Más mercado y menos Estado: y el último, que apague la luz
Sé que la situación económica y política es muy complicada.
Sé que en este año 1913 va a ser muy difícil que se produzca la recuperación.
Sé que eso de que la economía española empezará a recuperarse en 2014, de momento es un cuento de hadas para mentes biempensantes.
Todo eso lo sé yo y lo saben ustedes también, que no tienen un pelo de tontos.
Son afirmaciones de Perogrullo quien, por cierto, debió ser un destacado economista.
De momento, todos sabemos que lo único cierto para este infausto año del Señor de 2013 –mal número para los supersticiosos, aunque a mí, por llevar la contraria, me gusta- es que el paro continuará creciendo hasta límites insoportables para una sociedad medianamente sana. Que si la orientación de la economía no cambia de rumbo nos esperan nuevos sacrificios, a los mismos de siempre por supuesto. Y que, por ello, la contestación social irá en progresivo aumento.
Por eso no acabo de entender que aún existan economistas como Juan Ramón Rallo que, aprovechando la presentación de un libro por él mismo escrito, vengan a predicarnos a estas alturas del partido, y con los árbitros comprados, las intrínsecas ¿bondades? del mercado. Más mercado y menos Estado, viene a decirnos como gran descubrimiento. Aunque eso ya lo venían diciendo los neoliberales de todo pelaje desde los tiempos de Regan y Tatcher o la Escuela de Chicago, y ya ven dónde hemos ido a parar con semejantes teorías.
¿Pero no ha sido la desregulación de los mercados la que nos ha llevado, entre otras causas que se haría tan prolijo como innecesario detallar aquí, a la Gran Recesión? ¿No han sido los sacrosantos mercados, sin norma alguna que los moderase, los que han hecho de su capa un sayo y están dejando en gran parte de la otrora Europa del Bienestar un reguero de miseria y desolación a sus espaldas?
Decía el señor Rallo en una entrevista en el diario La Verdad que este año 2013 aún hay que suprimir en España 500.000 funcionarios. Que hay que recortar 135.000 millones de euros. Que hay que reducir de una manera más intensa las infraestructuras y que hay que continuar disminuyendo las prestaciones sociales, entre ellas las pensiones. Y yo añado, parodiando la frase que se hizo famosa en el Uruguay del dictador Stroessner: Y al final de todo, el último que apague la luz.
En un magnífico artículo publicado recientemente decía Josep M. Vallés, catedrático emérito de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Barcelona que las sociedades europeas más fuertes son aquellas donde la integridad de responsables públicos y empresariales es mucho más sólida. “Se trata –indicaba- de sociedades caracterizadas por la existencia de un mayor interés por la política, más confianza social, menor desigualdad económica y mayor desarrollo humano, según acreditan los correspondientes rankings de los organismos internacionales competentes… Son, además, sociedades cuyos gobiernos desarrollan desde hace décadas unas políticas sociales redistributivas en términos de carga fiscal y gasto público. Su énfasis en políticas educativas, sanitarias y de protección social ha sido –como sabemos- el rasgo fundamental de un Estado Social que ha conseguido aumentar la igualdad económica entre sus ciudadanos”.
Señalaba en el susodicho artículo Josep M. Vallés cómo ya Aristóteles afirmaba “que las comunidades políticas más estables eran las formadas por ciudadanos con recursos económicos equiparables, porque les comprometía de forma más solidaria con la cosa pública. La desigualdad, en cambio, alimenta la desconfianza, el enfrentamiento y la corrupción… Pero las políticas socioeconómicas dominantes están incrementando esa desigualdad, en lugar de disminuirla”.
Y terminaba el catedrático de la UAB argumentando que si de verdad pretendemos evitar la degradación creciente de la calidad y de la integridad de nuestra política, y por ende de nuestra democracia, no basta con recetas penales o institucionales contra la corrupción. “Será necesario completarlas con políticas sociales y económicas redistributivas que aparecen como asiduas compañeras de las democracias más sólidas y más íntegras”.
Una sociedad más justa e igualitaria será una sociedad más fuerte y comprometida en objetivos comunes. Desgraciadamente, no es ahora el caso de España.
¿Seguimos entonces haciendo apostolado en pro de más mercado y menos Estado? Manda huevos, que diría el otro.
Otros artículos de Arturo Andreu
Sé que en este año 1913 va a ser muy difícil que se produzca la recuperación.
Sé que eso de que la economía española empezará a recuperarse en 2014, de momento es un cuento de hadas para mentes biempensantes.
Todo eso lo sé yo y lo saben ustedes también, que no tienen un pelo de tontos.
Son afirmaciones de Perogrullo quien, por cierto, debió ser un destacado economista.
De momento, todos sabemos que lo único cierto para este infausto año del Señor de 2013 –mal número para los supersticiosos, aunque a mí, por llevar la contraria, me gusta- es que el paro continuará creciendo hasta límites insoportables para una sociedad medianamente sana. Que si la orientación de la economía no cambia de rumbo nos esperan nuevos sacrificios, a los mismos de siempre por supuesto. Y que, por ello, la contestación social irá en progresivo aumento.
Por eso no acabo de entender que aún existan economistas como Juan Ramón Rallo que, aprovechando la presentación de un libro por él mismo escrito, vengan a predicarnos a estas alturas del partido, y con los árbitros comprados, las intrínsecas ¿bondades? del mercado. Más mercado y menos Estado, viene a decirnos como gran descubrimiento. Aunque eso ya lo venían diciendo los neoliberales de todo pelaje desde los tiempos de Regan y Tatcher o la Escuela de Chicago, y ya ven dónde hemos ido a parar con semejantes teorías.
¿Pero no ha sido la desregulación de los mercados la que nos ha llevado, entre otras causas que se haría tan prolijo como innecesario detallar aquí, a la Gran Recesión? ¿No han sido los sacrosantos mercados, sin norma alguna que los moderase, los que han hecho de su capa un sayo y están dejando en gran parte de la otrora Europa del Bienestar un reguero de miseria y desolación a sus espaldas?
Decía el señor Rallo en una entrevista en el diario La Verdad que este año 2013 aún hay que suprimir en España 500.000 funcionarios. Que hay que recortar 135.000 millones de euros. Que hay que reducir de una manera más intensa las infraestructuras y que hay que continuar disminuyendo las prestaciones sociales, entre ellas las pensiones. Y yo añado, parodiando la frase que se hizo famosa en el Uruguay del dictador Stroessner: Y al final de todo, el último que apague la luz.
En un magnífico artículo publicado recientemente decía Josep M. Vallés, catedrático emérito de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Barcelona que las sociedades europeas más fuertes son aquellas donde la integridad de responsables públicos y empresariales es mucho más sólida. “Se trata –indicaba- de sociedades caracterizadas por la existencia de un mayor interés por la política, más confianza social, menor desigualdad económica y mayor desarrollo humano, según acreditan los correspondientes rankings de los organismos internacionales competentes… Son, además, sociedades cuyos gobiernos desarrollan desde hace décadas unas políticas sociales redistributivas en términos de carga fiscal y gasto público. Su énfasis en políticas educativas, sanitarias y de protección social ha sido –como sabemos- el rasgo fundamental de un Estado Social que ha conseguido aumentar la igualdad económica entre sus ciudadanos”.
Señalaba en el susodicho artículo Josep M. Vallés cómo ya Aristóteles afirmaba “que las comunidades políticas más estables eran las formadas por ciudadanos con recursos económicos equiparables, porque les comprometía de forma más solidaria con la cosa pública. La desigualdad, en cambio, alimenta la desconfianza, el enfrentamiento y la corrupción… Pero las políticas socioeconómicas dominantes están incrementando esa desigualdad, en lugar de disminuirla”.
Y terminaba el catedrático de la UAB argumentando que si de verdad pretendemos evitar la degradación creciente de la calidad y de la integridad de nuestra política, y por ende de nuestra democracia, no basta con recetas penales o institucionales contra la corrupción. “Será necesario completarlas con políticas sociales y económicas redistributivas que aparecen como asiduas compañeras de las democracias más sólidas y más íntegras”.
Una sociedad más justa e igualitaria será una sociedad más fuerte y comprometida en objetivos comunes. Desgraciadamente, no es ahora el caso de España.
¿Seguimos entonces haciendo apostolado en pro de más mercado y menos Estado? Manda huevos, que diría el otro.
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