece que ese paso no se ha dado con la contundencia debida hasta este último verano. Y lo que haya de suceder, de ahora en adelante, constituye todo un enigma dentro de un laberinto, preñado de minotauros y otras especies en peligro de extinción. A ciencia cierta, del destino del Gorguel, al socrático modo, sólo se sabe que no se sabe nada.


En consecuencia, los 3.000 puestos de trabajo directo que se crearían con su construcción están más en el aire que nunca; tan en el aire como esos otros 30 mil inducidos, que no han de inducirse. Simultáneamente los 4 millones de contenedores, que podrían llegar a moverse al año en el macropuerto, siguen parados. Tan parados como esos más de 116 mil epatados murcianos (104.374, según el SEPE), que continúan deslumbrados por megaproyectos que no acaban de concretarse sino en trompeteras declaraciones, que los camachuelos se llevan alegremente entre sus plumas.

 

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