EN COMUNICACIÓN NO SOMOS CAMPEONES
La victoria de la selección española de fútbol en la Eurocopa ha sido un gran triunfo. Pero, como sucede con la mayoría de grandes gestas, ha opacado algunos puntos negros de los integrantes de la selección que hemos pasado por alto porque son campeones de Europa. Aun así, hoy quiero detenerme en uno muy concreto. Hoy quiero detenerme en el capitán de esta selección: Álvaro Morata.
El papel del capitán de la selección ha sido muy discutido por parte de la afición, que le achacaba una supuesta falta de nivel futbolístico. No opinaré sobre fútbol porque no estoy capacitado para ello. Lo que sí haré es analizar algunas intervenciones públicas de Morata durante la Eurocopa, concretamente dos.
El pasado 8 de julio, en una entrevista concedida a Eduardo J. Castelao para el diario El Mundo, el capitán de la selección decía que probablemente “deje la selección tras la Eurocopa” porque “en España no hay respeto por nada ni por nadie”. Se refería a las críticas recibidas que comentaba en el párrafo anterior. A Morata, como puede parecer lógico, le molesta la crítica constante y así lo expuso en esta entrevista.
Los futbolistas son seres humanos. Y a los seres humanos, en mayor o menor medida, nos molestan las críticas. Unos tendrán más aguante y otros menos, pero estar en el ojo del huracán de tu disciplina para todo un país debe de ser agotador. Hasta ahí, todo normal. La particularidad de estas declaraciones es que las realiza el capitán de la selección de fútbol. Y que en ellas señala el comportamiento (a su juicio, inadecuado) de parte de la afición española. De su afición. Error. Al menos desde la perspectiva de la comunicación.
Pero no pasa nada, todo el mundo puede columpiarse. La tensión de un torneo tan importante es grande, la responsabilidad de ser el capitán debe de ser enorme y si, además, ese día has dormido mal o has discutido con tu esposa o un compañero, por decir algo, puedes meter la pata. Se entiende. De hecho, hubo algunas críticas a estas declaraciones, porque algunos no entendieron que precisamente el capitán criticase a su afición, pero no fue nada grave. El problema, a mi juicio, vino más tarde.
Porque apenas seis días después, tras proclamarse campeones, Morata perdió la oportunidad de, si no enmendar su desafortunado titular de días antes, sí al menos mandar un mensaje de unidad, concordia y mesura. Durante la euforia de la celebración, le entrevistaron en la radio. En El Larguero de la Cadena SER, concretamente. Y ante el micrófono amarillo, cuando le comentan que la celebración será en Cibeles, Morata responde que, en ese caso, la celebración será “de espaldas a Cibeles”. Segundo error. En menos de una semana, además.
Estas últimas declaraciones se entienden si se leen desde la mala relación que existe entre Álvaro Morata y parte de la afición del Real Madrid. El futbolista, además de ser exjugador blanco, milita (de momento) en el Atlético de Madrid, gran rival y vecino del Real. El inconveniente (a nivel comunicativo, insisto) en este caso es la falta de coherencia del capitán de la selección. Quien días antes se quejaba de que en España “no hay respeto por nada ni por nadie” soltaba ahora una respuesta que faltaba al respeto a parte de la afición española. Porque, a no ser que Morata profese una animadversión incontrolable hacia los dioses griegos (aunque el origen de Cibeles no está en Grecia, pero ésa es otra historia), estas palabras se recibieron como un intento voluntario de despreciar a los madridistas. Y, además de desacertadas, suponen otra oportunidad perdida por Álvaro Morata. Una más.
Es cierto que, hoy en día, la famosa fuente de Cibeles, en Madrid, es lugar de celebración de los títulos madridistas. Pero también es cierto que en sus orígenes fueron los aficionados colchoneros quienes comenzaron a festejar ahí sus títulos hace más de seis décadas. Y, lo que es más importante para el asunto que nos atañe, también lo hizo la selección española. Los cuatro goles de Butragueño contra Dinamarca en el mundial de 1986 fueron la chispa que prendió el fuego de una celebración en Cibeles. La celebración de una victoria de la selección española.
Es decir, el lugar de celebración podía haberlo aprovechado el capitán de la selección de fútbol para, en lugar de lanzar un mensaje potencialmente ofensivo para parte de su afición, haber reforzado la unión entre aficionados a la selección y, de paso, ayudar a olvidar sus desafortunadas declaraciones en la entrevista para El Mundo. No hubiese sido difícil. Algo del tipo «Hace casi cuarenta años se celebró la victoria contra Dinamarca con la Cibeles como testigo y esta vez celebraremos todos juntos un logro aún más importante». Chimpún. Sencillo, elegante y sin meterse en charcos innecesarios. Lástima.
Porque el capitán de la selección española es un representante más de España. En un campo de fútbol, de acuerdo. Menos importante que el seleccionador o el Presidente de la Federación, cuyo cargo tiene un papel mucho más institucional, está claro. Y absolutamente incomparable al del presidente del Gobierno o el Jefe del Estado, faltaría más. Pero cuando lleva el brazalete de capitán de la selección representa, si no a todos los españoles, al menos sí a todos los españoles aficionados al fútbol, no solamente a quienes le animan a él personalmente.
Pero, claro, en un país donde los políticos que gobiernan parece que sólo lo hacen para quienes los votan y los que hacen oposición construyen proyectos que parecen representar sólo a quienes los votan, lo normal es que un futbolista de la selección, aunque sea el capitán, asuma que él sólo juega para quien le aplaude.





















