Del despilfarro a la transparencia
El mayor despilfarro que nos enfrentamos ahora es el de las posibilidades humanas. Las sociedades modernas no pueden dejar de desarrollar una visión colectiva de utilización de la riqueza en ese objetivo de mejora de promoción de cada ciudadano. Es el compromiso constitucional de las condiciones sociales que permitan a las personas vivir sin el miedo de no disponer de lo suficiente para cada nueva jornada. Ningún sistema político debe olvidar y posponer las coberturas esenciales, precisamente porque son ¡esenciales!
Queremos afirmar, que el Estado, en lugar de fingir, desplazar compromisos temporalmente, amenazar al consumidor con medidas coactivas, restringir la cultura, la sanidad, servicios sociales, debería inspirarse en el bien común. En esa particular versión que Keynes nos dejó en sus “Posibilidades económicas”: que la reducción a largo plazo de la mano de obra sea como resultado de la continua mejora de la productividad laboral. Una productividad laboral que se recoja con claridad en las cuentas de resultados de todas las empresas, sean privadas o públicas. Para ello le faltó matiza dos cuestiones. Una la transparencia económica, y la otra una sociedad sin fraude, o sea sin que nadie se lleve ilegal o legalmente, deslocalizando los beneficios, fuera de nuestra sociedad. No es posible socialmente hablando, pedir paciencia, y legislar bajo la presión de los lobby.
Esta crisis actual, en la búsqueda de la salida adecuada, tiene que afianzar la transparencia de todos sus instituciones, por eso no queremos dejar fuera de la Ley de Transparencia a ninguna institución, desde la Casa del Rey hasta el último organismo. Ese cambio tiene que ir acompañado de un cambio cultural y educativo, de nuevas ideas en el mundo del trabajo y una permanente democratización de sus instituciones. Necesitamos un movimiento político que reaccione frente a cualquier exceso de poder, que impulse la independencia de las instituciones del Estado, para no caer en influencias coercitivas, y que la única presión, sea para defender los servicios públicos con equidad y en distribuir las cargas de su mantenimiento. Esa nueva cultura cívica y participativa tiene que alejarse de toda influencia que les separe de los deseos de la ciudadanía, mirando más al ciudadano como soberano del sistema, que al soberano como institución, porque la primera institución de esa nueva sociedad no es tanto la corona, sino convertir la política en la rexpública de todos, porque en ese proceso habremos conseguido, que ni los lobby de los oligopolios, ni los corruptos, puedan tener presencia. Y en eso consiste un primer paso hacia la transparencia.
Más artículos de José Molina en su blog del Círculo de Economía
Queremos afirmar, que el Estado, en lugar de fingir, desplazar compromisos temporalmente, amenazar al consumidor con medidas coactivas, restringir la cultura, la sanidad, servicios sociales, debería inspirarse en el bien común. En esa particular versión que Keynes nos dejó en sus “Posibilidades económicas”: que la reducción a largo plazo de la mano de obra sea como resultado de la continua mejora de la productividad laboral. Una productividad laboral que se recoja con claridad en las cuentas de resultados de todas las empresas, sean privadas o públicas. Para ello le faltó matiza dos cuestiones. Una la transparencia económica, y la otra una sociedad sin fraude, o sea sin que nadie se lleve ilegal o legalmente, deslocalizando los beneficios, fuera de nuestra sociedad. No es posible socialmente hablando, pedir paciencia, y legislar bajo la presión de los lobby.
Esta crisis actual, en la búsqueda de la salida adecuada, tiene que afianzar la transparencia de todos sus instituciones, por eso no queremos dejar fuera de la Ley de Transparencia a ninguna institución, desde la Casa del Rey hasta el último organismo. Ese cambio tiene que ir acompañado de un cambio cultural y educativo, de nuevas ideas en el mundo del trabajo y una permanente democratización de sus instituciones. Necesitamos un movimiento político que reaccione frente a cualquier exceso de poder, que impulse la independencia de las instituciones del Estado, para no caer en influencias coercitivas, y que la única presión, sea para defender los servicios públicos con equidad y en distribuir las cargas de su mantenimiento. Esa nueva cultura cívica y participativa tiene que alejarse de toda influencia que les separe de los deseos de la ciudadanía, mirando más al ciudadano como soberano del sistema, que al soberano como institución, porque la primera institución de esa nueva sociedad no es tanto la corona, sino convertir la política en la rexpública de todos, porque en ese proceso habremos conseguido, que ni los lobby de los oligopolios, ni los corruptos, puedan tener presencia. Y en eso consiste un primer paso hacia la transparencia.
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