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Opinión |
Martes, 28 de Mayo de 2013

Enemigos ¿de quién?

Estamos viviendo en un mundo de contradicciones, es un laberinto en donde los ciudadanos, esa soberanía popular que da sentido a la democracia, no encuentran la tan deseada salida. La voluntad general que Rousseau defendía, en absoluto es una abstracción teórica, sino la consideración normal de toda deliberación. Para ello hay que evitar que en el laberinto que nos movemos, los poderes ocultos, los lobbies, o el partidismo, ni intriguen, ni mientan a los ciudadanos arrinconándolos a espacios residuales, considerándolos reductos a vigilar por ejercer la discrepancia. Se ha pasado de la dureza física contra el discrepante de otras etapas, a considerarlos enemigos de su sistema.

Antonio Garrigues, nos ha dejado en el Círculo de Economía en su reciente participación, el testimonio de incorporarnos a “la ola de transparencia”, que según él, es imparable, y su energía nos inducirá positivamente a ser más éticos. Pero no es una misión gratuita, tenemos que conseguir leyes que la desarrollen y que nos liberen de la “tiranía de la mayoría”. Esa mayoría  que practica una inversión de la democracia, y no garantiza en todos los sectores sociales los derechos esenciales de cada ciudadano, es por ello que cada día surgen plataformas para sentir y vivir sus libertades, que como dijo Garrigues, son derechos inviolables reconocidos por todos los tratados y constituciones. Son el derecho a saber, conocer, controlar y censurar, como nuestra compañera Pilar Berral, puso de manifiesto, añadiendo que es momento de impulsar una nueva cultura democrática en la que rijan los principios de un Gobierno Abierto. Esos derechos no nacen de preferencias arbitrarias, sino del contenido procedimental del mismo, es la democracia que se identifica con una cabeza/un voto, un privilegio que nadie pone en duda. Pero que intentan anestesiarla.

Tenemos que recuperar la vida democrática, porque la corrupción política, en todas sus formas, altera radicalmente el sistema, viola los códigos, se ampara en la impunidad y permite que el defraudador siga viviendo como un felón del sistema, organizándose como las fuerzas enemigas de la democracia. Porque la legalidad democrática es “el poder de los sin poder”, es el poder de la palabra, es no sentirnos enemigos en una sociedad donde el civismo de todos nos debe acompañar en cada momento de la existencia, una existencia para sentirnos satisfechos de compartirla. Sin olvidar que la esperanza para conseguirlo es una lucha diaria que nos fortalecerá si erradicamos con energía a los que nos ocultan la realidad con engaño.

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