Rubalcaba quiere acabar como Almunia
Cuando al PSOE ya no le queda nada más, echa mano de un discurso de izquierda como quien abre el cajón de la mesa de despacho donde está el revólver. Es una manera expeditiva de acabar con las preocupaciones electorales. Ahora Alfredo Pérez Rubalcaba, en la conferencia política de su partido, se ha acercado el discurso de izquierdas a la sien, y amenaza con hacerlo efectivo. Tienen que andarle realmente mal las cosas.
La última vez que el PSOE se presentó a unas elecciones anunciando como un triunfo anticipado un "corrimiento a la izquierda" había un tal Joaquín Almunia (sí, Joaquín Almunia) al frente haciéndole la campaña a Izquierda Unida, y había otro tal José María Aznar, en esas mismas elecciones, que venía de pactar con CIU y con el PNV y sacó mayoría absoluta con el PP. El moderado ya se vio después que era Almunia, claro, pero no lo
pareció. Almunia, quien tras esos comicios desastrosamente perdidos por la espantosamente torpe campaña siguió corriéndose tanto hacia la izquierda que acabó varios miles de kilómetros al norte de Madrid, de comisario europeo, donde todavía hoy sigue hablando de dinero como un perfecto caballero de derechas. Cada vez que el PSOE anuncia que se desplaza hacia la izquierda es el país quien se hace a un lado en dirección contraria. Recordemos que hasta el mismísimo Zapatero, luego autotitulado "rojo justiciero" en las revistas de moda, ganó las elecciones internas de su partido presentándose como la rama socialdemócrata liberal, la nada amenazante tercera vía, para no asustar sin necesidad a nadie. Al menos, antes de tiempo.
Para una vez que el actual líder del PP Rajoy se había quedado sin no pocos votantes, tras trabajárselo mucho (lo que perder votantes es en lo único en lo que ha desplegado una actividad incesante), el PSOE se empeña de nuevo en prestarle de buena gana los suyos, por si le hicieran falta en un inmediato futuro. La semana pasada se especulaba con que el antes mencionado Aznar, que presentó sus memorias políticas y al acto no acudió ni un solo ministro, acabaría presentándose por un nuevo partido para disputarle votos a la formación que refundó. La preocupación en el PP por la posible pérdida de votos en dirección a UPyD o al aznarismo supuestamente abstencionista ha durado hasta que Rubalcaba ha decidido terminar pronto con sus opciones electorales. Se conoce que Rubalcaba también se está labrando su futuro como comisario político europeo, donde, como Almunia, hará discursos indistinguibles de los de un banquero. Ahí terminan siempre los corrimientos a la izquierda en el PSOE: llevando un traje de raya diplomático más para allá de Alsacia-Lorena. Yo entiendo que Rubalcaba está siendo por una vez sincero, porque en estos años de crisis provocada por la desregulación capitalista todos nos hemos ido deslizando perceptiblemente hacia algo que podríamos llamar izquierda, o al menos descreimiento, tal vez cansancio existencial, pero no hay por qué avisar de las intenciones antes de tener los votos a buen recaudo. El actual Pueblo español suele impresionarse vivamente con eso de que las nuevas hornadas del PSOE piten públicamente a la Monarquía (el PSOE debería tener en cuenta las instrucciones que me dieron al llegar a un periódico por primera vez: nunca meterse con la Constitución, con la Monarquía y con El Corte Inglés). La gente, por fastidiada que esté, se asusta con que el PSOE quiera hacer de verdad lo que todo el país, incluidos los curas, se limitan a dejar sentado en la barra del bar: que hay que romper el viejo acuerdo con el Vaticano. Lo han dicho ya tantas veces en el PSOE que la única en que no debían insistir es esta última, porque esta vez hay peligro de que alguien se lo tome al pie de la letra. No hay por qué entusiasmarse.
Es muy posible que la mayoría de los españoles sigan creyendo que son más bien de izquierdas según las recurrentes encuestas, pero no hay por qué recordárselo. Además, que Rubalcaba se presente como la nueva solución del PSOE es como lo de aquel alcalde del Movimiento Nacional de la murciana localidad de Puerto Lumbreras, Juanito García Caballero, que se presentó a las elecciones una vez llegada la Democracia diciendo: "Soy quien mejor conoce los problemas de este pueblo, ¿sabéis por qué? Porque los he causado yo".
Otros artículos de José Antonio Martínez-Abarca
La última vez que el PSOE se presentó a unas elecciones anunciando como un triunfo anticipado un "corrimiento a la izquierda" había un tal Joaquín Almunia (sí, Joaquín Almunia) al frente haciéndole la campaña a Izquierda Unida, y había otro tal José María Aznar, en esas mismas elecciones, que venía de pactar con CIU y con el PNV y sacó mayoría absoluta con el PP. El moderado ya se vio después que era Almunia, claro, pero no lo
pareció. Almunia, quien tras esos comicios desastrosamente perdidos por la espantosamente torpe campaña siguió corriéndose tanto hacia la izquierda que acabó varios miles de kilómetros al norte de Madrid, de comisario europeo, donde todavía hoy sigue hablando de dinero como un perfecto caballero de derechas. Cada vez que el PSOE anuncia que se desplaza hacia la izquierda es el país quien se hace a un lado en dirección contraria. Recordemos que hasta el mismísimo Zapatero, luego autotitulado "rojo justiciero" en las revistas de moda, ganó las elecciones internas de su partido presentándose como la rama socialdemócrata liberal, la nada amenazante tercera vía, para no asustar sin necesidad a nadie. Al menos, antes de tiempo.Para una vez que el actual líder del PP Rajoy se había quedado sin no pocos votantes, tras trabajárselo mucho (lo que perder votantes es en lo único en lo que ha desplegado una actividad incesante), el PSOE se empeña de nuevo en prestarle de buena gana los suyos, por si le hicieran falta en un inmediato futuro. La semana pasada se especulaba con que el antes mencionado Aznar, que presentó sus memorias políticas y al acto no acudió ni un solo ministro, acabaría presentándose por un nuevo partido para disputarle votos a la formación que refundó. La preocupación en el PP por la posible pérdida de votos en dirección a UPyD o al aznarismo supuestamente abstencionista ha durado hasta que Rubalcaba ha decidido terminar pronto con sus opciones electorales. Se conoce que Rubalcaba también se está labrando su futuro como comisario político europeo, donde, como Almunia, hará discursos indistinguibles de los de un banquero. Ahí terminan siempre los corrimientos a la izquierda en el PSOE: llevando un traje de raya diplomático más para allá de Alsacia-Lorena. Yo entiendo que Rubalcaba está siendo por una vez sincero, porque en estos años de crisis provocada por la desregulación capitalista todos nos hemos ido deslizando perceptiblemente hacia algo que podríamos llamar izquierda, o al menos descreimiento, tal vez cansancio existencial, pero no hay por qué avisar de las intenciones antes de tener los votos a buen recaudo. El actual Pueblo español suele impresionarse vivamente con eso de que las nuevas hornadas del PSOE piten públicamente a la Monarquía (el PSOE debería tener en cuenta las instrucciones que me dieron al llegar a un periódico por primera vez: nunca meterse con la Constitución, con la Monarquía y con El Corte Inglés). La gente, por fastidiada que esté, se asusta con que el PSOE quiera hacer de verdad lo que todo el país, incluidos los curas, se limitan a dejar sentado en la barra del bar: que hay que romper el viejo acuerdo con el Vaticano. Lo han dicho ya tantas veces en el PSOE que la única en que no debían insistir es esta última, porque esta vez hay peligro de que alguien se lo tome al pie de la letra. No hay por qué entusiasmarse.
Es muy posible que la mayoría de los españoles sigan creyendo que son más bien de izquierdas según las recurrentes encuestas, pero no hay por qué recordárselo. Además, que Rubalcaba se presente como la nueva solución del PSOE es como lo de aquel alcalde del Movimiento Nacional de la murciana localidad de Puerto Lumbreras, Juanito García Caballero, que se presentó a las elecciones una vez llegada la Democracia diciendo: "Soy quien mejor conoce los problemas de este pueblo, ¿sabéis por qué? Porque los he causado yo".
Otros artículos de José Antonio Martínez-Abarca





















