RECORDEMOS NUESTRO FUTURO
Nuestro futuro está en el pasado. Sólo podremos encontrarlo ahí. En nuestro olvido. En todas aquellas disciplinas y conocimientos que fuimos dejándonos por el camino en la persecución insaciable de un porvenir cuya forma concreta desconocemos, pero anhelamos alcanzar porque nos prometieron que llegaría con neones, purpurina y confeti.
Tal es el afán de siquiera acariciar ese futuro hipotético que hemos hecho del progreso constante nuestro credo incuestionable. No bien ha aparecido la última revolución tecnológica, ya están los gurús del avance innegociable conjeturando acerca de cuál debería ser el siguiente paso. En ocasiones, ni siquiera esperan a que la dichosa revolución haya tomado forma, sino que incluso se especula con la evolución que debería seguir lo que de momento es tan solo una idea de cuatro (o tres) iluminados, no vaya a ser que la moda haya caducado antes incluso de existir. ¡Es imperativo adelantarse al adelanto!
Y no me entiendan mal, que desde esta columna no se pretende criticar indiscriminadamente cualquier avance del saber humano. Ni mucho menos. Es precisamente debido a estos avances que hoy estamos todos aquí y, además, podemos comunicarnos de forma asincrónica mediante este medio, yo escribiendo y ustedes leyendo cuando quieran, donde quieran y todas las veces que quieran.
La evolución es una cuestión de pura supervivencia. Pero esto no implica que se deba acoger con alborozo cualquier adelanto técnico y se abracen las innovaciones tecnológicas como la luz que iluminará una luctuosa existencia para abandonar las tinieblas de la caverna en la que el ser humano se encuentra. Ni mucho menos, otra vez.
De hecho, no fue ningún avance tecnológico el que nos sacó de la caverna. Fuimos nosotros mismos. Fueron Platón, Sócrates y Aristóteles, por supuesto, pero también Zenón, Epicuro y Séneca. Fueron Agustín de Hipona, Tomás Moro y Erasmo; la curiosidad de Da Vinci, el ahínco de Copérnico y la claridad de ideas de Newton. Todos ellos, y muchísimos más, impulsaron el avance del ser humano mediante la acción directa o motivando indirectamente a la acción, una acción que es siempre consecuencia de un previo e imprescindible: la contemplación.
Pero no la contemplación de plantarse delante de Netflix con un refresco de dos litros y un kilo de palomitas, que no es contemplación, sino desconexión (neuronal). Hablamos aquí de utilizar nuestra capacidad de razonar para avanzar. Se trata de la contemplación que nace de la voluntad de saber y no del deseo de figurar. La contemplación que nos ayuda a crecer, a madurar.
Decía Cicerón que desconocer qué es lo que ha ocurrido antes de nuestro nacimiento es ser siempre un niño. Y tal vez ese sea uno de los males endémicos demuestra época: la inmadurez crónica, quizá derivada de la obsesión enfermiza por nuestra imagen en comparación inagotable con la falsedad vacua y vergonzante que colma las redes sociales. Hablo en general, no se trata de demonizar las redes sociales porque sí, pero ustedes me entienden.
Aunque no debemos desfallecer ante el aciago panorama dibujado por nuestra puerilidad endémica, porque viene Umberto Eco al rescate. En un bellísimo artículo escrito para el diario La Nación en 1991 defiende que los libros son nuestros viejos, es decir, nuestra memoria. Hacen las veces de los ancianos de la tribu compartiendo alrededor de la hoguera las enseñanzas de décadas de ensayo y error y vuelta a ensayar y vuelta a errar y así hasta el aprendizaje final. Los libros nos ayudan a hacer lo que siempre hemos hecho y nos ha traído con éxito hasta aquí, hasta hoy: pensar.
Aunque parece que nos hemos olvidado de pensar. Desde hace décadas se nos conduce hacia la educación basada en el aprendizaje automático de tareas mecánicas. Sólo sabemos lo que hacemos, pero no nos preguntamos el porqué, y mucho menos el para qué. Se trata del utilitarismo exacerbado que nos lleva a memorizar habilidades puramente prácticas para obtener resultados inmediatos, tangibles y medibles. Acción y resultado, nada más.
Eso lo hace cualquiera. Eso puede hacerlo hasta una máquina. Pero es precisamente en todo aquello que nos diferencia de las máquinas donde reside el futuro: en la creación, en el razonamiento, en las humanidades. En la capacidad para conectar entre nosotros. En todo aquello imposible de copiar.
Porque un robot puede colorear un lienzo, pero no puede pintar La Gioconda. O puede producir una pieza musical, pero no puede componer la Novena sinfonía. Ambas son resultado de la creación humana canalizada a través de una técnica (pictórica, musical…) que expresa las emociones producidas por determinadas experiencias vitales. Eso una máquina no lo puede copiar, igual que no puede conocer lo que ha ocurrido antes de su nacimiento.
Y es precisamente ahí donde reside nuestro futuro: en el pasado, en los cimientos de nuestra civilización recogidos en la memoria indeleble de los libros, en la creación. Esforcémonos por recordar lo que hemos olvidado y así el futuro, para tranquilidad de Paul Valery, volverá a ser a ser lo que era. Y nosotros volveremos a ser como éramos.





















