Política y Responsabilidad
En la Granja, mucho antes de que Orwell nos describiera la gran rebelión que en ella se produjo, incluso mucho antes de que el hombre se hubiera adjudicado el derecho a explotar a los animales que allí vivían, nacieron dos cachorros de una hermosa perra canela (roja, la llamaban): Fliper y Nicol.
Por aquel entonces, sufrían los animales el gobierno despótico del “Gran Lobo”, sus afiliados dientes eran su gran argumento.
Los cachorros jamás entendieron por qué se les obligaba a aullar, cuando realmente lo que les gustaba era ladrar. Les parecía triste el gran silencio de la granja, porque los cerdos, los caballos, las gallinas eran incapaces de aullar y no les estaba permitido emitir otro sonido –era patético ver como algunos lo intentaban para poder medrar-.
Se rebelaron contra aquel estruendoso silencio y por ello fueron varias veces castigados. A Nicol le gustaba convivir con los animales productores, les explicaba a los caballos, a las gallinas, al buey, que era inicuo que su esfuerzo y su dolor fueran tan injustamente repartidos. Que la gran gallina-aulladora o el zorro-espía no tenían más derecho que ellos al trigo o a los huevos que tanto esfuerzo les costaban.
Fliper trataba de convencer a los conejos, los cerdos y a otros animales que la comida que les daban era un engaño, que al final eran ellos los que terminaban en el plato.
Parecía que la luz y el sonido plural nunca llegarían, sin embargo, aquellos cachorros de la perra canela siguieron luchando, su gran enemigo era el miedo de los animales porque, el miedo, es la razón de la prepotencia.
Un día, sin embargo, el gran lobo murió. Después de las fastuosas exequias, sin saber por qué, quizá por la tensión, a un pato se le escapó un graznido, todos le miraron, el cerdo gruñó, el gato maulló asustado de su propio valor... los dos cachorros ladraron con fuerza mientras un arcoiris de sonidos se extendía por toda la granja. La democracia había llegado. En las elecciones que siguieron Fliper fue elegido con abrumadora mayoría como conductor de un proyecto de alegría. Había mucho que hacer, la granja había estado maniatada en el silencio durante mucho tiempo, demasiado tiempo. Nicol siguió mientras defendiendo a los animales productores. Entendía el esfuerzo que estaba haciendo su hermano, pero no compartía los límites de la gran palabra: “pragmatismo”. Hijos ambos de “Canela” –la roja- sus objetivos no eran los mismos. Fueron muchas las ocasiones en las que Nicol criticó con dureza y luchó por modificar aquellos límites. Fliper no entendía cómo podía discutirse la “gran palabra”. En muchas ocasiones negó lo que Nicol entendía como derechos irrenunciables de los animales trabajadores.
Al cabo de un tiempo, los animales prefirieron elegir otro animal para que les guiara. Resultó ser un hijo de aquel lobo que durante mucho tiempo había gobernado a dentelladas. Nicol siguió trabajando en defensa del buey, del caballo, de la vaca... Discutió y llegó a acuerdos con el lobezno que les beneficiaban. Sabía perfectamente quien era este, que en su interior luchaba y en no pocas ocasiones vencía la sangre del “gran lobo”; que era factible que un día terminara por prevalecer la razón de su afiliada dentadura. Pero su papel era trabajar para que así no fuera, negociado y firmado en beneficio de los animales productores. Siendo también generoso con aquella parte del lobezno que entendía la granja con todos sus sonidos.
Su hermano Fliper, una parte de él al menos, era incapaz de comprenderlo, desconocía o pretendía desconocer el papel del otro. Prefería a veces lamerse las heridas –muchas, es cierto, causadas injustamente- y criticar lo que hacían otros en lugar de luchar por su proyecto de granja que, Nicol sabía, era más justo y solidario.






















