La excelencia de Ortega y la calidad de los cursos del SEF
En julio pasado tuvo lugar, en la Universidad de Murcia, una reunión para presentarnos el SEF un sistema de valoración de sus cursos de formación ocupacional subvencionados. Tuve que levantarme y advertir, con el apoyo de los presentes, de que, además de lo que se nos estaba diciendo, dicho sistema debería haber sido publicado en el BORM:
1. El sistema solo recoge la opinión de los alumnos y sin “criterios objetivos”.
2. La recogida de datos y su análisis, ignora las técnicas estadísticas más básicas.
3. Los cursos están en manos de los alumnos, pues si se dan de baja –o se les expulsa- los centros y/o los profesores- no cobran.
4. Los alumnos lo saben y pretenden hacer lo que les da la gana, sobornando a centros y profesores. A los que incluso se les amenaza con sus valoraciones si son suspendidos.
5. Así, sin poder exigir al alumno, el SEF nunca logrará la excelencia que tantas veces dice pretende alcanzar. Es fundamental exigir al alumno y que este se exija asimismo.
Como esto es así por la política, traigo aquí la opinión de uno de nuestros mejores: Ortega y Gasset. El que nos advierte que la vida pública (como la enseñanza pública) no es solo política,
Ortega siempre ha criticado la nefasta influencia de la mentalidad colectiva (la masa) de nuestro tiempo y país, que si no es dirigida por una minoría de excelencia, favorecerá la destrucción de la misma democracia.
Hoy el hombre medio dispone de mucha información y es muy dado a creerse un listillo, siendo un imprudente a la hora de opinar y criticar sin escuchar, leer o estudiar otras orientaciones de sus mejores, sus selectos. Y una nación es una masa humana organizada, estructurada por una minoría de individuos selectos. Cualquiera que sea nuestro credo político, nos es forzoso reconocer esta verdad.
Cuando en una nación la masa se niega a ser masa –esto es, a seguir a la minoría directora-, la nación se deshace, la sociedad se desmiembra y sobreviene el caos social, la invertebración histórica, causa de los males de la misma.
En 'España Invertebrada', Ortega opina que el origen de nuestras desgracias ha sido haber tenido apenas feudalismo. La ausencia de la lucha de los mejores ha creado en la masa una secular ceguera para distinguir- y admitir- al hombre mejor del peor. Cuando aparecen individuos privilegiados es la masa quien no los aprovecha y a menudo los aniquila (p. ej. Isaac Peral, con él que no hubiéramos perdido Filipinas ni Cuba).
Ortega tenía fe en el poder de los modelos, los mejores: intelectualmente y moralmente hablando. El “sentirse dócil con estos mejores asegura que es muy importante, pues lleva a convivir con él, y a vivir como él; mejorando en el sentido del modelo, lo que indudablemente el español no ha hecho.
El hombre vulgar al encontrarse con este mundo tan perfecto cree que lo ha producido la naturaleza, no piensa en los esfuerzos brutales de individuos excelentes que lo crearon. Este ser moderno, que vive en un paisaje dibujado por los políticos llenos de posibilidades, de seguridades, puestas a su disposición sin previo esfuerzo, es un hombre desagradecido, ¡Que disparate agradecer el aire que está ahí! No le preocupa más que su bienestar y al mismo tiempo es insolidario con las causas de ese bien estar. Cree así que su papel se reduce a exigir perentoriamente, como si fueran derechos nativos. Vivir es no tener limitación, abandonarse así mismo: nada es peligroso y “nada es superior a nadie”.
El diagrama psicológico de este hombre-masa, con el que tratan los políticos sin intentar corregir, antes bien “se aprovechan de sus debilidades”, posee dos primeros rasgos de un “nene mimado”:
1. Libre expansión de sus deseos vitales y su persona.
2. Radical ingratitud hacia lo que ha hecho posible la facilidad de su existencia.
Mimar es no limitar sus deseos, “dar la impresión a un ser de que todo le está permitido”. Es difícil expulsar, suspender a un alumno en un cursos del SEF, no hay reglamento disciplinario, Mejor no obligar, si el profesor obliga puede ser peligroso, se da de baja y el centro no cobra. Este alumno no tiene experiencia de sus propios confines, que el político no está interesado en marcar, por lo cual llega creerse que solo existe él y se acostumbra a no contar con nadie, sobre todo si es superior. Está satisfecho, y nadie le fuerza a creerse que es limitado, salvo el mercado del trabajo y el desempleo.
En cambio hay otro individuo selecto, excelente, que constantemente necesita apelar a sí mismo y a una norma más allá del, a cuyo servicio libremente se pone. Este hombre, en contraposición con el anterior, se exige mucho asimismo.
Nobles se obligue: "Vivir a gusto es de plebeyos”. El noble aspira a una ordenación y a una ley. El noble originario (de estirpe normal humilde) se obligó a sí mismo, y al hereditario le obligan la herencia. Los privilegios de la nobleza son originariamente conquistas, no son concesiones políticas como las anteriores.
Son los selectos, los excelentes, los que viven en perpetua y plena tensión en un incesante entrenamiento. Olvídese pues el SEF que va a conseguir la excelencia con su sistema que no solo no exige al alumno, sino que le apoya en la posibilidad de eliminar todo intento de exigencia de trabajo, disciplina del profesor... arrogándoles una autoridad que no tienen por naturaleza.
Cuando la masa pretende obrar por sí misma, rebelándose a su destino, lincha. Si hay una dificultad, problema, este hombre tiende a exigir que el estado la asuma inmediatamente y lo resuelva con sus enormes medios. Este hombre cree que él es el estado y tiende a hacerlo funcionar por cualquier motivo, aplastando políticas, ideas e industrias.
El resultado es que se vive para el estado, quien después de chuparnos hasta el tuétano nos deja cadavéricos con sus exigencias económicas o burocráticas. La riqueza disminuye, se pare poco...
Las épocas de decadencia se caracterizan en que la minoría directora del pueblo ha perdido sus cualidades de excelencia; y la masa, en vez de sustituirla por otra más virtuosa, tiende a eliminar todo intento aristocrático. Con lo que sufre el estado su desorganización, debilitándose la vida privada: <las clases próceres se han degenerado y se han convertido en vulgares>. Y los vulgares en el poder llaman a más vulgares, para que no le ensombrezcan el ejercicio del poder, asegurándose la poltrona.
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1. El sistema solo recoge la opinión de los alumnos y sin “criterios objetivos”.
2. La recogida de datos y su análisis, ignora las técnicas estadísticas más básicas.
3. Los cursos están en manos de los alumnos, pues si se dan de baja –o se les expulsa- los centros y/o los profesores- no cobran.
4. Los alumnos lo saben y pretenden hacer lo que les da la gana, sobornando a centros y profesores. A los que incluso se les amenaza con sus valoraciones si son suspendidos.
5. Así, sin poder exigir al alumno, el SEF nunca logrará la excelencia que tantas veces dice pretende alcanzar. Es fundamental exigir al alumno y que este se exija asimismo.
Como esto es así por la política, traigo aquí la opinión de uno de nuestros mejores: Ortega y Gasset. El que nos advierte que la vida pública (como la enseñanza pública) no es solo política,
Ortega siempre ha criticado la nefasta influencia de la mentalidad colectiva (la masa) de nuestro tiempo y país, que si no es dirigida por una minoría de excelencia, favorecerá la destrucción de la misma democracia. Hoy el hombre medio dispone de mucha información y es muy dado a creerse un listillo, siendo un imprudente a la hora de opinar y criticar sin escuchar, leer o estudiar otras orientaciones de sus mejores, sus selectos. Y una nación es una masa humana organizada, estructurada por una minoría de individuos selectos. Cualquiera que sea nuestro credo político, nos es forzoso reconocer esta verdad.
Cuando en una nación la masa se niega a ser masa –esto es, a seguir a la minoría directora-, la nación se deshace, la sociedad se desmiembra y sobreviene el caos social, la invertebración histórica, causa de los males de la misma.
En 'España Invertebrada', Ortega opina que el origen de nuestras desgracias ha sido haber tenido apenas feudalismo. La ausencia de la lucha de los mejores ha creado en la masa una secular ceguera para distinguir- y admitir- al hombre mejor del peor. Cuando aparecen individuos privilegiados es la masa quien no los aprovecha y a menudo los aniquila (p. ej. Isaac Peral, con él que no hubiéramos perdido Filipinas ni Cuba).
Ortega tenía fe en el poder de los modelos, los mejores: intelectualmente y moralmente hablando. El “sentirse dócil con estos mejores asegura que es muy importante, pues lleva a convivir con él, y a vivir como él; mejorando en el sentido del modelo, lo que indudablemente el español no ha hecho.
El hombre vulgar al encontrarse con este mundo tan perfecto cree que lo ha producido la naturaleza, no piensa en los esfuerzos brutales de individuos excelentes que lo crearon. Este ser moderno, que vive en un paisaje dibujado por los políticos llenos de posibilidades, de seguridades, puestas a su disposición sin previo esfuerzo, es un hombre desagradecido, ¡Que disparate agradecer el aire que está ahí! No le preocupa más que su bienestar y al mismo tiempo es insolidario con las causas de ese bien estar. Cree así que su papel se reduce a exigir perentoriamente, como si fueran derechos nativos. Vivir es no tener limitación, abandonarse así mismo: nada es peligroso y “nada es superior a nadie”.
El diagrama psicológico de este hombre-masa, con el que tratan los políticos sin intentar corregir, antes bien “se aprovechan de sus debilidades”, posee dos primeros rasgos de un “nene mimado”:
1. Libre expansión de sus deseos vitales y su persona.
2. Radical ingratitud hacia lo que ha hecho posible la facilidad de su existencia.
Mimar es no limitar sus deseos, “dar la impresión a un ser de que todo le está permitido”. Es difícil expulsar, suspender a un alumno en un cursos del SEF, no hay reglamento disciplinario, Mejor no obligar, si el profesor obliga puede ser peligroso, se da de baja y el centro no cobra. Este alumno no tiene experiencia de sus propios confines, que el político no está interesado en marcar, por lo cual llega creerse que solo existe él y se acostumbra a no contar con nadie, sobre todo si es superior. Está satisfecho, y nadie le fuerza a creerse que es limitado, salvo el mercado del trabajo y el desempleo.
En cambio hay otro individuo selecto, excelente, que constantemente necesita apelar a sí mismo y a una norma más allá del, a cuyo servicio libremente se pone. Este hombre, en contraposición con el anterior, se exige mucho asimismo.
Nobles se obligue: "Vivir a gusto es de plebeyos”. El noble aspira a una ordenación y a una ley. El noble originario (de estirpe normal humilde) se obligó a sí mismo, y al hereditario le obligan la herencia. Los privilegios de la nobleza son originariamente conquistas, no son concesiones políticas como las anteriores.
Son los selectos, los excelentes, los que viven en perpetua y plena tensión en un incesante entrenamiento. Olvídese pues el SEF que va a conseguir la excelencia con su sistema que no solo no exige al alumno, sino que le apoya en la posibilidad de eliminar todo intento de exigencia de trabajo, disciplina del profesor... arrogándoles una autoridad que no tienen por naturaleza.
Cuando la masa pretende obrar por sí misma, rebelándose a su destino, lincha. Si hay una dificultad, problema, este hombre tiende a exigir que el estado la asuma inmediatamente y lo resuelva con sus enormes medios. Este hombre cree que él es el estado y tiende a hacerlo funcionar por cualquier motivo, aplastando políticas, ideas e industrias.
El resultado es que se vive para el estado, quien después de chuparnos hasta el tuétano nos deja cadavéricos con sus exigencias económicas o burocráticas. La riqueza disminuye, se pare poco...
Las épocas de decadencia se caracterizan en que la minoría directora del pueblo ha perdido sus cualidades de excelencia; y la masa, en vez de sustituirla por otra más virtuosa, tiende a eliminar todo intento aristocrático. Con lo que sufre el estado su desorganización, debilitándose la vida privada: <las clases próceres se han degenerado y se han convertido en vulgares>. Y los vulgares en el poder llaman a más vulgares, para que no le ensombrezcan el ejercicio del poder, asegurándose la poltrona.
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