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Opinión | Consejero Editorial de MurciaEconomía
Viernes, 10 de Abril de 2020
Francisco Martínez Ruiz

El vestíbulo

 

En las muy contadas y excepcionales ocasiones en que salimos a la calle a gestiones de abastecimiento, residuos, u otras inaplazables, volvemos a entrar a nuestros edificios -normalmente, digo yo- por el vestíbulo.

 

Aquel espacio transicional entre tu casa y la calle, antes de ésto, ha devenido en lugar donde intercambiar impresiones con vecinos. Todas aquellas que antes no se intercambiaban, sobre ningún bloque temático. La gente tiene ganas de hablar, o de que le oigan, que muchas veces es difícil distinguir el propósito, claramente.

 

A lo largo de la cuarentena he observado una evolución en lo que pudiéramos denominar el Estado de la opinión pública del público que pasa por el vestíbulo.

 

Inicialmente, la gente estaba como sorprendida. Medidas así no se habían visto nunca. Estaban sorprendidos incluso aquellos vecinos a los que no he visto sorprenderse nunca por nada. Resignación, todo pasará pronto; primeros rumores de los siempre bien informados a través de un pariente que ha hablado con uno que trabaja cerca de...X. No dan la versión confirmada del todo, lo que hace que quede confirmada en ese mismo acto por todo el vestíbulo.

 

Progresivamente la gente se va incomodando y le toca el turno al Gobierno. Como lo que se lleva es no dar demasiada leña, sino sólo un poco, pues la vecina del  nº X, letra B dice: "yo no digo ná', pero este gobierno ha hecho las cosas mal y tarde; ahora hay que estar apoyando y ya vendrá el tiempo de ajustar cuentas".

 

La gente también saca viejos resquemores históricos de la comunidad de propietarios, al hilo de estos encuentros en el lobby. Que si hemos estado toda la vida sin hablarnos y ahora parece que estamos haciendo un cursillo acelerado de empatía (se refería a mí, estoy seguro, que saludé el otro día a un vecino subiendo la basura), y que lo que hay que hacer es ser más normales cuando esto vuelva a la normalidad. Ahí me quedo yo un poco escéptico acerca de las posibilidades de ciertos comuneros para completar el programa de retorno por lo que a ellos respecta...

 

Una señora muy amable, del piso nº Z , letra C, y que lleva un perro que creo ha perdido completamente la cabeza, me ha preguntado unas catorce veces por cómo estamos, en general, y yo le he respondido, esas mismas catorce, que bien, limitando progresivamente, en cada una de las veces, el grado de detalle de la información, hasta llegar al " ya sabe usted ", que resuelve el evento con rapidez.

 

Hay vecinos también que, no entiendo por qué, quedan en el garaje, cual si de las catacumbas se tratase. Y debo decir que la idea me gusta. Tiene un aire clandestino que me atrae. Aquí las conversaciones son ya más para iniciados, mejorando lo anterior. Se abordan temas de economía prospectiva, sentimiento nacional y, ya de modo claro, se pone a parir al Presidente Sánchez. El garaje es más concreto, en este sentido.

 

Lo que no me atrae demasiado es el área zaguán, cuando se produce la intersección en la escalera subiendo y bajando de piso. Primero, la profilaxis de la distancia social; después, que aquí lo que se oye son siempre suspiros y madres mías o ya , directamente, el ¡Ay Señor! murciano, que se te clava en el píloro. En el zaguán siempre hay caras de resignación ascendiendo o caras sin fuste, bajando. No me va nada.

 

Ya ven, no descubro nada diciendo que esto del confinamiento es  incómodo y pesado,  pero... ¿quieren que les diga una cosa?

 

Estoy deseando bajar esta tarde al garaje.

 

¡Para subir luego al vestíbulo!

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