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Opinión |
Miércoles, 23 de Marzo de 2011

El progreso era esto

Prospecciones petrolíferas en el Mediterráneo, no. Centrales nucleares, tampoco. O sí, si me colocan el reactor y el cementerio radiactivo resultante a una distancia mínima de un año luz, que es donde moran los integrantes del lobby atómico. Sin embargo, nos ponemos hechos unos basiliscos cuando nos reducen diez kilómetros la velocidad en las autopistas y autovías para ahorrar en la factura energética que abonamos religiosamente a Gadafi y a otros reconocidos mecenas de la humanidad.

    Los ecologistas menos viscerales abogan por racionalizar el consumo como solución al teorema, pero es el consumo, y más concretamente el consumo desmesurado, el principal engranaje que mueve una maquinaria que utiliza como combustible la creación de necesidades que son perfectamente prescindibles. Si de repente dejamos de consumir casi compulsivamente como lo hacemos, las empresas producirán menos. Y si fabrican menos bienes de consumo necesitarán reducir la plantilla de trabajadores, con lo que echarán mano de una forma igualmente generosa de los despidos para mantener los beneficios y, en última instancia, recurrirán al cierre patronal. Con lo cual suspenderán pagos, no podrán hace frente a las deudas pendientes con sus proveedores, ni estos con los suyos, y los bancos les retirarán los créditos y coleccionarán sus posesiones para tenerlas en 'standby' con el fin de seguir abonando los bonus a su ejecutivos hasta que soplen mejores vientos económicos. El personal, alarmado, opta por el ahorro familiar a intereses de risa floja, pero entonces viene el Gobierno y les dice que hay que mover la pasta, que si no se gasta no se produce y que si no se produce las empresas estarán abocadas al concurso de acreedores y al cierre y al impago a los proveedores y la banca les retirará el cariño que les profesaban cuando corrían ríos de leche y miel por las aceras limítrofes a las sucursales y...

    Gastemos, como nos recomienda Elena Salgado, que es bueno para el Producto Interior Bruto del país y para los bonus de los ejecutivos y para el lobby atómico que vive a un año luz de los reactores y sus desechos, decide el consumidor empezando a reconocer con cierta vergüenza que es el culpable de todos los males que soporta la patria. Pero a cambio de renunciar a la descendencia, que los niños ya no vienen con un pan bajo el brazo sino con un máster en Harvard amortizable en cómodos plazos.

    Llegados a este punto de no retorno le toca el turno al Instituto Nacional de la Seguridad Social, alguno de cuyos responsables, un secretario de Estado o algo así que duerme a un año luz de la central más próxima, que tiene el futuro asegurado con un plan de pensiones privado y que no gasta en gasolina porque usa vehículo oficial incluso en vacaciones, se mesa los cabellos en comparecencia pública: «Oiga -dice como si estuviera preocupado- que si aquí no pare nadie, nosotros, el Gobierno, no podemos garantizar a largo plazo el sistema de pensiones».

    Y van y se reúnen y deciden prolongar la edad de jubilación para que los nuevos esclavos se deslomen un bienio más con el loable propósito de que la caja de resistencia de la SS se mantenga a rebosar. Pero si los trabajadores casi provectos ocupan puestos laborales, los pocos niños que han venido a lomos de cigüeña sin la hogaza debajo del sobaco no podrán incorporarse a la galera cuando alcancen la edad legal de
seiscientoseuristas y no tendrán recursos económicos para pagar la hipoteca y la construcción bajará y las inmobiliarias despedirán o cerrarán y los bancos les intervendrán los bienes para poder seguir pagando los bonus a sus cargos ejecutivos, que curiosamente tienen la finca a un año luz de las centrales nucleares pese a que apuestan por la fusión del átomo como fórmula energética limpia, barata y nada peligrosa para la fauna y la flora. Sobre todo si vives a un año luz de la chimenea y estás incluido entre los 1.200 nuevos milmillonarios que recogía la última lista de un tal Forbes.

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