Elecciones
Dado el roñoso abanico que los gobiernos nacionales, supranacionales y autonómicos nos están dejando para que decidamos lo que hacemos con nuestras vidas y haciendas, el margen de posibilidades se va estrechando hasta adquirir un carácter practicamente residual. Puestos a elegir entre lo malo y lo peor, uno prefiere, por ejemplo, a la Fátima Báñez que invoca a la Virgen del Rocío en un acto semireligioso para que nos saque de la catástrofe en vez de esa otra ministra de Empleo que obviando todos los indicadores corregidos al alza por el Banco de España se despacha en un salmo laico de alabanzas a la reforma laboral. Ya puestos, es preferible un Manolo el del Bombo animando boina en ristre a la Roja que un Mariano Rajoy con la tonsura rodeada de tinte dando botecitos de alegría en el palco presidencial por un gol metido con el culo por un jugador culé mientras la mayor parte de la afición, que paga al líder de la hinchada y a su séquito el desahogo y hasta la bufanda, arrastra por el pasto su penuria de utillero.
Al presidente del Gobierno más enmendado o autoenmendado y más trolero de la historia de la pantomima siempre le quedará la ilusión de París. Sin embargo, a la mano de obra barata que somos los ciudadanos contribuyentes gracias a la Troika, a la Merkel, a la Kospe y a la Yenka -el Ku Klux Klan, vamos- lo único que nos queda es el oscuro presagio derivado del avistamiento de una isla varada cual Moby Dick entre imponentes escollos, insalvables incluso para el capitán Acab. O sea que, como Malta para Alperi, Chipre era un paraíso, pero fiscal en este caso, en medio de un continente estrellado cuyos argonautas, al parecer, se habían quedado traspuestos al timón. "Por allí resopla", dijeron atolondradamente como si se tratara de un aviso a navegantes cuando despertaron del sueño reparador y vieron que el cetáceo se tambaleaba víctima de un coma etílico tras la ingestión masiva de vodka ruso: el mismo brebaje espirituoso que tan tenazmente quieren para otros caladeros mediterráneos nuestras generalmente bien informadas cofradías turísticas.
¿Qué opción tomamos? ¿La de un profesor que además de intentar que a sus alumnos les entre en la mollera el logaritmo neperiano de orden N les explica que eso de machacar la enseñanza pública en plena crisis a base de recortes es más feo que introducirse el dedo en la nariz en plena clase, o la del joven adoctrinado desde niño en las nuevas generaciones del PP que acusa a todos los docentes de abducir a su tierna parroquia con soflamas revolucionarias y pide que los delaten? Parece claro que, menos la segunda, cualquiera. ¿Con quién nos quedamos? ¿Con el infiltrado en el río revuelto y con el caradura que aprovecha la coyuntura de la movilización contra los desahucios para torear a su casero o con la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, que criminaliza a todos los afectados acusándoles de filoetarras? ¿Y entre un parado que cobra prestación y que completa sus magros ingresos en la economía sumergida y un ministro Montoro que lanza furibundas diatribas contra la legión de desempleados por vagos y, si le tiran de la lengua, por maleantes, mientras defiende una amnistía-coladero para delincuentes de postín que llevan los puños de la camisa tan blancos como el dinero lavado y centrifugado en Suiza?
Mejor, sin duda, las galletas Príncipe de Bekelaer que la ensaimada regada con horchata del Duque de Palma. Mejor, por supuesto, la maleta plagada de eres fantasmagóricos de la jueza Alaya que la sonrisa de nicotina del exdirector general de Trabajo de la Junta de Andalucía. Mucho más hilarante, dónde va usted a parar, una seria declaración de Esteban González Pons que un chiste de Chiquito de la Calzada. E infinitamente más dramática -aunque complemantaria- la silueta de un mendigo en una calle de Alicante que la imagen de un ejecutivo bancario o de un político en activo o en grado de tentativa aireando sus vergüenzas en los juzgados.
La oferta que se nos plantea cada mañana fluctúa entre la incompetencia, el latrocinio y la mala fe, por un lado, y las desasosegantes sospechas de que la tomadura de pelo a la que estamos siendo sometidos es directamente proporcional a las dimensiones de la catástrofe en curso, por el otro. Tápese la nariz, busque, compare, y si encuentra una opción mejor, seguro que es un espejismo.
Otros artículos de Jesús Alonso
Al presidente del Gobierno más enmendado o autoenmendado y más trolero de la historia de la pantomima siempre le quedará la ilusión de París. Sin embargo, a la mano de obra barata que somos los ciudadanos contribuyentes gracias a la Troika, a la Merkel, a la Kospe y a la Yenka -el Ku Klux Klan, vamos- lo único que nos queda es el oscuro presagio derivado del avistamiento de una isla varada cual Moby Dick entre imponentes escollos, insalvables incluso para el capitán Acab. O sea que, como Malta para Alperi, Chipre era un paraíso, pero fiscal en este caso, en medio de un continente estrellado cuyos argonautas, al parecer, se habían quedado traspuestos al timón. "Por allí resopla", dijeron atolondradamente como si se tratara de un aviso a navegantes cuando despertaron del sueño reparador y vieron que el cetáceo se tambaleaba víctima de un coma etílico tras la ingestión masiva de vodka ruso: el mismo brebaje espirituoso que tan tenazmente quieren para otros caladeros mediterráneos nuestras generalmente bien informadas cofradías turísticas.
¿Qué opción tomamos? ¿La de un profesor que además de intentar que a sus alumnos les entre en la mollera el logaritmo neperiano de orden N les explica que eso de machacar la enseñanza pública en plena crisis a base de recortes es más feo que introducirse el dedo en la nariz en plena clase, o la del joven adoctrinado desde niño en las nuevas generaciones del PP que acusa a todos los docentes de abducir a su tierna parroquia con soflamas revolucionarias y pide que los delaten? Parece claro que, menos la segunda, cualquiera. ¿Con quién nos quedamos? ¿Con el infiltrado en el río revuelto y con el caradura que aprovecha la coyuntura de la movilización contra los desahucios para torear a su casero o con la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, que criminaliza a todos los afectados acusándoles de filoetarras? ¿Y entre un parado que cobra prestación y que completa sus magros ingresos en la economía sumergida y un ministro Montoro que lanza furibundas diatribas contra la legión de desempleados por vagos y, si le tiran de la lengua, por maleantes, mientras defiende una amnistía-coladero para delincuentes de postín que llevan los puños de la camisa tan blancos como el dinero lavado y centrifugado en Suiza?
Mejor, sin duda, las galletas Príncipe de Bekelaer que la ensaimada regada con horchata del Duque de Palma. Mejor, por supuesto, la maleta plagada de eres fantasmagóricos de la jueza Alaya que la sonrisa de nicotina del exdirector general de Trabajo de la Junta de Andalucía. Mucho más hilarante, dónde va usted a parar, una seria declaración de Esteban González Pons que un chiste de Chiquito de la Calzada. E infinitamente más dramática -aunque complemantaria- la silueta de un mendigo en una calle de Alicante que la imagen de un ejecutivo bancario o de un político en activo o en grado de tentativa aireando sus vergüenzas en los juzgados.
La oferta que se nos plantea cada mañana fluctúa entre la incompetencia, el latrocinio y la mala fe, por un lado, y las desasosegantes sospechas de que la tomadura de pelo a la que estamos siendo sometidos es directamente proporcional a las dimensiones de la catástrofe en curso, por el otro. Tápese la nariz, busque, compare, y si encuentra una opción mejor, seguro que es un espejismo.
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