De cómo buscarte la vida si no llevas dentro de ti a un Amancio Ortega
Ser emprendedor está de moda. No sé si es cool o hipster o trendy, pero es lo que se lleva. Y como todo lo que se pone de moda, cuenta también con detractores; hay quienes piensan que esto del emprendedurismo es un movimiento estéril que no sirve para mucho más que para insuflar aire a quienes dentro de poco, desafortunadamente, se desinflarán. O lo que es lo mismo: te la vas a pegar muy gorda.
No es mi intención posicionarme en un lado o en otro, sino lanzar una reflexión sobre otro término: el autoempleo. Es cierto que el tejido empresarial necesita, como dicen los que saben de esto, crear músculo. Y es cierto que son las empresas las que van a generar puestos de trabajo. También es cierto que sacar adelante una empresa implica tantísimas variables desde el punto de vista de la gestión, planificación, estrategia y un infinito etcétera que dudo que todos aquellos que tengan una idea –los que la tienen- sean capaces de afrontar el reto en su conjunto.
Saber hacer algo muy bien no te asegura un futuro como empresario. Ojalá fuera suficiente, pero no lo es. Además, hay un componente personal que cada día que pasa me doy más cuenta de lo importante que es. Lo de ser valiente está muy bien, pero sacar adelante tu propio proyecto implica no sólo la constancia de trabajar muchas horas –casi todas- al día, sino también aprender a marcar límites, a negociar, a observar, a dejar de pensar en qué ofreces para pensar qué necesita quien tienes enfrente, a aprender de tus errores –algunos de los cuales abren heridas que tardan en cicatrizar- ¡y a ser capaz de conseguir que te paguen las facturas! Toda una apuesta en tu evolución como persona. Y llegados a este punto, o tienes las capacidades suficientes para ir desarrollándolo con paso firme o una ola –porque siempre hay olas y últimamente son muy grandes- hará que te lleve la corriente. Entonces, ¿o te la juegas hasta comprobar si hay un empresario dentro de ti o te quedas en casa esperando a que este país vuelva a generar empleo? Resulta que puede que haya un término medio y no lo estemos valorando.
Y vuelvo al autoempleo. Un profesional, antes conocido como trabajador por cuenta ajena, debe saber hacer bien su trabajo y, además, ayudar a que la empresa alcance sus objetivos. Ya no vale con llegar a tu hora, desempeñar una labor e irte a casa. Esa época, como la del buen opositor, quedó atrás.
Cuando decidí empezar a caminar por mi cuenta ante un panorama laboral que no me satisfacía, no sabía nada de lo que sé ahora -que tampoco es mucho, pero cuatro años ya me dan para haber aprendido de la experiencia y hacer un pequeño balance-. En mi primer año de lo que se denomina ser “freelance” tuve la oportunidad de que, ya en plena crisis, tres empresas me ofrecieran quedarme con ellos. Algo en mí me dijo que no era aquello lo que quería, pero eso es otro tema. Tuve tres oportunidades de empleo que, habiendo presentado un curriculum, no hubiera tenido. La oportunidad de demostrar que sabía hacer mi trabajo me la tuve que buscar.
Conclusión: defínete como profesional, identifica tu valor añadido y sal a buscar una oportunidad, que no un trabajo estable. No hay por qué tener una gran idea, ni inventar la aplicación móvil que revolucionará el mundo tal y como lo entendemos, ni hay por qué aspirar a ser un gran empresario. Porque quizás no lo seas nunca. Y no pasa nada. Ojalá el mundo esté lleno de Amancios Ortegas; aquí la que escribe ya os digo que no lo es... y tan tranquila.
¿Hay que ser emprendedor? Pues hay que ser lo que uno pueda llegar a ser. Y si no tuviéramos que darnos de alta en un sangrante Régimen de Autónomos sería más fácil; pero eso es otro tema.
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No es mi intención posicionarme en un lado o en otro, sino lanzar una reflexión sobre otro término: el autoempleo. Es cierto que el tejido empresarial necesita, como dicen los que saben de esto, crear músculo. Y es cierto que son las empresas las que van a generar puestos de trabajo. También es cierto que sacar adelante una empresa implica tantísimas variables desde el punto de vista de la gestión, planificación, estrategia y un infinito etcétera que dudo que todos aquellos que tengan una idea –los que la tienen- sean capaces de afrontar el reto en su conjunto.
Saber hacer algo muy bien no te asegura un futuro como empresario. Ojalá fuera suficiente, pero no lo es. Además, hay un componente personal que cada día que pasa me doy más cuenta de lo importante que es. Lo de ser valiente está muy bien, pero sacar adelante tu propio proyecto implica no sólo la constancia de trabajar muchas horas –casi todas- al día, sino también aprender a marcar límites, a negociar, a observar, a dejar de pensar en qué ofreces para pensar qué necesita quien tienes enfrente, a aprender de tus errores –algunos de los cuales abren heridas que tardan en cicatrizar- ¡y a ser capaz de conseguir que te paguen las facturas! Toda una apuesta en tu evolución como persona. Y llegados a este punto, o tienes las capacidades suficientes para ir desarrollándolo con paso firme o una ola –porque siempre hay olas y últimamente son muy grandes- hará que te lleve la corriente. Entonces, ¿o te la juegas hasta comprobar si hay un empresario dentro de ti o te quedas en casa esperando a que este país vuelva a generar empleo? Resulta que puede que haya un término medio y no lo estemos valorando.
Y vuelvo al autoempleo. Un profesional, antes conocido como trabajador por cuenta ajena, debe saber hacer bien su trabajo y, además, ayudar a que la empresa alcance sus objetivos. Ya no vale con llegar a tu hora, desempeñar una labor e irte a casa. Esa época, como la del buen opositor, quedó atrás.
Cuando decidí empezar a caminar por mi cuenta ante un panorama laboral que no me satisfacía, no sabía nada de lo que sé ahora -que tampoco es mucho, pero cuatro años ya me dan para haber aprendido de la experiencia y hacer un pequeño balance-. En mi primer año de lo que se denomina ser “freelance” tuve la oportunidad de que, ya en plena crisis, tres empresas me ofrecieran quedarme con ellos. Algo en mí me dijo que no era aquello lo que quería, pero eso es otro tema. Tuve tres oportunidades de empleo que, habiendo presentado un curriculum, no hubiera tenido. La oportunidad de demostrar que sabía hacer mi trabajo me la tuve que buscar.
Conclusión: defínete como profesional, identifica tu valor añadido y sal a buscar una oportunidad, que no un trabajo estable. No hay por qué tener una gran idea, ni inventar la aplicación móvil que revolucionará el mundo tal y como lo entendemos, ni hay por qué aspirar a ser un gran empresario. Porque quizás no lo seas nunca. Y no pasa nada. Ojalá el mundo esté lleno de Amancios Ortegas; aquí la que escribe ya os digo que no lo es... y tan tranquila.
¿Hay que ser emprendedor? Pues hay que ser lo que uno pueda llegar a ser. Y si no tuviéramos que darnos de alta en un sangrante Régimen de Autónomos sería más fácil; pero eso es otro tema.
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