Bilocación y náusea
En este mes de junio se han cumplido cuatro años desde que el actual presidente del Gobierno, en un arrebato de pasión paternal y ante la entusiasta militancia que abarrotaba la plaza de toros de Valencia, se dirigió a Francisco Camps con aquella lapidaria frase que recordaba a la que pronunció Julio César ante el Senado tras derrotar a su enemigo en una importante batalla. "Veni, vide, vici", dijo el estadista romano dos mil y pico años antes de que el gallego aspirante a homólogo proclamara temerariamente con los ojos puestos en el entonces inquilino del Palau que siempre estaría "detrás de ti, o delante, o a un lado" pese a que los idus judiciales ya apuntaban directamente a la cabeza del barón regional que le apoyó sin ambages cuando pintaban bastos para sus expectativas como centurión de la tropa.
Tal que ahí, a la vera de la recién elegida líder del PP vasco Arantza Quiroga, se encontraba Mariano Rajoy hace unos días mientras ésta afirmaba que le parecía "vomitivo" el denominado "caso Bárcenas", cuyo principal protagonista está ya entre rejas, y sus circunstancias. Ella misma se encargó a renglón seguido de hacer copartícipe de su sensibilidad estomacal a toda la cúpula dirigente del PP, no fuera a ser que algún malicioso entendiera que la apreciación, suscribible por la inmensa mayoría del personal con independencia de su ideología, era cosa de su peculio particular y, por lo tanto, un peligroso amago de reproche a sus mayores.
Y ahí mismo, no se sabe si a causa de las profundas convicciones religiosas de Quiroga, el observador pudo asistir a un fenómeno que tiene mucho que ver con la creencia en lo sobrenatural: la bilocación, ese fenómeno paracientífico que permite a una persona estar en dos sitios a la vez sin despeinarse. Porque mientras se nombraba la soga en casa del ahorcado Rajoy parecía encontrase en otro lugar. Puede que en la semifinal de la Copa Confederaciones de fútbol que jugaba España la jornada siguiente o, tal vez, en la final europea que ha liberado maná contra el desempleo juvenil y para que fluya el crédito a las pequeñas y medianas empresas. Pero lo cierto es que miraba a la izquierda, localización geográfica que ocupaba su subalterna, como si la andanada no tuviera nada que ver con él y, mucho menos, con la defensa enfervorecida que hizo del presunto delincuente en épocas pasadas. Tampoco parecía darse por aludido respecto a las implicaciones de su partido en el conglomerado Gürtel del que forma parte la trama de enriquecimiento supuestamente personal de Bárcenas, ni sobre -con perdón- la fiscalmente opaca generosidad que la tesorería popular mostraba con sus dirigentes o con la hipotética financiación ilegal de la formación.
Rajoy miraba y no veía o veía lo que no quiere mirar, vaya usted a saber. El caso es que la bilocación no es privativa del presidente del Ejecutivo central. Ni mucho menos. Valga como ejemplo de universalidad el que encarna Alberto Fabra, que en materia de corrupción salta la línea roja trazada por él mismo hacia un lado u otro como si se tratara del juego de la comba. Tiene su parcela del hemiciclo perdidita de imputados, pero discrimina siguiendo maleables razonamientos y enrevesados conceptos al tiempo que se permite alardear de haberse convertido en el adalid de la lucha contra las emanaciones mefíticas que impregnan el aire de la política y que tantas náuseas le provocan a Arantza Quiroga y al común de los mortales.
Ahora, con la expulsión de Rafael Blasco del grupo popular por una cuestión disciplinaria en vez de por el fondo de la cuestión, Fabra ha desplazado el problema unos escaños más arriba de su cogote, a una especie de altarcillo al que acuden en peregrinación algunos de los fieles del exconseller y excasidetodo según se pudo comprobar en la última y esperpéntica sesión parlamentaria. La exhibición torera que hizo la alcaldesa valenciana Rita Barberá en apoyo de su excompañero de partido es la prueba del nueve de lo alborotado que tiene Fabra el gallinero y de que las minas que le han ido sembrando no se desactivan templando gaitas sino inutilizándolas, aunque para ello sea preciso hacerlas estallar descargando todo el peso de la púrpura sobre el artefacto. Que una cosa es la justicia que todos dicen respetar y otra bien distinta el ejercicio de la política, cuya primera obligación es dejar de considerar al ciudadano un majadero con derecho a voto.
Otros artículos de Jesús Alonso
Tal que ahí, a la vera de la recién elegida líder del PP vasco Arantza Quiroga, se encontraba Mariano Rajoy hace unos días mientras ésta afirmaba que le parecía "vomitivo" el denominado "caso Bárcenas", cuyo principal protagonista está ya entre rejas, y sus circunstancias. Ella misma se encargó a renglón seguido de hacer copartícipe de su sensibilidad estomacal a toda la cúpula dirigente del PP, no fuera a ser que algún malicioso entendiera que la apreciación, suscribible por la inmensa mayoría del personal con independencia de su ideología, era cosa de su peculio particular y, por lo tanto, un peligroso amago de reproche a sus mayores.
Y ahí mismo, no se sabe si a causa de las profundas convicciones religiosas de Quiroga, el observador pudo asistir a un fenómeno que tiene mucho que ver con la creencia en lo sobrenatural: la bilocación, ese fenómeno paracientífico que permite a una persona estar en dos sitios a la vez sin despeinarse. Porque mientras se nombraba la soga en casa del ahorcado Rajoy parecía encontrase en otro lugar. Puede que en la semifinal de la Copa Confederaciones de fútbol que jugaba España la jornada siguiente o, tal vez, en la final europea que ha liberado maná contra el desempleo juvenil y para que fluya el crédito a las pequeñas y medianas empresas. Pero lo cierto es que miraba a la izquierda, localización geográfica que ocupaba su subalterna, como si la andanada no tuviera nada que ver con él y, mucho menos, con la defensa enfervorecida que hizo del presunto delincuente en épocas pasadas. Tampoco parecía darse por aludido respecto a las implicaciones de su partido en el conglomerado Gürtel del que forma parte la trama de enriquecimiento supuestamente personal de Bárcenas, ni sobre -con perdón- la fiscalmente opaca generosidad que la tesorería popular mostraba con sus dirigentes o con la hipotética financiación ilegal de la formación.
Rajoy miraba y no veía o veía lo que no quiere mirar, vaya usted a saber. El caso es que la bilocación no es privativa del presidente del Ejecutivo central. Ni mucho menos. Valga como ejemplo de universalidad el que encarna Alberto Fabra, que en materia de corrupción salta la línea roja trazada por él mismo hacia un lado u otro como si se tratara del juego de la comba. Tiene su parcela del hemiciclo perdidita de imputados, pero discrimina siguiendo maleables razonamientos y enrevesados conceptos al tiempo que se permite alardear de haberse convertido en el adalid de la lucha contra las emanaciones mefíticas que impregnan el aire de la política y que tantas náuseas le provocan a Arantza Quiroga y al común de los mortales.
Ahora, con la expulsión de Rafael Blasco del grupo popular por una cuestión disciplinaria en vez de por el fondo de la cuestión, Fabra ha desplazado el problema unos escaños más arriba de su cogote, a una especie de altarcillo al que acuden en peregrinación algunos de los fieles del exconseller y excasidetodo según se pudo comprobar en la última y esperpéntica sesión parlamentaria. La exhibición torera que hizo la alcaldesa valenciana Rita Barberá en apoyo de su excompañero de partido es la prueba del nueve de lo alborotado que tiene Fabra el gallinero y de que las minas que le han ido sembrando no se desactivan templando gaitas sino inutilizándolas, aunque para ello sea preciso hacerlas estallar descargando todo el peso de la púrpura sobre el artefacto. Que una cosa es la justicia que todos dicen respetar y otra bien distinta el ejercicio de la política, cuya primera obligación es dejar de considerar al ciudadano un majadero con derecho a voto.
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