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La integración: una exigencia ineludible para permanecer en España

Diego Lorente Balibrea, concejal de VOX en el ayuntamiento de Cartagena.

En un mundo cada vez más globalizado, donde las fronteras entre naciones se desdibujan y los flujos de personas son constantes, se hace evidente la necesidad de que los inmigrantes se adapten e integren en la cultura y costumbres del país de destino. Esto no solo es esencial para el bienestar de quienes llegan a España; además permite una convivencia pacífica y armoniosa.

 

Este mensaje de adaptación e integración es el pilar fundamental en la argumentación de VOX, que no se opone a una inmigración legal y ordenada, que venga a España a aportar su trabajo, no a vivir de ayudas.

 

La llegada a un nuevo país suele ser un proceso difícil en el que los inmigrantes se enfrentan a retos como el idioma, las diferencias culturales y religiosas, y las distintas normas sociales. Solo una intención firme de integración permitirá salvar los obstáculos. 

 

Un extranjero que va a trabajar temporalmente a otro país debe respetar y adaptarse a las costumbres locales, como todo buen invitado, pero no tiene por qué renunciar a su identidad nacional. Pero un inmigrante que viene a un país con intención de permanecer en él durante muchos años, incluso el resto de su vida, y formar una familia, debe traer en su equipaje la firme voluntad de integración, que permitirá que sus hijos y nietos no se distingan del resto de los españoles. 

 

Es un esfuerzo obligatorio, una exigencia que debe tener en cuenta antes de iniciar su periplo. Sin ella, nunca dejará de ser un extraño para los locales, y cuando formen un grupo lo suficientemente amplio, buscarán imponer, ellos y sus descendientes, sus dinámicas sociales y su cultura. Eso es casi inevitable cuando la inmigración es masiva.

 

Bienvenidos los que entren legalmente y con esa voluntad de integración, pero solo cabe la deportación para aquellos que entran de manera ilegal, y para los que, residiendo legalmente, cometan delitos en nuestra nación. 

 

Las políticas públicas deben impulsar la integración de los inmigrantes con programas que fomenten el aprendizaje de nuestro idioma y cultura, evitar el absentismo escolar y fomentar la participación en actividades comunitarias, vitales para que se sientan incluidos en nuestra sociedad. 

 

Desgraciadamente, muy al contrario, los poderes públicos en manos de PP y PSOE les alientan en sus costumbres de origen, por ejemplo dándoles clases de lengua marroquí, adaptando los menús escolares a sus hábitos alimenticios o sufragando los gastos de sus festividades religiosas. Incluso enseñan a los niños españoles las bondades de la cultura extranjera, excluyendo en ocasiones la propia; como está ocurriendo con festividades tradicionales como el Día del Padre. Curiosamente –o no tanto– los grandes valedores del feminismo y el lobby gay, el bipartidismo y la extrema izquierda, obvian su absoluta incompatibilidad con las culturas importadas junto a la inmigración ilegal.

 

La inmigración regular e integrada aporta a la riqueza de un país en la misma medida que lo hace el resto de los ciudadanos. Pero la inmigración irregular solo enriquece a los traficantes de personas, a las millonarias ONGs y a algunos empresarios sin principios que los explotan. Y detrae recursos en forma de ayudas, sanidad y conflictos sociales en barrios degradados que devienen en guetos.

 

Lamentablemente, es la inmigración que se da desde hace muchos años en España.

 

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