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Opinión |
Viernes, 26 de Octubre de 2012

La encuesta de la calle

Lo dice Murphy en una de sus atinadas leyes y lo confirma la Encuesta de Condiciones de Vida publicada por el Instituto Nacional de Estadística, que avala en su balance correspondiente a 2012 otros indicadores divulgados por Cáritas, Cruz Roja, Banco de Alimentos y demás heroicas organizaciones dedicadas a paliar las necesidades de los más desfavorecidos cuya influencia sobre los que cortan el bacalao amputando derechos o tomando decisiones que contribuyen al depauperamiento social progresivo es inversamente proporcional al influjo diferido de los crípticos mercados sobre las economías domésticas.

El principio murphiano "todo lo que sea susceptible de empeorar, empeorará" en un contexto de ajustes salariales en plan garrote vil, despidos inmisericordes y desempleo superlativo mientras suben los impuestos y empieza a desbocarse el IPC, parece una perogrullada más que una conclusión cimentada en datos empíricos. Lo extraordinario, porque atenta contra las normas de la lógica, sería lo contrario. Con las aterradoras cifras de familias enteras que viven por debajo del umbral de la pobreza, que las pasan canutas para llegar a fin de mes, que no pueden disfrutar de unas mínimas vacaciones anuales, que renuncian a encender la calefacción para restar unos céntimos a la factura energética particular, que solo ingieren proteínas si se les muere el gato, etcétera, la cartografía del panorama que tenemos ante nuestras narices no podía ser más nítida. Y lo que te rondare, morena, si el rescate que se vislumbra en lontananza provoca un nuevo movimiento de las placas tectónicas y, en consecuencia, surgen más cordilleras de penuria.
 
Sorprende, pero cada día menos, la atención reverencial que tanto los dirigentes aborígenes como los comunitarios prestan a la estricta observancia de las leoninas condiciones impuestas, a la evolución de la prima de riesgo, a los bandazos bursátiles, a las calificaciones de las tramposas agencias de evaluación y a la malograda banca patria depositaria de todo el cariño pecuniario que se le niega a los mortales de andar por casa en tanto observan con mirada gélida el sufrimiento de unos conciudadanos a los que han convertido en carne de cañón. Son los mismo que hace escasas fechas conmemoraban en la UE el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza y la Exclusión Social quienes promueven desde la comodidad de sus sabrosos emolumentos la segunda mitad de tan rimbombante título.
 
Atrincherados en la defensa de su propio limbo, inmunes ante el avance del malestar general e impunes pese a haber formado parte muchos de ellos del terremoto que originó el tsunami, presidentes, primeros ministros y altos funcionarios otean el horizonte mirando sonrientes la punta de sus zapatos. Así, no ven que los contenedores de basura son los nuevos cajeros automáticos -ocupados ahora por durmientes- de los que los mendigos extraen su sustento diario. Y pendientes de lo suyo tampoco reparan, aunque son lacerantemente evidentes, en que los pobres de pedir exhiben muñón para lograr el apoyo del transeúnte, pero también cartel bien legible en el que plasman su pasada condición profesional y su presente situación laboral para apelar a la solidaridad o a la caridad. Maisonnave, verbigracia, o la avenida de la Estación de Alicante, pongamos por caso. Debe tratarse del avance retroactivo de los Presupuestos Generales más sociales de la historia de la democracia que glosó este martes el ministro Montoro en el Congreso.

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