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Opinión |
Miércoles, 18 de Diciembre de 2013

Nuestros políticos no mienten

Créanlo o no, los políticos no mienten, al menos los nuestros. Les aseguro que no.  Aunque es injusto generalizar, nuestros políticos no se elevan nunca por encima del nivel del hecho desfigurado, y se rebajan, con frecuencia, a probar y argumentar sus propias verdades. Qué diferente este carácter pusilánime con el del auténtico embustero, que rebosa en palabras osadas y valientes, y goza de su magnífica irresponsabilidad, su desprecio natural y sano hacia toda prueba. Después de todo,¿qué es una iridiscente mentira? Pues sencillamente la que posee su evidencia en sí misma. Y, por tanto, es irrefutable. 

Como ironizaba aquel sarcástico empedernido llamado Oscar y apellidado Wilde, si un hombre es lo bastante pobre de imaginación como para aportar pruebas en apoyo de una mentira, mejor hará en decir la verdad sin ambages. Mas la imaginación, a nuestros “ambidiestros” les sobra. Y de su mano (derecha o izquierda), quién sabe si a la vuelta de la esquina, nos aguarda una cita con la historia o con la intrahistoria, esa gris y unamoniana crónica de los que no tienen historia ni perspectivas de tenerla. 

Los más agoreros afirman que nos hallamos cerca del fin de una era, en la que cambiará decisivamente el escenario en el que deberemos subsistir. Para algunos economistas, la clase media -ésa a la que la mayoría pertenecemos-, está en vísperas de desaparecer. Sin embargo, indicios como éstos, no son óbice para que se insista en una estrategia de comunicación globalizada en búsqueda del optimismo perdido. Y los que antes eran criticados por su escasa habilidad comunicadora, en el momento presente, se explayan con una locuacidad esplendente, que deja atónitos a nobles y plebeyos.

Y precisamente ahora que nos inundan los pronósticos halagüeños del fin del ciclo nefando que nos engulle desde hace un lustro; en este ahora que desde diferentes estamentos se habla constantemente de la recuperación, como si se tratara de una meta palpable, es el momento de recordar otros datos y otras predicciones no tan benefactoras. ¿Qué más quisiera este pobrecito hablador que creer en el nuevo mantra de la recuperación? Quisiera tener fe para mover montañas, o al menos algún que otro montículo de arena en este desierto. Pero si el gélido Oli Rehn, a la sazón vicepresidente económico de la Desunión Europea, se sigue empeñando en vaticinar el regreso de los mefíticos brotes verdes, a más de uno le van a entrar serias dudas, mezcladas con un frío sudor en la frente. Desconozco si a la vuelta de la esquina de la calle Montoro, hay luz, destellos o resplandores; pero ojalá se halle el anhelado fin de la crisis. 

Pese a que la macroeconomía nos abruma con cifras grandilocuentes, y aunque  España  al fin puede acceder a los veleidosos mercados en unas condiciones mucho más propicias para impulsar la actividad económica, lo cierto es que ese impulso no lo perciben millones de ciudadanos. La realidad habla con voz propia: después de 5 años de crisis económica atroz, según el Eurostat, 13 millones de españoles viven amenazados por la pobreza; y en los próximos años, podrían sumarse otros 8 millones a esa lista. O al menos, ésas son las estimaciones de INTERMON OXFAM. Hacia 2025, conforme a estas previsiones, más 20 millones de compatriotas podrían vivir por debajo del umbral de la pobreza. 

Ante esta alarma, por fin se ha aprobado a mediados de diciembre el llamado Plan Nacional de Inclusión Social (2013-2016), dotado con 136 mil millones de euros. Dicen que es el programa más ambicioso de la historia, con lo que implícitamente se está reconociendo la singular gravedad de una situación que no tiene parangón en nuestro pasado reciente. La cuantía del plan asombra, pero asombra todavía más que se haya esperado hasta ahora para ponerlo en marcha. Su objetivo es reducir en un millón y medio el número de españoles pobres. 

¿Y con estos datos podemos hablar de recuperación? A más de un atribulado ciudadano le asaltan mil miedos, cuando comprueba que la sombra de la necesidad se extiende a la par de la pujanza macroeconómica. La desigualdad es el efecto colateral de una política  de severos ajustes, tras años de abundancia dolorosamente desperdiciados. Y ahora se puede argumentar lo que se quiera; o se le puede echar la culpa a la herencia recibida, o a ese empedrado de rostro impenetrable. Y también se puede buscar solaz y sosiego en leyes de transparencia y códigos de buen gobierno, mientras comienza a celebrarse con estridencia la ceremonia de la sacrosanta recuperación. 

Aun así, las gentes injustamente hablan con ligereza del mentiroso nato, igual que del poeta nato. Pero no proliferan tanto en nuestra clase política, todo lo contrario. La mentira y la poesía son artes, y no abundan los artistas; en ningún caso, la inspiración fortuita del momento podría bastar. Hay que ser un gran artista y vivir la mentira, creer en la mentira, sentir la mentira como si fuera verdad, y no avergonzarse jamás. No, nuestros políticos no mienten. Porque la moda de mentir ha caído en descrédito; es más cómodo, maleable y efectiva una dulce verdad a medias... Ya saben, hay que ver la botella medio llena, aunque esté medio vacía: los brotes verdes, los destellos, los resplandores, las inflexiones, los peces de colores... son dulces verdades a medias, en ningún caso mentiras. Los célebres y poliédricos 'puedo prometer y prometo', tampoco. Y nadie ofrece tanto como el que no piensa cumplir; bien lo sabía Quevedo, ese viejo cascarrabias. Podrán ser incumplidores, mas nunca mentirosos. 

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