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Opinión |
Viernes, 16 de Septiembre de 2011

De la formación a la productividad

Dicen los expertos en estas cosas (si es que los hay, que ya lo voy dudando)  que los índices de productividad y de flexibilidad laboral en España son muy bajos con respecto a nuestro entorno, lo que nos convierte en un país menos competitivo y con más dificultades para sobreponernos a la crisis.

Si esto es así, si además de menos productivos somos más rígidos, entonces uno de nuestros problemas críticos es el modo de gestionar el tiempo laboral.

Es sabido que el tiempo es un recurso limitado pues no podemos conseguir más del que tenemos; sin embargo, sí podemos mejorar qué hacemos con él.

Si fuéramos capaces de emplearlo mejor no solo aumentaría nuestra productividad colectiva e individual  sino que tendríamos menos estrés, una vida más equilibrada, con más horas para la familia, para los amigos, para las aficiones: para nosotros en definitiva.

Gestionar el tiempo de manera responsable depende más de cada uno que del volumen de trabajo o de nuestro entorno laboral. Si, por ejemplo, interrumpimos el trabajo para atender una llamada, la culpa es nuestra más que de quien llama, porque tendemos a pensar que cualquier llamada es no solo  importante sino inaplazable. Por eso convendría que nos diéramos cuenta de cuáles son los principales ladrones de tiempo (The Time Trap, Alec McKenzie): 1) Falta de planificación, que nos lleva a confundir prioridades, a mezclar lo urgente con lo importante. 2) No saber o no querer delegar: exceso de ego, de desconfianza o de incapacidad para decir no. c) Falta de autodisciplina, desorganización personal y tendencia a dejar las tareas inacabadas.

Al leer estas cosas, el latinazo que llevamos dentro dice: “Bah, esto es fácil, se aprende en la vida misma. Para esto no hacer falta formarse”. El empresario piensa: “¿Gastar dinero en formación en estos tiempos? ¿Forma en obviedades?” Porque eso de planificar, aprender a proponerse metas, priorizar acciones de modo estratégico… Bah, eso es fácil. Como lo es negociar, hablar en público, construir equipos, ser asertivo, desarrollar el liderazgo emocional, comunicar bien ante los medios… De esas cosas todo el mundo sabe y opina: es como el fútbol o la alimentación de los bebés. Todo el mundo cree haber nacido entrenador o pediatra.

Lo que pasa es que la realidad es todo lo contrario: aunque no acabemos de enterarnos para esos ámbitos se necesita formación específica. Somos muy latinazos y nos gusta pensar que el crecimiento personal se consigue simplemente estando en el mundo. Puede ser, pero desde luego se logra mejor y más rápidamente si se apuesta por la formación. Ciertamente la buena formación es cara, podría alguien argumentar. Completamente de acuerdo; ahora espera a ver lo carísima que resulta la falta de formación.

Sin formación se reduce la productividad, se pierde competitividad. Se agotan las ideas, las rutinas se instalan primero por las esquinas, luego en los pasillos y finalmente en el ánimo, se mata la innovación, se ahoga la creatividad. Disminuye la motivación, aumentan los roces profesionales, el clima laboral se enrarece. Con formación se abren las esperanzas, aumentan las ganas, crece el tesón, la resistencia a la frustración y el afán de sobreponerse a las dificultades. Sencillamente porque el ser humano está llamado a aprender y a mejorar constantemente y hacerlo le sienta bien.

Siempre que soy mal atendido por un camarero, por una dependienta, por un recepcionista, por una vendedora pienso: probablemente nadie le ha explicado cómo dirigirse a los clientes, o lo importante que es cumplir los plazos, o que determinados modos de expresarse no son oportunos, quizá nadie le ha enseñado el valor de una sonrisa, la importancia de la cortesía y la amabilidad o el modo de motivarse a sí mismo después de un mal rato… No tiene formación. Porque si la tuviera no haría esto tan perjudicial para sí mismo y para la empresa en la que trabaja.

Conozco responsables de equipo –directivos incluso– que pierden los nervios con facilidad, muestran su poder a base de gritos y amenazas, se les abre el suelo cuando tienen que hablar ante un auditorio o logran echar por tierra en diez minutos de televisión su imagen y la de su organización.  Siempre pienso que les falta formación: quizá sean doctores en economía pero necesitan, sin duda, un refuerzo en inteligencia emocional y en comunicación. Porque parece claro que a estas alturas del partido prescindir de ambas no sólo perjudica la productividad laboral: te arrasa la vida. Pues, hala, a sacar conclusiones y a ponerle patas.

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