Davinia y las abortistas terroristas
Davinia Saorín, la concejal PP de Calasparra que dijo que, se pongan como se pongan, las que abortan son terroristas, es una chica que si quisiera tendría por delante un gran futuro político. Nos pongamos como nos pongamos. Puliéndola un poco, ahí me parece que hay material. Como oradora tiene ese descaro, en todos los sentidos, que tan profundamente cala en la plaza carpetovetónica. Expone, en el estilo de la tierra y acento aparte, muy bien, a la misma altura de vuelo del Pueblo al que se dirige: ese delicioso “siglo vintiuno”, localismo empleado por Davinia sólo a mi alcance cuando me relajo, me pongo autóctono y digo siempre, en trance de coger el coche de línea, “atobú”. En cuanto al tremendismo demagógico que le afean a la concejal, éste es un país que, de forma generalizada, por ejemplo, emplea metáforas del campo de exterminio de Auschwitz en cuanto un árbitro de fútbol saca una tarjeta amarilla un poco rigurosa. La joven Davinia es sólo un producto de esta época descompuesta y este país sin medida.Lo importante es que a la concejal se le entiende todo hasta cuando se trabuca, tiene todo el rato algo así como los brazos en jarras aunque los tenga en otra parte (¡señá Davinia!, parece que oímos llamarla en la corrala). Emana fuerza, es fresca, tiene boca de rayo, no parece nada tonta, sí parece algo rubia y y si no estuviera casada tendría ese “charme” libre y salvaje de las mejores hijas del ruralicio español. Es una castiza “Carmen” del PP que resulta se llama Davinia. En definitiva, es cautivadora. Hacía tiempo que no veía a nadie en el PP con tantas posibilidades brutas de alcanzar lo que se propusiera. Carece de la venenosa languidez y del cálculo gélido de una María Dolores de Cospedal, ni falta que hace. A mí me gusta mucho más su escopeteado estilo. Pero si por unas redes sociales de nada y por lo que diga el pensamiento correcto de su propio partido ya se desanima y piensa en dejar la vida pública, Davinia Saorín sí sirve para la política pero no sirve para la política.
Davinia, si porque en el país no se hable de otra cosa, si por tan poco crees que se te viene el mundo encima, si no adviertes que la polémica que te ha dado notoriedad nacional sirve para ponerte en el mapa (a ti y a tu pueblo, y si apuramos también a tu marido), es que te has metido en la política equivocando absolutamente el camino. La política, incluso en Calasparra, no debe servir para que en el pueblo te llamen doña y te den la vez antes en la cola de la pescadería y que en tu lápida, que espero labren por lo menos el siglo que viene porque Dios te guarde muchos años, pongan “excelentísima señora”. No. La política es, debe ser, que todos las mañanas incendies las redes sociales con tus opiniones, Davinia, que durante la jornada, todos los días del año, te apuñalen tus compañeros de partido al menos tantas veces como a Julio César (quienes te tendrán que salvar serán los adversarios) y que cada noche, hasta que pases a ser una simple vecina anónima, te piten los oídos de tanto ser el centro de la diana, dando gracias de que en el futuro no te ocurra como a un alcalde franquista de Puerto Lumbreras, Juan García Caballero, al que su propio hijo progre se le iba a manifestar de madrugada a casa, escrachándole y gritando “fascista, dimite”, hasta que el propio García Caballero salía al balcón y le respondía al vástago: “recógete ya y vente pa la casa, hombre, que es ya muy tarde”.
A la política hay que llegar, señora concejal, habiéndose dejado el susto en casa. Davinia, si se anima, se deja de tonterías y dice aquí estoy yo, irradiando su ciertamente brusco carisma, vale para esto.
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