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Opinión |
Jueves, 26 de Diciembre de 2019

El irlandés

Tras la humillación que supuso para el cine la aparición de las multisalas del tamaño de una salita de estar, y de las salitas de estar del tamaño de multisalas, la modernidad me ha obligado a ver la que será una de mis películas favoritas de la Historia en un vulgar teléfono, dispositivo donde me prestaron esa famosa plataforma de pago, Netflix. La extraordinaria 'El irlandés' de Martin Scorsese ha sido estrenada vergonzosamente a escondidas y por escasos días en unos pocos cines de las grandes capitales de España, para que la gente pasase por caja contratando un canal de pago que no necesita. El mundo a veces creo que no va a mejor. Se empieza poniendo tú mismo la gasolina en las estaciones de servicio, por ahorrarse el pagarle a operarios, y se acaban estrenando grandes acontecimientos del séptimo arte en teléfonos. Pero 'El irlandés' (dura tres horas que se nos hacen tan cortas como el mismísimo transcurrir de toda una vida, un suspiro), es tan buena que aguantaría incluso que la viéramos sin verla, que la viéramos codificada, como aquellas viejas pelis 'porno' del 'canal plus'.

 

A la gente se le ha hecho algo lenta y, sin embargo, a esa misma gente le ha parecido que se acaba demasiado pronto. ¿No es exactamente así la vida? Parece que no se acaba nunca y siempre nos parece que termina prematuramente. Es el mejor elogio que se puede hacer de 'El Irlandés': que capta el ritmo secreto del tiempo mientras los actores envejecen ante nuestra vista gracias a los efectos especiales por ordenador. La vida -la del asesino a sueldo que interpreta el gigante Robert de Niro o la nuestra-, siempre se acaba en el momento que nos parece que no es, con un fundido en negro que nos deja eternamente con cara de tontos. La vida, y las pocas grandes películas que la recogen fielmente, se acaban siempre a deshora.

 

El título original del libro era tan maravilloso y tan poco cinematográfico que el director Martin Scorsese no pudo ponerlo, pero no se resistió a escribirlo en una carretera, al principio de la película: 'He oído que pintas casas' ('I hear you paint houses'). Así es como la mafia se refería a salpicar las paredes con sangre de alguien, tras cumplir con algún trabajito. 'El irlandés' es una doble reflexión, paralela, sobre el desconcertantemente escaso significado de la vida. Por un lado, la propia existencia individual del asesino a sueldo interpretado por De Niro. Al final, hizo lo que hizo porque las cosas se presentaron así, como se podrían haber presentado de otro modo. No es un sádico que encuentre placer. Es un trabajador eficiente. Y por otro lado, las vidas de las víctimas del matón. Sus muertes sólo son parte de "lo que hay que hacer". Incluso la profunda y sincera amistad se sacrifica sin lágrimas al "lo que hay que hacer".

 

¿Mala conciencia en quien ha debido acabar con íntimos amigos por trabajo? 'El irlandés' va mucho más allá en desnudez y sinceridad sobre la condición humana que, por ejemplo, 'El Padrino'. En 'El Padrino' hay una escena, magnífica por otra parte, donde el personaje interpretado por un aún contenido Al Pacino (en 'El Irlandés' su desbocada interpretación me parece lo menos sublime de la película) se confiesa con el que luego accedería a la Silla de Pedro como Juan Pablo I. Le remuerde la conciencia o, de no existir la conciencia, el recuerdo. En 'El irlandés' no hay nada de ese romanticismo. Ni el de la maldad ni el de la bondad. El mafioso Robert de Niro, viendo llegar sus últimos días, se confiesa de sus crímenes ante un desconcertado cura católico. "¿Se arrepiente sinceramente?". "No. Es agua pasada". Hacía un trabajo, sin maldad, porque el corazón lo dejaba aparte. Cumplía con su deber con probidad. Si había que darle vueltas a un asunto, se las daba antes, nunca después. Por lealtad a quienes creyeron en él. Sin excesos y sin sensiblerías. Pintando impecablemente casas.

 

En un mundo bien hecho, esto tendría que cargar con más 'oscars' que 'Ben Hur'.    

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