Crisis, café y virtudes
Sobremesa con amigos en la terraza, aprovechando que el verano no se va. Café, copitas, velas y filosofía barata: tres parejas arreglando el mundo. Que si vaya crisis, que si lo que dura, que si a partir de ahora la nueva generación va a vivir peor que la nuestra… Ahí es cuando las madres entran a saco: que si pobres chicos, que si no se lo merecen, que si con lo bien que hemos vivido nosotros, que si no es justo…
Estoy por sacar la caja de Kleenex… ¿Pobres? Coño, yo diría que los pobres se están muriendo en el cuerno de África ¡y de hambre! Los nuestros no. Con crisis y todo siguen teniendo el frigo atiborrao, van al cole (o les llevamos en coche más bien), tienen móvil, psp, wii, pizzerías, no sé cuántos pares de zapatos y no la hincan en casa… Llevas razón: no es justo.
- ¿Pero qué mundo les vamos a dejar?- insiste una amedrentada mamá. Y yo respondo de tal manera que se escandalice, un poco por provocar: “Me da igual el mundo que dejemos a nuestros hijos”. Se hace el silencio y me escuchan a ver como justifico el disparate.
- Mis padres tuvieron cinco hijos y se partieron el alma para sacarlos adelante; pagaron a plazos la tele, remendaron calcetines, apenas salieron a cenar, sacaron brillo al pasillo con las bayetas, tuvieron pluriempleo, no cogieron un avión hasta tener cincuenta años y se pasaron las noches haciendo números; incluso, con muchos sacrificios, me enviaron a estudiar fuera, que es una cosa sanísima para quitarle la caraja provinciana al personal, pero que les costó mucho sudor y más lágrimas. Y os voy a decir yo ahora el mundo que me dejaron: un mundo con guerra fría, guerra árabe-israelí, guerra de los Balcanes, guerra del Golfo I, guerra del Golfo II, guerra de Afganistán… Fin del capítulo guerras. Hambre en la mitad de África, terrorismo islámico 11S y 11M incluido; ETA y sus 1000 muertos; una caterva de políticos corruptos; un sistema financiero putrefacto y avariento hasta límites insospechados; 150 millones de abortos al año; una China que se lo come todo; la misma China que lo fabrica todo; agujero en la capa de ozono, efecto invernadero, pena de muerte, Chernobil y Fukushima; creyentes acomplejados, drogas hasta parar un tren, pateras, desahucios, 50 mujeres muertas al año por sus maridos; Tijuana, Guantánamo, Suiza y burkas… Puedo escribir una enciclopedia de desastres: 12 tomos sobre “un mundo para no dormir”.
Mis padres ni se imaginaban el mundo que me iban a dejar; eso sí, se esforzaron por darme la mejor educación posible. Eso es lo único que podemos dejar a nuestros hijos, porque como nos pongamos a pensar cómo está el mundo nos va a dar un yuyu que nos va a dejar sin fuerzas para lo importante. Y lo importante es que nuestros hijos sean virtuosos, así, como suena, al más puro estilo Aristóteles: honrados, laboriosos, recios, generosos, leales, optimistas, con capacidad de esfuerzo, de sacrificio, responsables… Vamos, lo que la gente llama buenas personas. Porque solo si son buenas personas podrán tener un mundo mejor.
- ¿Entonces nosotros no somos buenas personas?
Pues es algo sobre lo que convendría que pensáramos en serio, no sea que nos creamos los reyes del Mambo y luego resulte que no seamos tan estupendos como creíamos. No sé si somos buenas personas o no; sólo sé que hay que enseñar a nuestros hijos cada día a distinguir el bien del mal, porque no todo es lo mismo ni da igual; que hay que enseñarles que la justicia es más importante que la seguridad; que han de ser capaces de meter la pata y de reconocerlo; que las metas para que valgan la pena han de ser altas y para conseguirlas es necesario pelearlas; que la solidaridad nos hace más ricos... Así que menos preocuparse por el futuro del mundo y más por la formación de los hijos.
- Pero si ya nos preocupamos- me interrumpieron a coro.
- Más, hemos de ocuparnos más. Si de verdad nos importa el mundo que les vamos a dejar hemos de preocuparnos más por ser mejores padres. El único modo de mejorar este planeta que no nos gusta es hacer mejor nuestro pequeño mundo, empezando por dedicarles más tiempo a nuestros hijos. Lo que nos resulta fácil es llenarles de juguetes, pero lo que realmente necesitan son jugadores. Tiempo y cariño y límites… Porque nuestros hijos necesitan límites. A los padres del siglo XXI nos cuesta mucho decir que no. Y les hacemos un flaco favor porque ellos han de ser exigidos para que puedan dar de sí lo mejor que tienen. Desde el “me canso” o el “no me apetece” o el “no es divertido” no se van a hacer fuertes.
Así que yo creo que hemos de mejorar mucho como padres y ocuparnos más de ellos y de su educación, que es algo que va mucho más allá de las matemáticas y el inglés. Que salir de la crisis es también y sobre todo vivir virtudes y enseñar a vivirlas. Porque sin virtudes personales no hay Dios que arregle esto.
-En parte está bien pensado, sentenció uno de mis amigos. Deberías escribirlo en uno de tus artículos.
- Pues lo escribo.
Estoy por sacar la caja de Kleenex… ¿Pobres? Coño, yo diría que los pobres se están muriendo en el cuerno de África ¡y de hambre! Los nuestros no. Con crisis y todo siguen teniendo el frigo atiborrao, van al cole (o les llevamos en coche más bien), tienen móvil, psp, wii, pizzerías, no sé cuántos pares de zapatos y no la hincan en casa… Llevas razón: no es justo.
- ¿Pero qué mundo les vamos a dejar?- insiste una amedrentada mamá. Y yo respondo de tal manera que se escandalice, un poco por provocar: “Me da igual el mundo que dejemos a nuestros hijos”. Se hace el silencio y me escuchan a ver como justifico el disparate.
- Mis padres tuvieron cinco hijos y se partieron el alma para sacarlos adelante; pagaron a plazos la tele, remendaron calcetines, apenas salieron a cenar, sacaron brillo al pasillo con las bayetas, tuvieron pluriempleo, no cogieron un avión hasta tener cincuenta años y se pasaron las noches haciendo números; incluso, con muchos sacrificios, me enviaron a estudiar fuera, que es una cosa sanísima para quitarle la caraja provinciana al personal, pero que les costó mucho sudor y más lágrimas. Y os voy a decir yo ahora el mundo que me dejaron: un mundo con guerra fría, guerra árabe-israelí, guerra de los Balcanes, guerra del Golfo I, guerra del Golfo II, guerra de Afganistán… Fin del capítulo guerras. Hambre en la mitad de África, terrorismo islámico 11S y 11M incluido; ETA y sus 1000 muertos; una caterva de políticos corruptos; un sistema financiero putrefacto y avariento hasta límites insospechados; 150 millones de abortos al año; una China que se lo come todo; la misma China que lo fabrica todo; agujero en la capa de ozono, efecto invernadero, pena de muerte, Chernobil y Fukushima; creyentes acomplejados, drogas hasta parar un tren, pateras, desahucios, 50 mujeres muertas al año por sus maridos; Tijuana, Guantánamo, Suiza y burkas… Puedo escribir una enciclopedia de desastres: 12 tomos sobre “un mundo para no dormir”.
Mis padres ni se imaginaban el mundo que me iban a dejar; eso sí, se esforzaron por darme la mejor educación posible. Eso es lo único que podemos dejar a nuestros hijos, porque como nos pongamos a pensar cómo está el mundo nos va a dar un yuyu que nos va a dejar sin fuerzas para lo importante. Y lo importante es que nuestros hijos sean virtuosos, así, como suena, al más puro estilo Aristóteles: honrados, laboriosos, recios, generosos, leales, optimistas, con capacidad de esfuerzo, de sacrificio, responsables… Vamos, lo que la gente llama buenas personas. Porque solo si son buenas personas podrán tener un mundo mejor.
- ¿Entonces nosotros no somos buenas personas?
Pues es algo sobre lo que convendría que pensáramos en serio, no sea que nos creamos los reyes del Mambo y luego resulte que no seamos tan estupendos como creíamos. No sé si somos buenas personas o no; sólo sé que hay que enseñar a nuestros hijos cada día a distinguir el bien del mal, porque no todo es lo mismo ni da igual; que hay que enseñarles que la justicia es más importante que la seguridad; que han de ser capaces de meter la pata y de reconocerlo; que las metas para que valgan la pena han de ser altas y para conseguirlas es necesario pelearlas; que la solidaridad nos hace más ricos... Así que menos preocuparse por el futuro del mundo y más por la formación de los hijos.
- Pero si ya nos preocupamos- me interrumpieron a coro.
- Más, hemos de ocuparnos más. Si de verdad nos importa el mundo que les vamos a dejar hemos de preocuparnos más por ser mejores padres. El único modo de mejorar este planeta que no nos gusta es hacer mejor nuestro pequeño mundo, empezando por dedicarles más tiempo a nuestros hijos. Lo que nos resulta fácil es llenarles de juguetes, pero lo que realmente necesitan son jugadores. Tiempo y cariño y límites… Porque nuestros hijos necesitan límites. A los padres del siglo XXI nos cuesta mucho decir que no. Y les hacemos un flaco favor porque ellos han de ser exigidos para que puedan dar de sí lo mejor que tienen. Desde el “me canso” o el “no me apetece” o el “no es divertido” no se van a hacer fuertes.
Así que yo creo que hemos de mejorar mucho como padres y ocuparnos más de ellos y de su educación, que es algo que va mucho más allá de las matemáticas y el inglés. Que salir de la crisis es también y sobre todo vivir virtudes y enseñar a vivirlas. Porque sin virtudes personales no hay Dios que arregle esto.
-En parte está bien pensado, sentenció uno de mis amigos. Deberías escribirlo en uno de tus artículos.
- Pues lo escribo.





















