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Opinión |
Jueves, 26 de Marzo de 2020

Qué echaría de menos de la vida

 

Hay un escena en la película "Manhattan", del segundo Woody Allen (el mejor junto con el cuarto), donde éste está tumbado en un sofá, haciendo auto-psicoterapia en voz alta con las cosas por las que merece la pena vivir. Eran los tiempos en los que el joven actor y director especulaba obsesivamente sobre el muerte, desestimándola ("lo malo de morir es que luego no podría encontrar el interruptor de la luz") y en que dividía la existencia "entre lo horrible y lo miserable", con lo que "debemos dar gracias por ser sólo miserables". Es curioso: el atemorizado por la muerte Allen de su juventud, que hizo de esto una verdadera leyenda obsesiva, está mucho menos atemorizado hoy, en su cercanía, a los ochenta y tantos años. Los viejos, aunque no crean en nada, como es el caso, temen menos a la muerte por una sóla razón (y no está relacionado con verle ningún lado bueno): han perdido la energía incluso para temer.

 

Me pregunto estos días qué cosas concretas echaría de menos de la vida si el coronavirus o sus aún más terribles efectos socioeconómicos me alcanzaran, finalmente, de forma fatal. Sabemos cuáles son esas cosas que echaríamos de menos. Pero no nos acordamos de ellas cuando las tenemos que nombrar, igual que San Agustín decía en sus "Confesiones" que, si nadie le preguntaba sobre el tiempo, él sabía lo que era, pero "si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé". Es inútil hacer cualquier ejercicio de memoria sistemática. Sé todas las cosas que echaría de menos, pero, como San Agustín, no acierto a decir cuáles. Sólo puedo nombrar alguna, de manera arbitraria.

 

Si ya no fuese a verla nunca más, echaría de menos la belleza del mundo. Ya la echo de menos atrozmente, bajo el confinamiento, y aún no me he convencido de ese pensamiento de que ha sido la última vez que la he contemplado. Ése es el sentido del epitafio que eligió para su lápida, robándoselo a Villiers d'Isle Adam, el escritor siciliano Leonardo Sciascia: "Nos acordaremos de este planeta". Me acordaría del sonido del pájaro picapinos en un viejo bosque oscuro y muriente, bajo una neblina mañanera. Me acordaría del olor que tenían las pelotas de tenis de mi infancia, un preciso aroma que luego desapareció sin dejar rastro. Me acordaría de la voz de Elvis, como Woody Allen grababa como una de las cosas por las que merecía la pena su vida volver a escuchar "Potato head blues" de Louis Armstrong.

 

Echaría de menos, si es que tras desaparecer se puede echar algo de menos, ese gusto azul intenso del hielo de la era de los dinosurios que quedó atrapado en los icebergs. A aquellos viejos con peinado tirante a la brillantina de violetas que contaban historias verídicas de cuando eran mozos. Las guerras de hormigas, auténticas luchas de gladiadores a escala diminuta, cuando les quitabas las antenas y, ciegas, se enfrentaban dos cabezonas de cabeza roja, repletas de ácido fórmico, y sólo terminaba cuando una cortaba  la cabeza a la otra.  Echaría de menos todo lo que no podría echar de menos por no acordarme de nada, si existe un Dios misericordioso.

 

Porque el verdadero Infierno sería conservar de alguna forma la memoria feliz de haber pasado por la Tierra (lo feliz incluye tanto lo alegre como lo desdichado, porque lo feliz es simplemente haberlo podido vivir, en el planeta de belleza más sobrecogedora del Universo). El Infierno sería conservar la conciencia de haber sido un ser que sintió. El Cielo, por contra, sería convertirse en un átomo libre sin recuerdo, entrando a formar parte, envuelto en amorosa luz blanca, del "alma del mundo" colectiva, indefinida. Eso es tan parecido a no tener ningún tipo de vida eterna... Y sin embargo sé, de una manera que no puedo explicar, que no me iría de la Tierra sin tener presente a cada momento, después, cómo una vez escuché respirar a una montaña, cómo en otra ocasión una ola me habló por mi nombre o el sabor de las anchoas de La Escala...

 

Sí, nos acordaremos de este planeta. Nos estamos acordando.

 

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