Pepe Clemente desde la ultratumba
El domingo por la tarde falleció el inolvidable Pepe Clemente, director de La Razón en Murcia, y diez minutos después de haberme enterado puntualmente de la noticia (aunque no gracias al interesado), recibí una llamada del propio Clemente. Tengo que admitir que este asunto de la muerte de los demás se me ha hecho siempre tan incomprensible que en ese momento no me sorprendió gran cosa el telefonazo de alguien cuya muerte acababa de conocer, como tampoco sentí como algo inusual cierta vez que creí ver en la cabecera de mi cama, ya de amanecida, a un par de fantasmas. "A Pepe se le habrá olvidado decirme alguna cosa", fue lo que, si debo ser sincero, se me apareció por un instante en la mente, sin inquietud alguna, al ver parpadear mi móvil. Haber muerto es un proceso mental lentísimo para los que no nos acostumbramos a las ausencias, y diez minutos es muy poco tiempo para acostumbrarse a nada. Aún parece que los que se han marchado pueden volver a por las llaves.
Lo sorprendente para mí fue comprobar que no era Pepe quien llamaba, sino su ex secretaria Eva, usando el que había sido su teléfono. Por alguna razón, siempre que ha desaparecido alguien que me es muy próximo espero ver alguna vez su nombre volver a brillar en mi pantalla, así pasen años o decenios. Nunca borro los teléfonos de los idos, por estar preparado si alguna vez aparecen. Ya toda la vida se trata de aguardar una llamada de gente a la que he enterrado.
Clemente, por otra parte, fue un tipo tan sumamente intenso que muy bien podría haberse dedicado a telefonear a discreción después de certificado su deceso. En alguien tan lleno de energía, ésta tarda en agotarse por completo. Los médicos le habían dado como mucho seis días de vida y, cuando ya había superado las tres semanas y dado de alta en el hospital, me dijo, animado aunque con voz algo ultratumbática, que a ver "si salía de lo suyo lo más rápidamente posible" y, como buen alicantino, nos íbamos a comer un arroz. Me queda la duda si se refería a salir de la muerte o a salir de la vida. Aunque, eso sí, el arroz para celebrar cualquiera de esos extremos era innegociable.
Hombre pasional de todo o nada, de todo siempre apenas a cinco minutos de nada, de nada a un cuarto de hora del todo, siempre tuvo una relación curiosa con las comunicaciones verbales, otorgándoles un fasto que jamás que visto en nadie. Cuando trabajaba con él en el pequeño local de la delegación de La Razón, estábamos todos los que la componíamos como mucho a tres metros de distancia. Él entraba con más aire que Machaquito por la puerta, pasaba por mi lado sin mirar, se sentaba muy poco más allá y telefoneaba elevando la voz a la secretaria, con esa su manera lenta y deliciosa de remarcar las "erres": "dile a Abarca que venga a verme"; la secretaria a su vez me daba el grito, también por teléfono: "dice Pepe que vayas", aunque de hecho ya le estaba viendo y oyendo perfectamente. Le gustaba darle a todo un suspense, aunque luego sólo quisiera contarme un chiste o contarme una historia. El domingo, con la llamada, creí que sucedería lo mismo: que escucharía al otro lado la voz repicante de Clemente llamando por conducto interno a Dios para que éste, usando su tono más espectacular de zarza ardiente, me ordenase presentarme inmediatamente ante Pepe, a ver si todos nos reíamos un poco.
Son tantas las vivencias con él que podría contar que, para abreviar, nunca contaré ninguna. En pocas palabras, fue de los poquísimos que realmente han creído en mí. Más que ficharme como subordinado, Pepe Clemente me adoptó como a un hijo. Y como hijo un día me echó del periódico, por algo que ni yo ni él supimos nunca, ni falta que hacía. Los grandes afectos acaban siempre a lo grande, pero empiezan otra vez por lo pequeño: la prueba de que no se alteró nunca nuestra cercanía es que no volvimos a mencionar ese todavía hoy misterioso asunto, aunque nos juntamos para arreglar el mundo entre arroces en otras ocasiones. Ahora que se han precipitado los acontecimientos, espero que Pepe salga de los achaques con rapidez, como me anunció en la última conversación -cuando sabemos que es la última, hacemos todo por desdramatizar porque es lo único que ofrece adecuado dramatismo: mi padre se despidió de mí haciendo el saludo indio- y nos vamos los dos por ahí a retomar lo de los arroces.
Imagino que me volverá a llamar él.
Otros artículos de José Antonio Martínez-Abarca
Lo sorprendente para mí fue comprobar que no era Pepe quien llamaba, sino su ex secretaria Eva, usando el que había sido su teléfono. Por alguna razón, siempre que ha desaparecido alguien que me es muy próximo espero ver alguna vez su nombre volver a brillar en mi pantalla, así pasen años o decenios. Nunca borro los teléfonos de los idos, por estar preparado si alguna vez aparecen. Ya toda la vida se trata de aguardar una llamada de gente a la que he enterrado.
Clemente, por otra parte, fue un tipo tan sumamente intenso que muy bien podría haberse dedicado a telefonear a discreción después de certificado su deceso. En alguien tan lleno de energía, ésta tarda en agotarse por completo. Los médicos le habían dado como mucho seis días de vida y, cuando ya había superado las tres semanas y dado de alta en el hospital, me dijo, animado aunque con voz algo ultratumbática, que a ver "si salía de lo suyo lo más rápidamente posible" y, como buen alicantino, nos íbamos a comer un arroz. Me queda la duda si se refería a salir de la muerte o a salir de la vida. Aunque, eso sí, el arroz para celebrar cualquiera de esos extremos era innegociable.Hombre pasional de todo o nada, de todo siempre apenas a cinco minutos de nada, de nada a un cuarto de hora del todo, siempre tuvo una relación curiosa con las comunicaciones verbales, otorgándoles un fasto que jamás que visto en nadie. Cuando trabajaba con él en el pequeño local de la delegación de La Razón, estábamos todos los que la componíamos como mucho a tres metros de distancia. Él entraba con más aire que Machaquito por la puerta, pasaba por mi lado sin mirar, se sentaba muy poco más allá y telefoneaba elevando la voz a la secretaria, con esa su manera lenta y deliciosa de remarcar las "erres": "dile a Abarca que venga a verme"; la secretaria a su vez me daba el grito, también por teléfono: "dice Pepe que vayas", aunque de hecho ya le estaba viendo y oyendo perfectamente. Le gustaba darle a todo un suspense, aunque luego sólo quisiera contarme un chiste o contarme una historia. El domingo, con la llamada, creí que sucedería lo mismo: que escucharía al otro lado la voz repicante de Clemente llamando por conducto interno a Dios para que éste, usando su tono más espectacular de zarza ardiente, me ordenase presentarme inmediatamente ante Pepe, a ver si todos nos reíamos un poco.
Son tantas las vivencias con él que podría contar que, para abreviar, nunca contaré ninguna. En pocas palabras, fue de los poquísimos que realmente han creído en mí. Más que ficharme como subordinado, Pepe Clemente me adoptó como a un hijo. Y como hijo un día me echó del periódico, por algo que ni yo ni él supimos nunca, ni falta que hacía. Los grandes afectos acaban siempre a lo grande, pero empiezan otra vez por lo pequeño: la prueba de que no se alteró nunca nuestra cercanía es que no volvimos a mencionar ese todavía hoy misterioso asunto, aunque nos juntamos para arreglar el mundo entre arroces en otras ocasiones. Ahora que se han precipitado los acontecimientos, espero que Pepe salga de los achaques con rapidez, como me anunció en la última conversación -cuando sabemos que es la última, hacemos todo por desdramatizar porque es lo único que ofrece adecuado dramatismo: mi padre se despidió de mí haciendo el saludo indio- y nos vamos los dos por ahí a retomar lo de los arroces.
Imagino que me volverá a llamar él.
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