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¿Viene una segunda recesión?

El nerviosismo en los mercados financieros es cada vez mayor, pues están ganando peso los que argumentan que la economía mundial puede entrar en depresión.

Desde el 2007 se han hecho muchas cosas, pero han sido poco efectivas. Tras la explosión de la burbuja inmobiliaria, muchos bancos se vieron ante problemas  (unos de liquidez y otros de solvencia) y los gobiernos acudieron a su rescate inyectando en muchos de ellos capital y dándoles todo tipo de facilidades de financiación.

Asimismo, al comenzar la crisis los ciudadanos de Europa y Estados Unidos se dieron cuenta de que habían vivido muy por encima de sus posibilidades y que tenían que devolver deudas, muchas deudas, y dejaron de consumir. Como consecuencia, la actividad económica en Occidente se contrajo de manera brusca y los gobiernos optaron por soluciones keynesianas (ser ellos los que gastasen para suplir al consumo privado). Pero la medida no ha resultado efectiva, los Estados se han cargado de deuda y no han conseguido revitalizar al paciente.

Ahora nos encontramos con unos ciudadanos, unos bancos y unos Estados sobre endeudados. No queda mucho margen de maniobra. Los Estados, para devolver sus deudas deberían subir los impuestos, pero eso machacaría sus economías (si no, miremos lo que ha pasado en Grecia), tampoco pueden bajar los tipos de interés para reactivar la actividad empresarial, porque estos ya están por los suelos. No hay munición económica.
 
Esto sucede tanto en Europa como en Estados Unidos. Occidente tiene un grave problema, que se llama competitividad. Desde la entrada de China el año 2001 en la Organización Mundial del Comercio, la producción industrial (salvo excepciones, como Alemania) se ha ido desplazando de manera progresiva a los países de mano de obra barata. En Occidente, distraídos como estábamos en una burbuja de consumo y deuda, no nos enterábamos, hasta que hemos agotado el límite de crédito y nos hemos dado de bruces contra la realidad. Necesitamos cambiar, y pronto, si no queremos empobrecernos a marchas aceleradas.
 
La competitividad se gana flexibilizando la economía, eliminando las empresas públicas no rentables; reduciendo el número de funcionarios en las cinco administraciones que tenemos superpuestas (local, provincial, autonómica, estatal y europea); reduciendo las rigideces laborales; controlado el despilfarro público e invirtiendo en educación de calidad a niños, jóvenes y mayores: en Singapur por las tardes emiten por televisión clases de matemáticas, aquí se ven programas tipo Sálvame o Gran Hermano. ¿Qué población estará mejor formada y será más competitiva? Estamos en un mundo global en el que, a nivel económico, compiten todos contra todos.
 
Muchos todavía siguen sin querer ver la realidad y exigen “indignados” que los Estados mantengan para sus ciudadanos un nivel de bienestar que no pueden pagar. Los gobernantes atemorizados por perder las siguientes elecciones, siguen gastando más de lo que ingresan y poniendo en más riesgo la credibilidad de sus países frente a quienes pueden comprarles más deuda (el déficit público exige endeudarse más cada año). Como consecuencia, se disparan sus primas de riesgo (la de España tocó ayer los 370 puntos básicos sobre el bono alemán) y con ello su riesgo de impago, alimentando los temores a una crisis financiera mundial de mayores proporciones.
 
Los americanos siguen desplegando creatividad. Ahora han lanzado la operación Twist, que consistió básicamente en hacer que los tipos de interés a largo plazo sean más bajos para que a los americanos les resulte más fácil invertir y, con ello, reactivar su economía.
 
En la Unión Europea, por el contrario, tenemos una jaula de grillos. Unos pidiendo a Grecia que se vaya; otros exigiendo Eurobonos; otros como Angela Merkel diciendo que ni lo uno ni lo otro, que todavía pueden pagar (deben ser la única que no se han enterado de que Grecia está en quiebra) . Los griegos se están poniendo cada vez más nerviosos y sus gobernantes empiezan a pensar en un referéndum para cuestionar su pertenencia al Euro. Si este referéndum se hace, y aunque sea una barbaridad económica, no sería de extrañar que los griegos elijan la salida. Más de uno en Grecia estará pensando que así se podrían quitar de encima la presión y exigencias de sus socios europeos, harían una fuerte quita de su deuda (más del 50%) y una brusca devaluación de su moneda, y a volver a empezar.
 
Lo que está claro es que los gobernantes de Europa tienen que conseguir trazar una línea clara entre los países que tienen problemas de liquidez y aquellos que son insolventes, pues si los mercados siguen con dudas, tendremos cada vez más insolventes.

No es que se esté creando una situación en Europa más peligrosa para el sistema financiero global que el colapso de Lehman Brothers en 2008, sino que desde que se inició la crisis se han tomado medidas en Occidente que no atacan la raíz del problema, y este se va revelando cada vez más obvio: no somos competitivos. Estamos jugando con fuego pues nos arriesgamos a una fuerte contracción económica si no tomamos en Europa y Estados Unidos medidas de austeridad y cambio.
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