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Opinión |
Miércoles, 25 de Septiembre de 2013

Sin buenos principios no hay buenos finales

A medida que uno va avanzando por el viaje de la vida y va llenando su archivo mental de recuerdos y experiencias, comprueba como su forma ver las cosas y de pensar van condicionándose según el resultado final que aquellos nos han proporcionado. Los recuerdos pueden hacernos acumular mayor tristeza o alegría que provoca un más pesimista u optimista estado de ánimo con el que afrontamos el futuro, mientras que las experiencias nos aportan esa sabiduría que nos ayuda a diagnosticar, más rápida y acertadamente, las nuevas situaciones a las que nos enfrentamos, encontrando más fácilmente las mejores soluciones a aplicar para cada una de nuestras actuales circunstancias y sobre todo, a discernir con mayor acierto entre lo que está bien y lo que está mal.

Como ya comenté en mi artículo “La Vieja Escuela” publicado el pasado 8 de agosto, yo tuve la suerte de iniciar mi carrera profesional en una empresa muy especializada en obra civil, más concretamente en trabajos subterráneos, procedente de la minería asturiana y que supo muy bien adaptarse a los nuevos tiempos, ampliando su cartera de servicios a aquellos que los tiempos requerían y demandaban los clientes. No es esto lo que más me ha hecho admirar, con el paso del tiempo, a esta empresa, que también como puede ser evidente, sino el hecho de que su política de recursos humanos se basase en la incorporación de jóvenes valores, como suele denominarse a la filosofía de contratar a personas de corta [Img #18183]edad, elevado talento y buen formación para, atribuyéndoles cada vez mayores responsabilidades, hacer que, asumiendo estos tareas de mayor complejidad, fueran progresando y promocionándose en el organigrama interno, desarrollando una muy prometedora carrera profesional.

Siendo esta política común a muchas empresas, existía no obstante un rasgo que la diferenciaba sobremanera del resto y que consistía en el enorme esfuerzo que se hacía por transmitir ciertos principios y valores fundamentales para formar un profesional íntegro. Estos principios y valores hacían referencia a la lealtad, compromiso, responsabilidad, sacrificio, superación, ética, gratitud, etc. Todas estas buenas cualidades hacían que estos profesionales, aparte de conseguir alcanzar un excelente grado de desempeño técnico que derivaba en unos muy positivos resultados para la compañía, se mantuvieran implicados en el proyecto empresarial y, siendo fieles a lo largo del tiempo al compromiso adquirido con todos los que participan en sus proyectos, acabasen ocupando puestos de muy alta responsabilidad dentro de la estructura directiva de la misma.

La consecuencia final de todo este proceso es que esta empresa fuera dirigida por profesionales capaces de superar los más ambiciosos retos, apoyándose en su alta capacitación técnica y, sobre todo, en hacerse acreedores de las más alta confianza por parte de todos los que, bien de manera continuada, bien de forma ocasional, colaboraban con la empresa en el desarrollo de su negocio, y esto solo podía deberse a esos principios y valores que atesoraban tras el largo y sacrificado proceso formativo.

Así pues, creo debemos reflexionar sobre lo que nos está pasando últimamente y que es posible ya se gestara en la anterior y ya olvidada época de auge, y es que el egoísmo, el afán de enriquecimiento rápido y exclusivo, a cualquier precio y sobre todo a costa de quien sea, la falta de compromiso y la ausencia total de responsabilidad y de palabra no son actitudes que puedan ofrecernos buenos resultados, o al menos que nos hagan sentir orgullosos, por lo que es posible sea hora de volver a lo de antes y aplicar la máxima de “sin buenos principios no hay buenos finales”.

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