Medicina preventiva para la empresa
No está en mi ánimo asimilar la labor realizada por los profesionales de la medicina con la que prestamos los consultores de finanzas corporativas, pero si lo pensamos bien y lo estudiamos con detalle las semejanzas son numerosas.
En primer lugar, tenemos un enfermo, que en nuestro caso, y más en los tiempos que corren, es la empresa, la cual viene sufriendo con relativa agudeza y durante algún tiempo, de ciertas dolencias, que si bien son más o menos conocidas, el doliente empresario no acaba por identificar con la certeza y claridad suficientes que le permitan acometer, con la eficacia y eficiencia requeridas, los tratamientos que las erradiquen o al menos las palien en la medida que le permitan mantener una mínima calidad de vida.
En segundo lugar, padecemos un cierto grado de autoengaño, que nos hace creer que nuestra enfermedad o dolencia no es del todo grave y que, sin hacer nada distinto a lo que hemos venido haciendo hasta la fecha y que casualmente nos ha conducido a esta apurada situación, acabará por desaparecer milagrosamente, del mismo modo en que se presentó.
En tercer lugar, una vez que hemos superado esa primera fase de autoengaño y decidido acudir a un profesional ajeno para describirle nuestra problemática, pretendiendo con ello que este, en cinco minutos, nos ayude a salir del bache con recetas prodigiosas, continuamos afectados por cierta falta de sinceridad y transparencia y, no sé si por ridícula vergüenza o absurda desconfianza, ocultamos algunos de nuestros síntomas, los describimos parcialmente o los achacamos a causas ajenas, extraordinarias y siempre temporales.
Supongo que no hace falta decir que estas actitudes no tienen ningún sentido y que son del todo contraproducentes, pues lo normal es que con el paso del tiempo, y ante la falta de adecuado tratamiento, nuestra situación se vea agravada, estando cada vez más debilitados y con menor capacidad de recuperación, por lo que es muy conveniente acudir a ese especialista desde el primer síntoma.
Continuando con las similitudes, cabe decir que el modus operandi se desarrolla con muy parecidos protocolos, basándonos, para nuestro más acertado diagnóstico, en diferentes pruebas que nos indiquen cuales son las causas reales de nuestros achaques o que al menos nos permitan descartan algunos de sus posibles orígenes. Para esto, entre otras actuaciones, procederemos a realizar un profundo análisis de actividad, estimaremos el break even o facturación necesaria para cubrir los actuales costes directos, además de los costes fijos en se incurre, realizaremos los test de estrés de tesorería, para cuantificar las necesidades de liquidez y fijar el tiempo en que se presentaran, así como los medios de cobertura con los que se cuenta, analizaremos la idoneidad y gestión de las líneas de financiación suscritas y determinaremos la conveniencia y posibilidad de contratar nuevas líneas adicionales, etc.
Ni que decir tiene que todo lo anterior se circunscribe al ámbito de los tratamientos de recuperación o paliativos, si lamentablemente hemos dejado transcurrir demasiado tiempo para ponerlos en marcha, provocando una innecesaria y extrema situación de insostenibilidad que nos aboquen incluso a entrar en procesos concursales de los que es difícil salir, tal y como demuestran las estadísticas.
No obstante, existen otro tipo de tratamientos, los preventivos, mucho más convenientes, eficaces y rentables. Por tanto, conseguiremos un mejor resultado, si al menor síntoma o incluso antes de que este se presente, acudimos a ese especialista y diagnosticamos o anticipamos esas ligeras molestias, proponiendo más fáciles y eficientes soluciones que no solo las erradicarán, sino que mejorarán nuestra salud “financiera” e incrementarán nuestra capacidad productiva y de generación de resultados positivos.
Otros artículos de Juan García Cascales
En primer lugar, tenemos un enfermo, que en nuestro caso, y más en los tiempos que corren, es la empresa, la cual viene sufriendo con relativa agudeza y durante algún tiempo, de ciertas dolencias, que si bien son más o menos conocidas, el doliente empresario no acaba por identificar con la certeza y claridad suficientes que le permitan acometer, con la eficacia y eficiencia requeridas, los tratamientos que las erradiquen o al menos las palien en la medida que le permitan mantener una mínima calidad de vida.
En segundo lugar, padecemos un cierto grado de autoengaño, que nos hace creer que nuestra enfermedad o dolencia no es del todo grave y que, sin hacer nada distinto a lo que hemos venido haciendo hasta la fecha y que casualmente nos ha conducido a esta apurada situación, acabará por desaparecer milagrosamente, del mismo modo en que se presentó.
En tercer lugar, una vez que hemos superado esa primera fase de autoengaño y decidido acudir a un profesional ajeno para describirle nuestra problemática, pretendiendo con ello que este, en cinco minutos, nos ayude a salir del bache con recetas prodigiosas, continuamos afectados por cierta falta de sinceridad y transparencia y, no sé si por ridícula vergüenza o absurda desconfianza, ocultamos algunos de nuestros síntomas, los describimos parcialmente o los achacamos a causas ajenas, extraordinarias y siempre temporales.Supongo que no hace falta decir que estas actitudes no tienen ningún sentido y que son del todo contraproducentes, pues lo normal es que con el paso del tiempo, y ante la falta de adecuado tratamiento, nuestra situación se vea agravada, estando cada vez más debilitados y con menor capacidad de recuperación, por lo que es muy conveniente acudir a ese especialista desde el primer síntoma.
Continuando con las similitudes, cabe decir que el modus operandi se desarrolla con muy parecidos protocolos, basándonos, para nuestro más acertado diagnóstico, en diferentes pruebas que nos indiquen cuales son las causas reales de nuestros achaques o que al menos nos permitan descartan algunos de sus posibles orígenes. Para esto, entre otras actuaciones, procederemos a realizar un profundo análisis de actividad, estimaremos el break even o facturación necesaria para cubrir los actuales costes directos, además de los costes fijos en se incurre, realizaremos los test de estrés de tesorería, para cuantificar las necesidades de liquidez y fijar el tiempo en que se presentaran, así como los medios de cobertura con los que se cuenta, analizaremos la idoneidad y gestión de las líneas de financiación suscritas y determinaremos la conveniencia y posibilidad de contratar nuevas líneas adicionales, etc.
Ni que decir tiene que todo lo anterior se circunscribe al ámbito de los tratamientos de recuperación o paliativos, si lamentablemente hemos dejado transcurrir demasiado tiempo para ponerlos en marcha, provocando una innecesaria y extrema situación de insostenibilidad que nos aboquen incluso a entrar en procesos concursales de los que es difícil salir, tal y como demuestran las estadísticas.
No obstante, existen otro tipo de tratamientos, los preventivos, mucho más convenientes, eficaces y rentables. Por tanto, conseguiremos un mejor resultado, si al menor síntoma o incluso antes de que este se presente, acudimos a ese especialista y diagnosticamos o anticipamos esas ligeras molestias, proponiendo más fáciles y eficientes soluciones que no solo las erradicarán, sino que mejorarán nuestra salud “financiera” e incrementarán nuestra capacidad productiva y de generación de resultados positivos.
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