El Colacho de la transparencia... O condenados por desconfiados
No sé si ustedes conocen una remota localidad burgalesa que se llama Castrillo y se apellida de Murcia. Sí, de Murcia, Castrillo de Murcia, aunque castellana sea. En este pequeño y monumental pueblo se conmemora el Corpus con una ceremonia pagana que a más de uno le pone los pelos de punta o la carne de gallina, depende del color con que se mire. Siguiendo una tradición que se pierde en los siglos, los vecinos otorgan el título de COLACHO a uno de los suyos, que se convierte en un ser mirífico, entre endemoniado y purificador, que debe ahuyentar a los malos espíritus. Así, de Corpus en Corpus, un individuo enmascarado (el colacho) salta reiteradamente por encima de los bebés nacidos en el último año, mientras sus madres se encomiendan a la providencia. Se intenta de esta guisa preservar al pueblo de todo mal. "¡Colacho otro salto!” -le solicitan las madres de Castrillo de Murcia-, y él se empeña en cumplir con su esotérico deber... una y otra vez, envuelto en un halo de histeria y misterio.
Lástima que los aciagos espíritus no sean tan fáciles de convencer, demasiados saltos deberíamos dar en esta España hermosa y quijotesca. Y nos faltarían infantes sobre los que brincar. Aunque no será por no intentarlo; si tenemos que saltar, nos lo saltamos todo a la
torera... Como saltimbanquis no tenemos precio, a triples mortales no nos ganan ni los más arriesgados trapecistas. Y poco importa que la Unión Europea, el FMI y hasta nuestro ex Banco de España nos vaticinen un año más de sufrimiento, los malos augurios escasamente refrenan nuestras ansias de saltar por encima de todo.
En nuestra Murcia sin castrillo, también se pretende ahuyentar a los malos espíritus de las más variopintas maneras. Y uno de los fantasmas más perniciosos, omnipresente en tantas pesadillas, es el de la opacidad, tremebundo espectro de poliédricas y multiformes caras. Para combatirlo, en busca de la transparencia soñada, nuestros prohombres encuentran soluciones tan sui géneris como publicar en la red de redes sus solemnes declaraciones de bienes. Y más de uno se ha quedado muy satisfecho, aunque también a alguno no le ha hecho ninguna gracia. Cuarenta y cuatro diputados regionales cumplieron con este trámite, sólo Juan Bernal, que mostró su contrariedad, manifestó que lo haría “más adelante”. En un principio, únicamente algunos privilegiados del PSRM e IU pudieron comprobar en secreto que no había ningún secreto, tras serle facilitada la información por la Asamblea Regional. Pero el patrimonio de Bernal pronto dejaría de ser un misterio, no tardaría en trascender a los medios de comunicación.
Aunque coincido con el vicepresidente en que esa filtración fue "lamentable", no llego a entender tantas reticencias. Ha resultado peor el remedio que la enfermedad. Quizá no sea una solución muy imaginativa la de exhibir los propios bienes, tal vez sea también un tanto circense; pero no hay por qué rasgarse las vestiduras. Ahora más que nunca, la política de gestos se hace imprescindible; no se debe olvidar que a la ciudadanía, que vive en tensión permanente, se le exigen unos sacrificios que hace apenas unos años eran impensables. En días tan acerbos, donde los más acendrados valores morales están amenazados en esta tierra a la que tanto decimos amar, un gesto dice más que mil palabras. Está en riesgo el valor supremo de la confianza.
Menos mal que para imbuirnos dosis altas de confianza, siempre habrá quien descubra América en el fondo carmesí de una copa de vino. Al cabo de tantos años, de repente, el extraño PSOE murciano tuvo una sublime iluminación -por fin, tuvo una-, que le indujo a presentar en la Asamblea Regional una proposición de ley para impulsar la transparencia en la Administración regional. El objetivo enunciado es, sin duda, muy loable: “Cambiar la política, abrirla y hacer que tenga a la ciudadanía como eje central”, señaló muy circunspecto el secretario general del PSRM, Rafael González Tovar, quien añadió sin pestañear siquiera que la transparencia es el “mejor antídoto” contra la corrupción. Diantre... caracoles...! Cáspita.... Había descubierto América, el Señor Tovar, y yo sin encontrar todavía la interjección adecuada...
No se le quedaría muy atrás el diputado regional Francisco Oñate, redactor de la proposición de ley, que concibe la administración pública como “una casa con techo y paredes de cristal cuyos propietarios son los ciudadanos”. Todo un poeta. Qué figura retórica más hermosa la de la casa de cristal... Mas, ¿de qué color?
En cualquier caso, espero y deseo que la proposición del PSRM tenga más recorrido que el proyecto de transparencia que se está cocinando en Madrid, del que surgen muchas dudas sobre su viabilidad. El propio director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Benigno Pendás, observa un "problema técnico-jurídico serio" para su aplicación a las fuerzas políticas. Entonces, ya me dirán para qué va a servir tamaña ley.
Llegados a este punto, me pregunto que quién podría ser El Colacho de nuestro carnaval. ¿Quién aspira a seguir escondiéndose tras una máscara para exorcizar nuestro futuro? ¿Se atreverá, al menos, a saltar sobre nuestros niños para preservarles de todo mal? Tal vez haya más de un colacho en nuestro castrillo particular. Y qué duda cabe que, en las malas artes de la opacidad, hay muchos que no necesitan ni máscara oscura, ni transparente ley. El amiguismo y el enchufismo, tan nuestros ellos, no saben de leyes. De seguir por esa senda, acabaremos todos condenados por desconfiados. Como le sucedía al monje Paulo en la obra de Tirso, también a nosotros se nos hundirá el suelo y saldrá fuego de la tierra.
Otros artículos de Hipólito Martínez
Lástima que los aciagos espíritus no sean tan fáciles de convencer, demasiados saltos deberíamos dar en esta España hermosa y quijotesca. Y nos faltarían infantes sobre los que brincar. Aunque no será por no intentarlo; si tenemos que saltar, nos lo saltamos todo a la
torera... Como saltimbanquis no tenemos precio, a triples mortales no nos ganan ni los más arriesgados trapecistas. Y poco importa que la Unión Europea, el FMI y hasta nuestro ex Banco de España nos vaticinen un año más de sufrimiento, los malos augurios escasamente refrenan nuestras ansias de saltar por encima de todo.En nuestra Murcia sin castrillo, también se pretende ahuyentar a los malos espíritus de las más variopintas maneras. Y uno de los fantasmas más perniciosos, omnipresente en tantas pesadillas, es el de la opacidad, tremebundo espectro de poliédricas y multiformes caras. Para combatirlo, en busca de la transparencia soñada, nuestros prohombres encuentran soluciones tan sui géneris como publicar en la red de redes sus solemnes declaraciones de bienes. Y más de uno se ha quedado muy satisfecho, aunque también a alguno no le ha hecho ninguna gracia. Cuarenta y cuatro diputados regionales cumplieron con este trámite, sólo Juan Bernal, que mostró su contrariedad, manifestó que lo haría “más adelante”. En un principio, únicamente algunos privilegiados del PSRM e IU pudieron comprobar en secreto que no había ningún secreto, tras serle facilitada la información por la Asamblea Regional. Pero el patrimonio de Bernal pronto dejaría de ser un misterio, no tardaría en trascender a los medios de comunicación.
Aunque coincido con el vicepresidente en que esa filtración fue "lamentable", no llego a entender tantas reticencias. Ha resultado peor el remedio que la enfermedad. Quizá no sea una solución muy imaginativa la de exhibir los propios bienes, tal vez sea también un tanto circense; pero no hay por qué rasgarse las vestiduras. Ahora más que nunca, la política de gestos se hace imprescindible; no se debe olvidar que a la ciudadanía, que vive en tensión permanente, se le exigen unos sacrificios que hace apenas unos años eran impensables. En días tan acerbos, donde los más acendrados valores morales están amenazados en esta tierra a la que tanto decimos amar, un gesto dice más que mil palabras. Está en riesgo el valor supremo de la confianza.
Menos mal que para imbuirnos dosis altas de confianza, siempre habrá quien descubra América en el fondo carmesí de una copa de vino. Al cabo de tantos años, de repente, el extraño PSOE murciano tuvo una sublime iluminación -por fin, tuvo una-, que le indujo a presentar en la Asamblea Regional una proposición de ley para impulsar la transparencia en la Administración regional. El objetivo enunciado es, sin duda, muy loable: “Cambiar la política, abrirla y hacer que tenga a la ciudadanía como eje central”, señaló muy circunspecto el secretario general del PSRM, Rafael González Tovar, quien añadió sin pestañear siquiera que la transparencia es el “mejor antídoto” contra la corrupción. Diantre... caracoles...! Cáspita.... Había descubierto América, el Señor Tovar, y yo sin encontrar todavía la interjección adecuada...
No se le quedaría muy atrás el diputado regional Francisco Oñate, redactor de la proposición de ley, que concibe la administración pública como “una casa con techo y paredes de cristal cuyos propietarios son los ciudadanos”. Todo un poeta. Qué figura retórica más hermosa la de la casa de cristal... Mas, ¿de qué color?
En cualquier caso, espero y deseo que la proposición del PSRM tenga más recorrido que el proyecto de transparencia que se está cocinando en Madrid, del que surgen muchas dudas sobre su viabilidad. El propio director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Benigno Pendás, observa un "problema técnico-jurídico serio" para su aplicación a las fuerzas políticas. Entonces, ya me dirán para qué va a servir tamaña ley.
Llegados a este punto, me pregunto que quién podría ser El Colacho de nuestro carnaval. ¿Quién aspira a seguir escondiéndose tras una máscara para exorcizar nuestro futuro? ¿Se atreverá, al menos, a saltar sobre nuestros niños para preservarles de todo mal? Tal vez haya más de un colacho en nuestro castrillo particular. Y qué duda cabe que, en las malas artes de la opacidad, hay muchos que no necesitan ni máscara oscura, ni transparente ley. El amiguismo y el enchufismo, tan nuestros ellos, no saben de leyes. De seguir por esa senda, acabaremos todos condenados por desconfiados. Como le sucedía al monje Paulo en la obra de Tirso, también a nosotros se nos hundirá el suelo y saldrá fuego de la tierra.
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